Cada criatura viva que posee un tracto digestivo genera gases cada uno y todos los días de su vida. Para los humanos esto empieza tan pronto nacemos y termina después de morir.
A pesar de la universalidad de este proceso fisiológico, el escape de estos gases es considerado una vergonzante función del cuerpo, con frecuencia asociado a los hábitos más enfermizos de un individuo, mencionado en los escritos de Chaucer y Shakespeare, y considerado como una cochinada si ocurrre en una fiesta.
Cómo sucede la flatuencia
La persona promedio produce de medio litro a litro u medio de gas por día y las elimina en 14 a 23 episodios (algunos mientras duermen). Más del 99 por ciento de esta mezcla de gases es inodora, y consiste de dióxido de carbono, nitrógeno y oxígeno, que son gases que inadvertidamente ingerimos cuando comemos, bebemos refrescos embotellados, fumamos o masticamos chicle. Aunque se sabe que algo del dióxido de carbono es hecho en el estómago (dióxido de carbono es el de las bebidas embotelladas).
Ninguno de esos gases —dióxido de carbono, nitrógeno y oxígeno— son problemáticos porque ninguno de ellos tiene olor.
No obstante, la población bacteriana normal de nuestro colon (intestino grueso) produce otro tipo de gases, entre ellos una pequeñísima cantidad de gas de hidrógeno y metano, que resultan de la fermentación de los carbohidratos que pasan enteros en el proceso digestivo del intestino delgado y de los cuales resulta el sulfuro de hidrógeno o ácido sulfídrico (un gas que huele a huevos podridos).
La buen noticia es que, menos de uno por ciento del gas que producimos, corresponde a este tipo de olor, el más desagradable de todos.
El ácido sulfídrico tiene por fórmula SH2, razón por la cual algunos lo traducen erróneamente como “sulfuro de hidrógeno”.
Muchas sustancias orgánicas en putrefacción, desprende este gas, el cual abunda en los huevos podridos. La osuridad propia del tracto digestivo, propicia la formación de este gas, en presencia de las baterias apropiadas.
El ácido sulfídrico en presencia de oxígeno, puede formar pequeñisimas cantidades de ácido sulfúrico, un ádico muy corrosivo que además tiende a calentarse en presencia de agua.
Esta es la razón por la que algunas personas sienten que estos gases no sólo huelen mal sino que se sienten ligeramente tibios al salir, e incluso “como si tuvieran filo” dicen los más desfachatados.
La reacción química que puede convertir el ácido sulfídrico en ácido sulfúrico es la siguiente: SH2 + 2O2 = H2SO4.
El ácido sulfídrico es un veneno muy violenta que le roba a la sangre su oxígeno, razón por la cual conviene que sea eliminado rápidamente del organismo.
El otro gas pernicioso es el metano (CH4) también llamado gas de los pantanos. Es un gas inodoro, pero en presencia de aire común forma una mezcla explosiva (gas grisú), la misma que causa los accidentes en las minas de carbón.
El hidrógeno es es también un gas explosivo, puede formarse en el interior del intestino grueso.
Esta es la razón por la cual algunos han llegado a suponer que ciertos eventos gasesosos podrían explotar si se encendiese un cerillo al momento del episodio.
Una condición saludable
Cualquiera que sea la mezcla de gases que se forma en el colon, la eliminación de los mismos por lo regular causa que vibre el esfínter anal, produciendo una verdadera sinfonía de sonidos, dependiendo de la fuerza con la cual el gas es expelido y de la resistencia del esfínter.
Naturalmente, cuando se convive en grupo, la mayoría de las personas ejerce control sobre la salida de los gases para evitar su sonido característico. Lo que es inevitable es que el olor (si lo hay) llegue hasta los olfatos más sensibles, aunque, como ya se dijo, los gases intestinales no siempre contienen ácido sulfídrico, en cuyo caso resultan inodoros y por lo tanto inocuos para las narices de los congregados alrededor del emisor.
Cuando el exceso de gas ocurre junto con náuseas, vómito, diarrea, estreñimiento o pérdida de peso, la necesidad de ver a un médico es obvia. sin embargo, la producción de gases raramente es consecuencia de un serio desorden gastrointestinal.
Cuando un paciente llega al consultorio quejándose por un exceso de gas, una historia cuidadosa, un examen físico y unas cuantas pruebas de laboratorio bien escogidas pueden descartar las causas más notorias de su flatulencia: entre ellas el síndrome de intestino irritable, ;a intolerancia a la lactosa, enfermedad de Celiac (intolerancia al gluten) y reflujo gastroesofagal.
En la vasta mayoría de los casos, un exceso de flatulencia sólo indica que el paciente está vivo y comiendo una dieta saludable.
Reducción de gases
Para reducir la producción de gases olorosos, el método tradicional consiste en eliminar los alimentos que general altos residuos de carbohidratos no digeribles. Estos alimentos incluyen:
-Fructosa. Presente en las alcachofas, las cebollas, las peras y el trigo.
-Rafinosa. Presentet en los espárragos, frijoles, brócoli, col de bruselas, repollo, calabaza y granos integrales.
-Sorbitol. Presente en las manzanas, duraznos, peras, ciruelas pasa, dulces —y en bebidas y chicles que usan el sorbitol como endulzante.
Aparte de esto, ciertas personas parecen resultar especialmente sensibles a algunos de estos alimentos o la la mezcla de dos o más de ellos.
En la farmacia es posble encontrar productos capaces de reducir la cantidad de gas formado por algunos alimentos, como por ejemplo, los que contienen rafinosa.
En cuanto al incriminatorio y particular sonido de los gases, los pacientes pueden tratar de reducir por sí mismos la magnitud de la fuerza expulsiva, usando la técnica de contenerlos, o dejarlos deslizar de manera silenciosa. Aunque con ello siempre se corre el riesgo de ponerse en evidencia.
Para enmascarar el olor, el subsalicilato de bismuto (Pepto-Bismol) puede ser útil para reducir el aroma del ácido sulfídrico, pero no debe tomarse por largo periodos debido a su posible toxicidad.
Las tabletas de clorofila son usualmente un desperdicio de tiempo. Y un producto de la farmacia, llamado Simethicone (Gas-X, Mylicon) tiene la capacidad de ayudar a eructar pero hace poco para reducir la producción de el gas intestinal.
Una idea que se ha probado es usar carbón activado, un polvo muy efectivo para atrapar olores y sabores, que se usa en los procesos de potabilización de agua. Sin embargo, la cantidad de carbón activado que se necesitaría ingerir es muy grande para que sea práctico. Una mejor idea son los filtrps protectores de carbón activado para usar en la ropa interior —que quizá contribuya a apaciguar el olor, pero no el ruido de los gases.