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"Si yo fuera un ave": 20 aniversario del Museo de las Aves

Con la mirada siempre en el cielo y una admiración perene al vuelo de las aves, Aldegundo Garza cuenta la historia de su pasión por la conservación de especies y su mayor logro, el Museo de las Aves de México

Por:   César Gaytán Martínez

viernes, 15 de noviembre del 2013

  • Foto: Vanguardia/Omar Saucedo

Saltillo, Coahuila. Aldegundo Garza de León mira el piso y sabe que no pertenece aquí. Ve sus pies sobre la tierra, sus manos arrugadas; lo admite resignado: le hubiera gustado ser un ave. Es un deseo que se le escapa por la mirada que ahora está puesta en el cielo de Saltillo, se le escapa en sus palabras que son las que, como alas, se alzan y pierden entre las nubes.

Lo supo siempre. Desde que algo en ellas lo atraía en los días de campo a los que iba con su padre, y en uno de los cuales, en Presa Los Cárdenas, cerca de donde hoy está el club campestre, recuerda haber visto un pajarito rojo. Algo inexplicable cambió en él cuando lo observó posado en un arbusto y al instante siguiente, se quedaba suspendido, como una bracita al viento.

Es cierto que, a sus cuatro años, ese sería su primer intento de captura, y es cierto también que fue un fracaso. Ahí nació su más grande sueño, su terquedad, su pasión, su obsesión, su imposible. Ser un ave. No sabía entonces que perseguir este ideal lo llevaría, años más tarde, a crear un museo dedicado a estos animales, que sería reconocido en todo el mundo.

"En mi vida tuve la ilusión de crear algo como esto. No imaginaba que a la gente le llamara la atención algo que ha sido mi vida", dice mientras está sentado en una banca del jardín del hoy Museo de las Aves de México.

Don Aldegundo está feliz y no le importa ocultarlo. Al contrario, mientras más platica sobre este proyecto que hoy cumple 20 años de vida, más grande es la sonrisa, más cálida, más luminosa. Tiene 73 años, mente lúcida, cuerpo delgado, voz clara y suave como un gorrión trinante. Así, como un canto que se teje entre el cielo y la tierra, continúa su relato.

Después del encuentro con el pajarito rojo, le pidió a su papá, Aldegundo Garza Villarreal, que le comprara un rifle de postas para cazar. Tras un intento fallido en la carretera que va de Saltillo a Monterrey para pegarle a un grupo de auras y zopilotes que devoraban el cuerpo de un caballo atropellado, insistió en un arma más profesional.

Su primer ave

Su insistencia consiguió que le compraran un rifle calibre 22, pese a la negativa de su madre, Rebeca de León. No mucho tiempo después, durante un día de campo en Ojo Caliente, un pequeño halcón apareció en la punta de un álamo. Su padre le avisó. Sacó el arma. Apuntó, esperó, respiró. y pum. El ave cayó tras el estruendo.

Entonces no sabía que el cuerpo del animal sería el primero en una colección que hoy tiene más de 3 mil especímenes. Ese mismo día lo llevó al taxidermista, quien, por 20 pesos, aceptó, tras un estira y afloja, preparar el dificultoso cuerpecito.

"Esa fue la primera vez que me preguntaron si lo quería con las alas abiertas o cerradas. Claro que yo le pedí que las tuviera abiertas, porque quería que se viera grande, majestuoso", narra mientras se acomoda hacia atrás el blanco.

 

A partir de ahí la cacería se volvió algo rutinario, seductor, peligroso. Sin embargo, eran épocas en donde pesaba más la tradición familiar que la voluntad de uno mismo, y fue -casi- obligado a aprender a manejar el negocio de ropa de su padre.

Los años pasaron volando, y cuando tenía 17 años, ocurrió algo inesperado. Un balazo le hirió el abdomen y lo acercó a la muerte. Sin embargo, en vez de eso, le preocupaba que sus padres le prohibieran volver al campo y a la caza.

Por fortuna para él eso no ocurrió, y después de sanar continuó interesado en ello. A los 20 años incluso, mediante una revista, encontró un anunció que invitaba a cazar jaguares en México, una actividad bastante costosa y que hoy se ha prohibido porque están en peligro de extinción.

No son necesarios los detalles de cómo se adentró en la jungla con el cazador Heriberto Parra, un hombre que con el tiempo se volvería su amigo. Fue don Aldegundo quien disparó, su presa ganó el récord mundial, pero ahí se dio cuenta de que no era lo que buscaba.

"Me di cuenta que ese tipo de caza tiene muchos intereses y va el dinero de por medio, pero a mí nunca me ha parecido buena idea lucrar con especies. Fue ahí cuando decidí dedicarme a las aves", suelta con la mirada encajada en el pasado.

Un museo en su casa

Para inicios de los años setenta contaba con alrededor de 85 ó 90 pájaros. Aunque no fue algo oficial, se puede decir que la primera exhibición que tuvo fue en su casa, en la colonia Jardines de Valle, al norte de Saltillo, en varias vitrinas para su recreación personal.

 

Con el tiempo se mudó a la Privada Guadalupe, en la zona centro. Fue ahí en donde cada domingo alguna persona llegaba a preguntar si en esa casa tenían la exhibición de aves. Él respondía que sí y les permitía pasar. Cada vez eran más frecuentes las visitas, cada vez más grandes los grupos. Amigos, parejas, familias enteras.

Un domingo como cualquier otro, un grupo de personas llegó en una camioneta. Preguntaron si podían entrar a ver la exposición. La respuesta fue el tradicional sí. Al entrar, vio que las personas traían un plano.

- ¿Cómo se enteraron?, les preguntó.

- "Mire, nos dieron este plano de la ciudad con lugares de turismos, aquí viene".

- Me parece fantástico -les dijo- pero me hubieran avisado para barrer, para arreglar o algo así.

La secretaría de turismo de aquel entonces había incluido su domicilio como parte de los atractivos oficiales de la ciudad para darle promoción en 1978. Con el tiempo, no fueron sólo turistas quienes acudían a su casa, sino también investigadores de aves.

No vale nada

En una ocasión llegó un norteamericano al Ateneo Fuente a preguntar si alguien en la ciudad le gusta o le interesan estos animales. Quien lo atendió fue el curador del museo, Pedro Fuentes, padre del actual taxidermista del museo.

"Tengo un cliente que está vuelto loco con las aves, y me trae unos pajaritos a que se los diseque, pero a mí eso no me gusta porque es mucho trabajo y da mucha lata", le respondió.

Luego de recibir la dirección, aquel americano se dirigió a la casa de don Aldegundo para ver su colección, donde le preguntó cosas que no sabía, cómo las características técnicas de las aves.

El misterioso personaje resultó ser Allan R. Phillips, un renombrado ornitólogo, experto en el museo Smithsoniano de la ciudad de Washington. Al final de su recorrido, el sujeto lo increpó.

- ¿Sabe usted cuánto vale su colección?

- Nunca he tenido la intensión de saber, porque la voy a conservar toda mi vida.

- ¿Pero ni por curiosidad?

- Bueno, si lo pone así tal vez sí -agregó don Aldegundo.

- Pues no vale nada, le respondió.

Sorprendido por la respuesta tajante, no supo que más decir, no supo si era una broma o el hombre aquel simplemente quería hacerle pasar un mal rato. Al notar su reacción, el visitante le dijo que la información era lo que hacía falta para que la colección tuviera un gran valor.

Fue así como comenzó a colocar algunas fichas con nombres y los pocos datos que sabía de las aves. La especie, tamaño, lugar de origen, dónde habían sido cazados, entre otros.

Escoja el lugar

Por varios años más, esta seguiría siendo la versión casera del museo, hasta que un grupo de empresarios de Monterrey llegaron de visita. Le hicieron una propuesta difícil de ignorar. Que trasladara el salón que tenía en su casa al Museo de Historia Natural en Nuevo León.

 

La visita y la propuesta fueron difundidas en los medios de comunicación en la ciudad regiomontana. Por fortuna, algunos saltillenses estaba al pendiente de estas noticias, por lo que tan pronto se enteraron de lo ocurrido, comenzaron a gestionar para que la colección se quedara aquí.

Este episodio llegó a oídos del entonces gobernador de Coahuila, Eliseo Mendoza Berrueto, quien en una ocasión previa se dio tiempo para visitar a don Aldegundo y conocer sus aves.

"Me dijo, escoja el lugar que a usted más le guste, porque vamos a hacer que su colección se vuelva un museo. Me proponían hacer un edificio nuevo, también uno que se llama el Paraíso, que está por la Aurora y el que está en la esquina de General Cepeda y Juan Aldama que pertenece a la universidad, pero yo elegí este", narra con una sonrisa.

Se refiere al lugar en donde estamos ahora. El gran edificio que está sobre Miguel Hidalgo, al final de la calle Simón Bolívar. Una construcción que data de antes de la época revolucionaria con gruesos muros de adobe, lo que permite que haya ligeros cambios en la temperatura en el interior, lo cual es benéfico para los cuerpos disecados.

Ya tenemos museo

A mediados de noviembre de 1993 se oficializó la apertura de lo que hoy se conoce como Museo de las Aves de Saltillo. La colección alcanzaba entonces los mil 500 ejemplares entre los cazados por su propia mano y las donaciones.

Don Aldegundo sonríe como lo hacen los niños, en su memoria recorre los pasillos de entonces, se maravilla con la fachada, con los árboles. Se encanta en sus recuerdos como ahora. Una pregunta lo devuelve al presente de manera vertiginosa, pero la sonrisa no le desaparece. ¿Cómo se siente hoy? Veinte años han pasado desde entonces.

"Mira, tenemos 3 mil aves que hemos reunido en 60 años. ¿Te imaginas? Es decir, que hemos recolectado 50 aves por año, en promedio. Es algo fantástico" suelta. Algo en sus palabras, la manera en la que habla sobre las plumas, sobre la mirada que tienen. Algo hace suponer que el mismo quisiera ser un ave.

Sin que la alegría se le borre del rostro, presume que el promedio de visitantes al día puede variar; en ocasiones son 500 personas, otros días hasta mil, pero anualmente está entre 80 y 90 mil gentes, pero para ser sinceros también ha pasado de 100 mil.

También le da gusto que éste, asegura, sea uno de los museos más baratos del mundo. La entrada se cobra a 5 pesos, y 26 por familia. No obstante, como el objetivo es difundir la cultura y promover el interés por el medio ambiente, no se cierran las puertas a quien no pueda aportar recursos económicos.

"La misión del museo no ha sido, ni es, ni será hacer negocio, ni vivir de capillas, sino compartir nuestro amor por los recursos naturales" pronuncia. Sin embargo, los gastos de operación al año rondan los 6 ó 7 millones de pesos, es decir cerca de 500 mil pesos al mes. El peso de esta tarea no se lleva en solitario, pues el Gobierno del estado ayuda a cubrir los servicios básicos y otras partidas.

Por el esfuerzo, la valía y la perseverancia tienen resultado, pues siente que los saltillenses ven al Museo como un motivo de orgullo, como algo suyo, un lugar que trasciende y que deja algo de conocimiento, que inculca amor.

Por ejemplo, un dato que pocos saben es que el Museo cuenta con dos reservas naturales que son atendidas por el área científica. Una de ellas, al sur de Saltillo, a un lado de Buñuelos, está el área de protección del gorrión worthen, que es endémico y está en peligro de extinción.

El otro lugar se encuentra rumbo a Arteaga, en Ciénega de la Purísima, lugar conocido como El Tarai, donde vuela la cotorra serrana, especie que en ocasiones baja a la ciudad por falta de alimento y puede confundirse con los pericos ferales de la Alameda de Saltillo.

El futuro

Parte de la remodelación que actualmente se lleva a cabo pretende espacios físicos que permitan un mejor aprovechamiento. Los techos quedaran ligeramente más arriba, y el piso un poco más hundido. Se planea aprovechar mejor la colocación de las vitrinas, la iluminación, e implementar nuevos recursos tecnológicos.

La sonrisa de niño emocionado le vuelve a nacer cuando se le pregunta por próximos proyectos. ¿Después de veinte años, a dónde va el museo, a dónde quiere llegar?

"Lo tenemos muy claro. Queremos hacer ejemplares mejores exhibidos, más atractivos, más entendibles, con más información, pero también más sencillos. Queremos algo integral. Queremos poder comunicar la importancia de conservar los recursos y que lo entienda un niño como un adulto", dice.

Es aquí donde aparece una interesante propuesta. Actualmente, el museo cuenta con exposiciones itinerantes por todo el Estado, pero ahora pretende llevar este museo itinerante a todo el país, y que se pueda contar con exposiciones en ciudades turísticas como Guadalajara, Cancún, los Cabos o Ciudad de México. ¿Cuándo? Aún no existe una decisión tomada, pero don Aldegundo dice que tiene que ser antes de que se cumplan 30 años.

Lo acepta, es un ave

Le pregunto si no le parecer raro haber dedicado toda su vida a los pájaros, y él, amable, arranca en una carcajada. Mira a su alrededor. "Escucha", me dice, para que ponga atención a las aves, cómo cantan, cómo es imposible verlas entre las copas de los árboles, y sin embargo ellas se anuncian, se comparten.

 

"Estar al pendiente de las aves no es sólo eso, es escuchar el latido del planeta. Los pájaros son el termómetro que nos dice si hay buena calidad del aire, buena calidad del agua. Cuando los cuidamos, cuidamos el planeta y a nosotros mismos. Es gratificante cuando ves que la gente lo va entendiendo", suelta

No cabe duda. don Aldegundo quisiera ser un ave. Ser como el tecolote, sombra, instante entre el silencio y la noche. Tener plumas ligeras y suaves como seda, separadas como un serrucho para que el aire pase si resistencia. Volar. Desplazarse como la oscuridad en la noche misma. Volverse sigiloso, el sigilo mismo.

"He querido ser un ave" dice de nuevo. "Me he soñado volando. Disfruto, cuando puedo tener un tiempito solo, de sentirme que voy volando, como si fuera un ave migratoria que se va de un lugar a otro, que no tiene que hacer filas para presentar documentos ni pasaportes, que no tengo límites, que disfruto mucho de ver el mundo desde arriba. Todo quieto, todo en silencio".

No estoy seguro cómo, pero me ha convencido. A mí también me gustaría ser un ave; es curioso que él ya lo sea y no se haya dado cuenta, todavía.

 

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