Escribió en aire y arena sus versos, literalmente, y hoy el chileno dice en exclusiva a VANGUARDIA que ‘no fueron operaciones estéticas, fueron actos de sobrevivencia’
“Ni pena ni miedo” es el verso que tiene escrito el planeta y mide más de 3 mil metros. En 1993 esta prodigiosa comunión entre la naturaleza y el hombre fue creada por el poeta Raúl Zurita en el desierto de Atacama, Chile, el más árido del planeta, y estas palabras sólo pueden leerse desde lo alto. El chileno señala que eso no fue una operación estética (tampoco lo fue escribir poemas con el humo blanco de aviones sobre el cielo de Nueva York en 1982), sino que son un acto de sobrevivencia personal.
Zurita (1950) detalla que son sus poemas más íntimos y más grabados en él: son su forma de sobrevivir a cruentos escenarios de Chile, aprisionamientos e injusticias que vivió en este país que compara en su poesía con el desierto. Una de las figuras fundamentales en la literatura contemporánea, habla en exclusiva con VANGUARDIA antes de presentarse en la FIL Saltillo mañana a las 20:00 horas.
—¿Qué lo motiva a atravesar los límites en poesía cuando usa al desierto y al cielo como papeles para escribir sus versos?—
“Las escrituras en el cielo y en el desierto son mis poemas más íntimos, los que están más hondamente grabados en mí. Fueron pensados en las condiciones más desesperadas de mi vida y en lo más oscuro de la dictadura chilena. Pensar en esas frases escribiéndose en el cielo, o de la frase ‘ni pena ni miedo’ trazada con caracteres gigantescos sobre el desierto de Atacama en los momentos en que un país casi lo único que podía sentir era pena —dolor— y miedo, fue quizás lo que hizo que no me rompiera. No fueron operaciones estéticas, fueron actos de sobrevivencia”.
—¿Qué evolución considera tendrá la poesía en el terreno digital?—
“Cómo saberlo. Sólo sé que la poesía es anterior a la invención de la escritura, es anterior al libro, es anterior a la imprenta y que sobrevivirá a la muerte del libro, a la muerte de la escritura e incluso a la muerte del lenguaje. La poesía es la base de lo humano y si ella desaparece la humanidad se acaba, y literalmente, en los cinco minutos siguientes”.
—El cristianismo aterriza en su poesía despojado de su dogma pues alcanza un nuevo significado, o esto es lo que sucede en su poema “El Desierto de Atacama” al usar imágenes como “corona de espinas”; ¿por qué es uno de sus anclajes poéticos?—
“Soy ateo, pero si le sacamos la palabra dios de la lengua castellana se produciría un hoyo más grande que la cuenca del Pacífico. El castellano es la lengua por antonomasia del cristianismo, la lengua de la reforma y de la evangelización de América. Al escribir es también la historia de la lengua la que nos escribe. Los hispanoparlantes de América, hablamos una lengua que guarda en cada una de sus letras la memoria de la infinita violencia con la que se impuso. No puedo decir por qué aparece la corona de espinas en el desierto, pero sí que si no estuviese allí se perdería un rasgo del mundo”.
—Otro elemento fundamental en su poesía es el desierto, ¿qué vivencia lo motivó a admirarlo?—
“Conocí físicamente el desierto seis años después de que escribí un poema sobre él. En una parte el poema decía: “los desiertos de Atacama son azules” ¡y eran azules! Lo vi por primera vez al amanecer desde la ventanilla de un bus y era azul, de un azul infinito”.
—La poesía abordando a la política, ¿paga alguna deuda del poeta con la sociedad?—
“La que tiene la deuda es la sociedad. Me cuesta pensar en esos términos: poesía política, ecológica, mística o lo que sea, porque las obras que me importan son aquellas que lo abarcan todo. Obras totales como lo es la vida misma: cometes los errores que te corresponden, te crucifican y en un instante dirás, al igual que todos los seres humanos que han pisado la faz de la tierra; ‘padre, padre, por qué me has abandonado’, tienes tus tres noches en el sepulcro y por una única vez conoces la resurrección y finamente te ocurrirá algo tan absolutamente alucinante como es morirte. Una obra o es el correlato de eso o no es”.
—¿Cómo descubrió el poder vital de la poesía en su vida?—
“No lo sé, ni tampoco sé bien cómo empezó. Escribo desde un cuerpo que envejece, que se dobla, que se rigidiza, que tiembla con el Parkinson, pero también sobre ese cuerpo, sobre sus dolores, sobre los dolores que yo mismo me he causado, sobre su piel. Siento que ese poder vital que llamas tiene que ver con una irreparable desesperación y a la vez con una también imposible alegría. La escritura es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir es preciso quemarse entero, consumirse hasta que no quede una brizna de músculo ni de huesos ni de carne. Es un sacrificio absoluto y al mismo tiempo es la suspensión de la muerte. Es algo concreto, cuando se escribe se suspende la vida y por ende se suspende también la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección”.
—Un autor presente en su obra es Roberto Bolaño, ¿por qué?—
“Es extraña tu pregunta porque Bolaño no está absolutamente para nada presente en lo que tú llamas mi obra, pero creo que lo contario es cierto; de las escrituras en el cielo él sacó su ‘Estrella Distante’ que sea lo que sea es mejor que los poemas que él escribió. No, la poesía de Bolaño es insufrible, pero eso carece de importancia y en todo caso no es peor que la poesía de Faulkner, y Faulkner llegó a ser Faulkner como Bolaño llegó a ser Bolaño. Lo que quiero decir es que para quien le importa, no lograr escribir un poema mínimamente aceptable y darse cuenta de que no se es un poeta produce un sentimiento tal de frustración y de fracaso que, o pasas a formar parte del ejército de los resentidos o escribes ‘El Sonido y la Furia’. Entonces qué providencial que William Faulkner, que Julio Cortázar, que Roberto Bolaño, hayan sido pésimos poetas, ¡cómo compensaron! Las grandes obras que ellos crearon comparten una condición paradójica: fueron extraordinarios escritores gracias a que fueron horribles poetas”.
—¿Qué dice del movimiento estudiantil de jóvenes chilenos para pedir reformas al gobierno?—
“Es su gran asalto al porvenir. ¡La marcha de los pueblos, el canto de los cielos! Esclavos, no maldigamos a la vida. Los nuevos jóvenes chilenos me recuerdan esa frase del pequeño Rimbaud en su Temporada en el Infierno. Miles y miles de Rimbaud desfilando por las calles. Les deseo en nombre de ese océano infinito de difuntos de los que formaré muy pronto parte, que su victoria sea total, que escupan sobre nuestras tumbas y que conquisten las espléndidas ciudades que a nosotros nos fueron negadas”.
sc