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Ciudad Juárez: nadie se fía de nadie

En esta ciudad, en donde ejecutan por lo menos a 10 personas por día, la desconfianza entre ciudadanos y cuerpos policiacos es una constante; es decir, vivir aquí es una pesadilla

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martes, 03 de marzo del 2009

Patrullamos con la Policía federal por uno de los lugares más peligrosos del mundo: Ciudad Juárez, en la frontera de México con EU. Un pozo irrespirable donde cada día se registran al menos 10 muertes violentas. La podredumbre del narco.

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció. Cuando estuvo a su altura, dos hombres, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y lo ejecutaron.

Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Solo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado. Con la cabeza destrozada a balazos.

Los perros no dejan de ladrar, ni la gente abandonó la calle. Muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras agentes ponen triángulos amarillos por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos.

Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que se encontró a su hijo así: “Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria...”.

Él parte, frío, escueto, hablará de un joven “que se llamaba Raúl Alberto Rubio Ochoa”. Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por el narco. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Una semana más tarde caerán seis niños. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano.

Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso —un general condecorado o el jefe de un cartel principal— o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias —lo cocinaron después de asesinarlo...—, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional.

Un país donde el narco se lleva por delante a más de 6 mil personas al año no tiene más remedio que ir apilando sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso —sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento— o se arriesga a perder la sonrisa para siempre..

La llamada se produjo a las 9:45 horas. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales, estatales, federales, el Ejército. Todos aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele...

-Ya pasó todo- “No siempre. A veces vuelven a por el cadáver”.

-¿Quiénes?- “Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales”.
-¿Para qué?- “Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, se los llevan”.

El policía municipal que habla parece nervioso. Es bajito, mal uniformado. La canana que lleva está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil.

El policía apunta en una libreta los nombres de todos los que rebasan el cordón de seguridad. No cruza palabra. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie.

Hay además datos claros de que el narco tiene voluntades compradas entre los policías, jueces, políticos y periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. Sólo cuestión de supervivencia.

La llegada

La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan. Recibieron la orden de escoltarlo el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que buscan día y noche sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la mochila en la que transporta la PC portátil.

“No se preocupe, oficial, viene con nosotros”

- Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje-.
“Pero”.

-Tiene que abrirlo-

Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite. Cada que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y revisan.

-¿Adónde se dirigen?-

“Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí”.

-Correcto. Bájense y abran la cajuela-

El policía abre la cajuela. El soldado mete la cabeza. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.

-Pueden continuar-

Metros adelante, el federal que conduce la patrulla le explicará al reportero por qué obedecen instrucciones militares. Aparca el vehículo, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de autos que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí pararan los carros incautados al narco.

Hay nuevos y viejos. Lujosos. El agente señala un todoterreno, varado. Tiene la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Es un vehículo oficial de la policía.

-¿Una emboscada de narcos?-

“No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no se pararon. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos. Nada personal.

La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos. Una recepción, comedor y habitaciones alrededor de un aparcamiento. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. “Los que más nos visitaban”, explica el camarero, “eran gringos y salían a cenar algo o a emborracharse. Ya casi no vienen. Les da miedo”. Ciudad Juárez y también Tijuana, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua —el alcohol, el juego, los clubes— atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos.

Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos restaurantes cerraron, la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista está desahuciado. Pero llegaron los federales. Muchachos —casi ninguna mujer— procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exámenes de confianza.
Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, más de la mitad de la policía mexicana “no es recomendable”. Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías habían sido comprados por el narco. Incluso entre los 11 mil federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída.

Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán o a qué tipo de malandro detendrán. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados y armados.
Sus mandos les dan el tiempo para comer algo y dormir. El resto de la jornada recorren la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.

“¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado... Háganme ese favorzote”, El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan avenidas y se adentran en colonias.


Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de EU. Ciudad Juárez, la más violenta de México.

En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin impedimento. Aquí se mata con ellas.

Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente con un mapa y una linterna.

El oficial comenta en voz muy baja: “Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido ‘pitazos’ sobre gente que vende droga y armas.


Llegan al primer objetivo. Empieza un baile ensayado. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren a las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa desenfundan armas y quitan el seguro. Cada uno va escoltado por dos o tres compañeros. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta. Descalzo.


Despeinado. La camisa por fuera del pantalón. “¡Alto!
¡Federales!”

El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narco. Parece nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo. Hay niños mal vestidos que juegan con juguetes rotos y observan a los policías, como si ya los hubieran visto, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar.
“Negativo. No hay nada, ¡vámonos!”. La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Vuelta a la base. Mañana será otro día.

Tres ejecutados

Dos horas después suena el teléfono. “Encontraron a tres ejecutados en una disco. ¡Nos vamos!”. La misma historia. La ambulancia. La Policía local. La Policía Estatal. La Policía Federal. El Ejército. Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narco en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. Lo que había hasta ahora está muy claro.
Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las leyendas de los grandes narcos como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban “El Señor de los Cielos”. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en EU. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.

Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. “Los señores de la droga yaestaban tocando las puertas de Los Pinos”, dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. “O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos”. El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7 mil muertos.

La vagoneta blanca del depósito de cadáveres llega a la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. El jefe de la Policía se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca: “Ya te los puedes llevar”.

-¿Y cómo era el carro?-

“No me acuerdo, jefe”.

-¿Grande o pequeño?-

-Normal-

-Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?-

“Nunca. No es de aquí”.

El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor: “Al 40 por ciento de los que mueren no los reclama nadie”.

Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, decomiso de droga, detención de sicarios. Pero al día siguiente los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria.

La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece nervioso. Discute con policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos.

Robo de auto

La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le quitaron su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie creyó ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez.
Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que entraron en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca: “No sea malito, jefe, no me lo golpeen”.

El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado.
Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima.

“Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basura. Diríjanse a la calle...”. El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.


‘Fue el día más horrible’

Comenta una enfermera la experiencia que tuvo cuando prestó un servicio “fue hace meses. Recibimos el aviso de que había un joven herido tirado en la calle. Acababa de ser baleado.
Llegamos cuando todavía respiraba. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo al hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas con los cristales oscuros.
Bajaron cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos.
Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...”. Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.

Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.