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Lupita: La madre de los desterrados

Los migrantes llegan en busca de un techo y encuentran el amor en ella...

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lunes, 21 de mayo del 2012

  • Fotografías: Marco Medina/Video: Omar Saucedo (Vanguardia)
Saltillo.- Sentada en una silla afuera de los dormitorios de la Casa del Migrante, inquieta y sonrojada, la madre Lupita acepta platicar un poco del servicio al que ha apostado su vida entera: cobijar al caminante.

Acomoda su pelo ensortijado, que contrasta entre líneas blancas y los rizos negros, mientras pide, con la vista al reloj, que no tarde mucho porque todavía quedan pendientes.

Pero no comienza a hablar si antes no da una vuelta para ver cómo van las cosas en la cocina, habla con Ricardo, un hondureño que viaja hacia Estados Unidos, pregunta si llegó alguien nuevo -"aquí siempre hay alguien nuevo"- y se asoma a las habitaciones para ver si necesitan algo.

Obvio que para ella, una mujer que lleva la humildad en la mirada, hay cosas más importantes que hacer en el albergue que hablar sobre sí misma, por lo que dice aprovechará este momento como un descansito.


 
Es un mediodía de mayo y el sol de las doce enardece el piso con sus casi 30 grados, por eso la charla transcurre a la sombra del toldo que cubre algunas mesas, el área de teléfono y la parte del gimnasio.

Aquí, donde la mayoría se refugia del clima, los jóvenes centroamericanos miran si se va a tomar una foto, otros que si se van a cortar el pelo, pero todos clavan en ella sus ojos, en la mujer que está por contar su vida.

Comienza pues, con la sonrisa de una niña, diciendo: "Soy María Guadalupe Argüello Reyes, y estoy aquí para servirles".

Aunque se identifica como voluntaria en este albergue, que atiende a un promedio de 120 migrantes por día en Saltillo, Coahuila, quienes la conocen saben que se trata del alma de este hogar y que sin ella, serían más los llantos que las risas, y que las heridas que se llevan encalladas en los silencios, seguirían abiertas, con ese dolor lejano que provoca la nostalgia.


 
Las arrugas -"que no son muchas"- en sus manos y cara llevan el secreto de sus 57 años, que envueltos en esa dignidad que sólo da el servicio, le dan la imagen de dulzura y amabilidad, que es sólo superada por la fortaleza de espíritu y algunas cosas que de ella se dicen:

"Consejera de sus compañeros de trabajo, protectora de los desamparados, luchadora incansable de los derechos humanos y madre de quienes dejan sus patrias para buscar un mejor porvenir en tierras distantes".

Se avergüenza al escucharlo y cual chiquilla, encoge los hombros, se acomoda la falda larga que le llega a medio chamorro y confiesa que bueno, es algo que le alegra por dentro.

Cuando busca la razón en uno de los tantos laberintos de la memoria, la edad actual se desvanece en un instante, e incluso la voz le cambia por otra menos golpeada, menos severa consigo misma. Aunque se atropellan al principio, las palabras se acomodan para comenzar a describir lo que fue su infancia: cuenta fue en esta etapa cuando adoptó los ejemplos de servicio de sus padres.




Los primeros pasos del ave migratoria

En su relato desaparece el patio grande, aún golpeado por el sol, de la Casa del Migrante, y se dibuja más bien un pueblo pequeño, desértico y arbolado a la vez, que lleva por nombre Doctor Arroyo, Nuevo León. Ahí nació en 1953 y vivía con sus papás y sus seis hermanos.

"Mi papá se llamaba Bernabé Argüello Ruiz, era maestro y la comunidad lo apreciaba mucho por su disposición y atención. Mi mamá se llamaba Ana María Reyes, era muy servicial y no medía esfuerzos por atender a los enfermos o brindar ayuda a quien lo necesitara.


 
Creo que de ahí lo aprendí", narra la mujer. Lupita recuerda también que por aquellos años, el municipio ubicado al sur del estado atravesaba una fuerte escasez de agua, que los obligaba a compartir los vasos que bebían, y a acarrear el recurso de partes distantes.

En la casa que habitaban, una de las actividades que hacían para ayudar a su madre era regar las plantas entre todos los hermanos, tarea que se volvía un reto para que todas alcanzaran agua.

A más de cinco décadas de lo sucedido, la madre cree que esa situación adversa de escasez, fue otro elemento que le enseñó a compartir para sobrevivir, pues para el abasto participaban todos los ciudadanos. "Éramos como una gran familia que se ayudaba, como pasa ahora en la casa", platica, sin lograr desprenderse del pasado.

Entonces su voz enuncia, con ese tono que se tiñe de añoranza, que cuando chica era muy juguetona. "Me aburría jugar a las comadritas, yo prefería andar en bicicleta o jugar a los encantados, y en las noches a las escondidas".

Algunos de sus compañeros de Posada Belén creen que ese entusiasmo no ha desaparecido.

El Padre Pedro Pantoja Sánchez le ha llamado "la chispa de la hermana Lupita", y cree que es lo que a la fecha hace del lugar algo único.

Pero los ojos café oscuros de la religiosa siguen como atrapados en aquella época, y es por eso que se le escapa decir que de todos sus hermanos, la más cercana era María del Rosario, con quien era muy unida al grado de llamarla gemela.


 
Si algo recuerda con cariño hacer con ella, era tomar sin permiso la bicicleta de su hermano mayor, y andar por las calles empolvadas o empedradas de Doctor Arroyo. Revive también las varias ocasiones que las llantas se poncharon, y para no ser descubiertas en la treta, aprendieron juntas a parcharlas.

La charla acelerada de Lupita se detiene. Su ser ha vuelto a este tiempo, con un aire que se cuela caliente bajo la lámina y le da en el rostro. Deja escapar un suspiro y como si en él se perdiera la magia, añade que años más tarde, cuando ella tendría 14 ó 15, dejaríasu ciudad natal para viajar hacia Guadalupe y continuar con sus estudios.

Aún no lo dice, pero es en ese lugar donde posteriormente ingresara a la orden de las Misioneras Catequistas de los Pobres, gracias a la cual conociera la Casa del Migrante.




La voluntad del instinto

No deja de ver disimuladamente hacia un lado y otro. Sigue al pendiente de lo que ocurre en poestá así porque casi nunca se queda quieta, y le apura que surja un problema.

"Es que en verdad es como una madre que se preocupa por su hijos, aunque no compartamos sangre ni nada. Nos alimenta, nos cura, nos escucha", dice Rommel, un chico que tiene dos días de conocerla.


 
Pero esta empatía de la que habla el salvadoreño no se refiere únicamente al cariño, sino a que Lupita estuvo también en una orden religiosa y su vestimenta la delata.

Mientras ella dice que fue entre 1978 y 1979 cuando conoció el convento de las Misioneras Catequistas de los Pobres, los migrantes han perdido el miedo y se acercan a escuchar más de cerca su relato.

"Participé en retiros, acompañamientos y luego ya entré", suelta rápidamente. Los muchachos del albergue hacen caras de entre sorpresa y risas, mientras uno que está de pie casi a su lado invita a los demás a acercase. Lupita hace como si no los viera, para no perder la concentración.

Continúa la plática y dice que lejos de haber tenido una epifanía, fue en la convivencia diaria con las personas que descubrió que esta era su vocación: servir a quien lo necesite.

Apoyada por sus padres, se sumó a la orden, donde entabló relación con dos hermanas que atendían los casos de migrantes muertos, un aspecto anticipado al considerar la situación de defensa de derechos humanos durante esos años, pero que indudablemente marcaría su camino.


 
A la vez que aprieta las manos y arruga su falda, narra que la mayoría de los casos que atendían, quedaban sin resolver, hasta que un extranjero sobrevivió. La última frase la dice todavía con un tono sorpresa.

"La historia del migrante que sobrevivió fue llevada a juicio, el cual se ganó". Vuelve la sonrisa de niña, y explica que así nació la colaboración con el Centro de Derechos Humanos Fray Juan Larios, que depende de la Diócesis de Saltillo.

"Con él nos dimos cuenta que había un paso de muchachos migrantes que eran como fantasmas", suelta mientras se escucha el peso del tren que se acerca sobre las vías. Y entonces suena el silbato de la máquina, que causa estruendo por toda la casa, como subrayando sus palabras.

Algunos de los migrantes que están cerca bajan la mirada o cierran los ojos. Aunque es un sonido al que están acostumbrados, dice Axel Rojas, produce pesadillas porque muchos se caen, otros pierden la vida, pero para los que están descansando en el albergue es un recordatorio de lo que dejaron atrás, de la familia, de los rostros conocidos, de la miseria de la que huyen.

Escuchar esas palabras no deja mucha esperanza, y Lupita lo confirma al decir que todos los que llegan aquí por tren tienen un cansancio muy fuerte, como si vinieran arrastrando la culpa y no pudieran más con la vida. Vuelve a sonar el tren, y el albergue se queda mudo por un momento.

Con todo aquello en la mente, fue que decidió servir en la Casa del Migrante. Con nada más que su voluntad, llegó a Saltillo entre 2005 y 2006.

Aunque ella omite el tema, Alberto Xicoténcatl, director de la Casa, narra que al poco tiempo de estar prestando su servicio aquí, la orden de catequistas les pidió a las tres hermanas que se retiraran de la obra.

Ella responde a la orden que su camino no es el convento, ni tampoco sólo una parte de la población, sino servir a Dios. El Obispo de Saltillo, Fray Raúl Verá López, fue quien le dio recibimiento a sus acciones, mientras que las Catequistas de los Pobres le dieron la espalda.




Siete años incansables

Lupita se mira las manos pausadamente y como si hiciera un recuento, dice que no ha pasado tanto tiempo, pero en realidad ya son siete años. Es fácil si te gusta lo que haces, dice mientras le aparece una sonrisa inmensa.

De nuevo echa un vistazo alrededor, y nada parece haberse salido de control. Un grupo como de 10 muchachos juegan futbol por allá donde están los baños, y los demás, se da cuenta, la observan.

Con una calma que se refleja en otro suspiro, pero con vivacidad en sus palabras, cuenta su quehacer en el albergue de migrantes.

Aquí todos los días comienzan temprano. Desde las 4:00 o 5:00 de la mañana, los cocineros ya preparan el desayuno. Los demás, incluida Lupita, arriban minutos antes de las 7:00. A primera hora se levantan los muchachos, y después se lee alguna fábula o un pasaje bíblico que deje una enseñanza. Ella es la responsable de la tarea, aunque a veces les pasa los textos a los chicos para que sean ellos quienes lean en voz alta.

Enseguida se sirve el almuerzo, para después arreglar la casa entre todos. Mientras Lupita supervisa que tengan los mejores alimentos y esté puesta la mesa a tiempo, también se ocupa de barrer.

Dice que se lava la ropa si hay que lavar, y posterior a ello se limpia el frijol o la verdura para la comida. Sólo después, cada quien toma un baño.

Pasado el mediodía se sirve la comida, mientras que en las tardes se imparten diversos talleres, aunque el más común es el de inglés, que les ayudará cuando se encuentren en Estados Unidos.

Hay diversos momentos en el día para que los inquilinos vean televisión o jueguen futbol. Ella misma dice que le gusta formar parte de las actividades diarias y se involucra lo más que puede.

"Miren", dice Lupita mientras camina por el patiodonde los migrantes juegan fútbol, "voy a meter un gol". Los chicos le aplauden y le vitorean. El portero se prepara, la madre hace el movimiento que antecede a la patada y. el balón se va desviado por el tubo que hace de travesaño lateral izquierdo. "Fallé, ya será a la otra", se dice a sí misma.

Cuando cae la noche, se prepara la cena y se deja todo limpio. A eso de las nueve se dan los medicamentos a quienes lo necesiten, y después a dormir; algunos en las habitaciones, otros sobre colchones bajo el toldo a la intemperie.

"Eso es lo normal en el día", aclara, "aunque siempre pasa que nos tenemos que quedar por algún pendiente, o por si llega alguien y lo recibimos. Terminamos como a las 11:00 o 12:00, cuando muy noche".

Sus amigos y compañeros temen que no descanse lo suficiente, que esto pueda afectar su salud. La madre dice que si el cuerpo se cansa, es el alma la que recibe el pago con el gusto de hacer las cosas.




Una familia sin lazos de sangre

"Nos apoyamos, nos respaldamos, aprendemos mucho de ellos, ellos de nosotros. Somos una familia", pronuncia Lupita aún sentada en la silla del patio, con una mirada que acaricia al tocar. Los migrantes dan testimonio de ello, y la reconocen como una madre, como ese soporte que muchos no conocieron jamás.

Hace 50 días que Miguel Vargas, un hondureño que va hacia Houston, Texas, salió de su casa, y siente que la Casa del Migrante de Saltillo es el mejor lugar de México, gracias a la madre.

"Pues por el trato. Ella es una madre para todos los migrantes. Nos anima mucho, nos dice échenle ganas. Ya la considero familia mía. Estoy muy agradecido con ella", dice con un gesto de pena, como encogiendo los hombros.

Adalí Vázquez, también hondureño, pasa por segunda vez por Saltillo, y aunque desvelado y torturado por el frío, cuenta que es la amabilidad de Lupita la que lo relaja y reconforta. "Es como llegar a tu casa, donde sabes que alguien te espera, aunque también duele porque sabes que te tienes que ir".

Incluso, confiesa con una risa nerviosa, siente que le tiene confianza porque lo ha llevado a comprar la verdura para la comida. La verdad, admite, no hay lugar igual.

Para el Padre Pedro Pantoja, quien también está al pendiente del albergue, la labor de Lupita no tiene comparación, pues es un gesto noble y sincero. Ella los acerca a Dios sin hablarles de él, llorando con ellos, riendo con ellos, enseñándoles que pueden dejar atrás la culpa con la que cargan, a través del amor y del perdón.

"Ella los vuelve una familia porque escucha, comprende, aconseja, pero también los educa cuando están haciendo algo indebido. Les cura el alma sin juzgarlos, les sana el corazón con sus actos", narra con ese tono pausado y grave tan característico de él. No importa el día, la vibra que Lupita le da a la casa se esparce hasta llegar a cada rincón, llegando así a influir en los muchachos.

Mientras un olor subyugante escapa desde la cocina y llega hasta el patio, la madre recuerda que hace tiempo, alguien les regaló un salchichón grande, el cual planeaban usar para una cena elegante (con espagueti, y no con los frijoles de todos los días y la harta verdura que hace rendir los platillos), entra las 60 personas que habitaban la posada por entonces. Así pues, cuando estaban formados para entrar al comedor, apareció en la puerta una peregrinación de aproximadamente 40 migrantes, apenas arropados, sucios y cansados según el relato.

"Me fui a ver que los recibieran. Venía uno enfermo y lo atendimos. Cuando regresé con los muchachos, todos los que estaban en la fila para comer, ahora estaban sentados en la banqueta, y dicen: `no madrecita, nosotros en la mañana comimos algo, ellos quién sabe cuántos días tendrán sin comer, entonces mejor que nuestra comida se la den a ellos".

La voz en su relato se fue haciendo diminuta, como si aún le sorprendiera aquel gesto. El silencio la enmudece casi imperceptiblemente, hasta que revira y admite que el mayor aprendizaje en la casa ha sido confiar en que las cosas se hacen a su tiempo, a la voluntad de Dios, quien siempre dispone, y no cuando ella quiere.

Y es que al principio, cuando se terminaba la comida, se preocupaba demasiado "¡Cómo es posible que en un día se acabe un costal de arroz?" decía. Advertía siempre un imposible en el mañana.

Pero ya no, en vez de eso, dice: "ya habrá". No teme asegurar que eso significa que de alguna manera se va a obtener lo suficiente. Silencios: el peso de la incertidumbre "Ya voy", les dice Lupita, "ya voy", les repite como hace una madre a un niño pequeño. "Es que están desesperados porque tienen hambre, siempre tienen hambre".

Son varios los curiosos que se han acercado a la silla donde Lupita está por hablar de sus miedos. Sus palabras se avivan al tocar el tema y salen como si no las quisiera pronunciar. Y es que incluso pensarlo duele: ver partir a los migrantes.

"No sabemos qué va a pasar, necesitamos mucho de la palabra de Dios, una que se pueda decir con toda la fuerza del corazón para mantener la esperanza, porque sabemos que van a lo incierto, a lo peligroso, a lo difícil", confiesa.

La realidad que se enfrenta en la Casa del Migrante es así, cruda. Los rostros de quienes llegan están no sólo destrozados por el sol, sino por la tristeza que se refleja en su semblante.

No obstante, también considera que es un gesto lindo y valiente que armados únicamente con la voluntad, salgan a perseguir su sueño. Lupita agita levemente la cabeza como para despojarse de aquellos pensamientos que le erizan la piel. Y entonces, mientras mira hacia cualquier lugar, habla de un miedo más terrenal: los ratones.

Le producen asco, y su rostro fruncido y las manos que mueve como si se las estuviera lavando no dejan duda de ello. Dice ser capaz de tener más de cerca una víbora o una araña, cualquier cosa o animal en realidad, pero no un ratón.

"Siempre les he tenido pavor", pronuncia mientras hace un gesto de horror, donde destaca una risa nerviosa. Por suerte para ella, en el albergue no hay ratones, y en caso de que los haya -"por eso procuro tener todo muy limpio"- organiza a los muchachos para que los cacen.




La tristeza se va con el baile

"Que triste se oye la lluvia, en los techos de cartón,
que triste vive mi gente,
en las casas de cartón,
viene bajando el obrero,
casi arrastrando sus pasos, por el peso del sufrir,
mira que mucho ha sufrido, mira qué grande el sufrir"

Alí Primera

Ha pasado casi una hora desde las doce en que dijo su nombre, y ya con más confianza, por su cuenta, admite con voz dura que no todo es tan fácil. Pero también se ríe cuando dice que tiene la respuesta adecuada: la música y el baile.

"No sé muy bien, pero me muevo" suelta. Aquello se vuelve un jolgorio cuando los muchachos, que saben ritmos desde la cumbia, bachata, reggaeton, ponen el ambiente. "De ahí aprendo mucho, empieza uno cantando y le sigue otro bailando. Y así pasamos el día".

Tanto las cocineras y los mismos migrantes, cuentan que al preparar la comida o barrer, aun cuando se encuentre sola, Lupita agarra el ritmo. En cuanto a cantar, dice que no prefiere ningún género, que le entra parejo a la trova como a la cumbia, a la norteña como a los boleros. Y aunque anda un poco afónica, lo cual atribuye a la edad, canta la primera estrofa de "El rey", de Vicente Fernández.

"Yo se bien que estoy afuera, pero el día en que yo me muera, sé que tendrás que llorar". Y entonces comienzan todos con el griterío, y se hace el ambiente. Les gusta mucho Vicente Fernández y los Tigres del Norte" platica regocijada.

Los demás voluntarios cuentan que hay ocasiones en que toma la guitarra, reúne a todos en el patio y empieza a cantar, una costumbre que ella misma, asegura, carga desde que asistía a los coros de las iglesia.

Así, la música y el bailen no sólo han dado color a los momentos cotidianos, sino que han alejado la desesperanza en momentos adversos. Alberto Xicoténcatl recuerda una ocasión, hace aproximadamente dos años, durante la época más difícil que atravesó el albergue debido a los secuestros, que fue el carisma de la madre Lupita lo que hizo que salieran adelante. Luego de estar habituados a recibir más de 250 personas al día, el escenario no pintaba bien, y dejaba a la imaginación los más cruentos crímenes en contra de los migrantes, pues en la casa había sólo ocho personas.

La consternación y dolor se cernía en los miembros de Belén, pues lejos de las especulaciones, la Comisión de Derechos Humanos hablaba de miles de personas secuestradas, y esos eran apenas los datos oficiales. "Lo que ella hizo fue tomar un tambor que nos regalaron de Cuba. Llamó a los migrantes, le pidió a uno que continuará tocando, y dijo: "bueno, en este momento de tristeza, lo mejor que podemos hacer es bailar". Aunque el director piensa que la situación, por donde quiera que se vea, y más para una religiosa, era difícil, siente que fue el gesto más noble que pudo hacer para no dejar caer a los demás. Todos terminaron bailando y riendo.



La madre que nunca se irá

Es obvio que ya quiere irse. La mujer que jamás se detiene se ha puesto a platicar su vida por más de una hora, y eso ya es decir demasiado. ¿Cómo sería la casa sin la madre Lupita? El Padre Pedro Pantoja, ese hombre de ojos grandes, explica que ella es uno de los pilares de la comunidad, y que sin ella, gran parte no podría funcionar.

"¿Quién como Lupita, que da todo por ellos, que da sus horas, pero lo más importante, que abre su corazón para la salvación de otros?", se pregunta, y no encuentra respuesta. Mientras tanto ella insiste con el reloj, y antes de ponerse de pie, platica que no planea dejar la casa. No por ahora. Mira lentamente a su alrededor, quién sabe qué pase por su mente en esos segundos acompañados de un pequeño silencio.

Cuando parece que no tiene nada más que decir, concluye: "Aquí es a donde pertenezco". Con esa frase rompe y se marcha. Su figura se pierde, como al principio, en la cocina, después entre los dormitorios, en la pequeña enfermería. Aún en su ausencia, queda entre todos ese cobijo que sólo la madre Lupita es capaz de provocar.