Aquí tiene un abuso que no llegará a juicio. Una víctima de ascendencia mexicana relata los tratos sexuales tapados en la arquidiócesis de Los Ángeles.
Rita Milla nació en California, es hija de padre hondureño y de madre mexicana, fue violada por un sacerdote, y luego por siete más. Embarazada, se le pidió viajar a Filipinas para ocultar su estado, dar a luz y dejar allí a su bebé…
Testimonios como éste son los que ha evitado oír en público la arquidiócesis de Los Ángeles, a cambio de 660 millones de dólares —el mayor acuerdo de indemnización logrado por una diócesis católica en la historia de Estados Unidos. Ese dinero anuló 508 demandas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes de esa comunidad religiosa.
El cardenal Richard Mahony, quien dirige la fe de los 4.3 millones de católicos, en lo que es la principal arquidiócesis de Estados Unidos, orquestó personalmente la trama de encubrimiento, con el traslado a otras parroquias de los sacerdotes implicados.
Y con el pago de ese dinero, el propio Mahony evitó ser llamado a declarar en el juicio que debió haber iniciado el pasado lunes 16. Unas horas antes, Mahony firmó el cheque con la indemnización. Y recibió el beneplácito y la felicitación del Vaticano por haber logrado el acuerdo.
El cardenal Roger Mahoney hizo pública una petición de perdón a los que fueron ofendidos y abusados. “Les digo que me gustaría que sus vidas fuesen como una cinta de video para poder retrocederla y borrar todos esos años de miseria…”.
La fiscalía de Los Ángeles dijo que “aún tiene margen” para llevar ante los tribunales una acusación de “ocultación de delito”, basada en las cartas de traslado de sacerdotes e informes internos, en poder de la arquidiócesis de Los Ángeles.
La fiscalía asegura que Mahony conoció muchas de esas denuncias y aún así dejó a los sacerdotes al frente de las parroquias y en contacto con los niños durante más de una década.
La entrevista
Rita Milla, una de las víctimas de abuso sexual de los sacerdotes de Los Ángeles, aceptó hablar de su caso.
Pregunta. ¿Cómo empezó todo?
Respuesta. Los abusos empezaron cuando tenía 16 años. Vivía aquí, en California. Fue con un sacerdote que luego le dijo a otros, para que también abusaran de mí. Lo hicieron siete sacerdotes. No terminó hasta que quedé embarazada de uno de ellos; en ese entonces tenía 20 años. Para esconder lo que habían estado haciendo me mandaron a las Islas Filipinas con el mandato de tener allí a mi niña, dejarla allá y regresar como si nada hubiera sucedido.
P. ¿Recuperó a su hija?
R. Sí. Cuando llegué allí enfermé de gravedad. Vinieron mi madre y mi hermana. Estuve a punto de morir, pero al final tuve a mi hija y la traje conmigo a Estados Unidos.
P. Cuatro años de abusos es un largo tiempo. ¿Por qué no pudo salir de esa horrible situación?
R. Porque era muy tontita, muy religiosa. Estaba como atrapada, como si no tuviera derecho a decir “no”. Era como si yo no importara, como si sólo importaran los sacerdotes. A veces iba a confesión con otros curas y les contaba lo que pasaba. Uno de ellos me dijo que era mi culpa, que así eran las mujeres. Eso me hizo sentir muy mal.
P. ¿Lo hablabas con tus padres?
R. No. Uno de los sacerdotes me hizo prometer que no se lo diría a nadie. Pero se lo dije a una profesora, ella habló con el sacerdote y él se enojó mucho. Me dijo que iba a echar a perder su vida si se enteraba la policía, que tendría muchos problemas. Me sentí mal, como si fuera mi culpa si algo le pasara a él.
P. Siete sacerdotes no es un caso aislado…
R. Ninguno dijo nada. Y había otros que no abusaron de mí pero sabían lo que estaba pasando y tampoco hablaron. Después supe que esos sacerdotes estaban abusando de muchachos, de niños, y por eso no estaban interesados en mí. Cada uno hacía algo diferente, y se tapaban unos a otros.
P. ¿Cuándo fue que decidió dar un paso adelante y contar su caso?
R. Quise hablar con los obispos para que lo que me ocurrió a mí, no le ocurriera a nadie más.
P. ¿Y qué hicieron?
R. Nada, no hicieron absolutamente nada. Eso fue lo que me asustó más. Los sacerdotes ya sabían que yo había hablado con los obispos, pero luego supe que los obispos les dijeron que el caso no les interesaba, como dándoles permiso para seguir.
P. ¿Sintió desesperación? ¿No pensó en ir a la policía?
R. Fue una etapa horrible. Pensé suicidarme, estaba muy deprimida. Acudí a una psicóloga y ella me dio la idea de buscar un abogado para poner una demanda. Fue entonces cuando la Iglesia empezó a actuar como si el asunto en realidad le importara.
P. ¿Cree usted que en la Iglesia éste es un patrón de comportamiento que todavía se repite?
R. Creo que todavía se están cubriendo unos a otros. Sólo les importó todo eso cuando se habló de demandas y de dinero, pero no cuando se trataba de los niños involucrados. Si no hacen algo serio para eliminar el problema, esto puede volver a pasar.
P. ¿Está satisfecha con la resolución que se le dio al caso (dinero para evitar ir a juicio) o hubiera preferido que alguien fuese declarado responsable penal de lo ocurrido, digamos el cardenal Roger Mahony, quien participó en el encubrimiento?
R. Me gustaría que el cardenal Mahony estuviera en la cárcel porque lo que hacía era esconder a criminales.
El abuso vivido por Rita Milla no llegará a juicio, como tampoco llegarán otros 507 de los 508 casos que fueron negociados por la arquidiócesis de Los Ángeles y los abogados de las víctimas.
Sin embargo, más allá de ese arreglo, la Iglesia debe aclarar si terminar con el abuso sexual a los niños es uno de sus objetivos.