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Los gladiadores: La fábrica de luchadores

En La Laguna no sólo se lleva a cabo una guerra entre cárteles, en los barrios populares hay peleas a diario, se trata de cientos de jóvenes que entrenan para ser los mejores de la lucha libre mexicana. Aquí la historia de cómo La Laguna se ha convertido en semillero de gladiadores

Por:   Francisco Rodríguez

lunes, 22 de julio del 2013

  • Foto: Vanguardia/Francisco Rodríguez

Torreón, Coahuila. Son las 10 de la mañana de un domingo caluroso de julio. En el ring de la Arena Olímpico Laguna, de Gómez Palacio, Durango, nueve aspirantes a luchadores, entre ellos una mujer y un niño de apenas 10 años, repiten hasta mecanizar un ejercicio en donde una persona se `resortea' con las cuerdas, se sostiene en el aire con el apoyo de dos compañeros y los lanza con las piernas y los brazos.

El sitio está al aire libre pero al entrar se impregna un olor a cerveza caliente, como el de una cantina a la mañana siguiente. Apenas el jueves se celebró una lucha. Las paredes del recinto están tapizadas de publicidad y propaganda vieja. Las butacas están a medio metro del ring y son de metal, estáticas. En lo más alto de la tribuna de cemento seco está un busto del Médico Asesino, aquel legendario luchador de Torreón, Coahuila, de los años cincuentas que creció sin padres, fue campeón nacional de peso completo, estrella de cine, creo los relevos australiano (tres contra tres), creo "La Ola Blanca" con El Santo y El Enfermero; en 1954 llenó la monumental Plaza México al ganar la cabellera de Broadway Venus, hasta que a los 40 años, un cáncer lo fue devorando mientras él se resistía arriba del ring. En febrero de 2013, El Hijo del Santo lo recordó en una columna del diario deportivo Récord que tituló, `Recordando a un grande': "Su pareja ideal fue `El Enfermero', pero cuando formó dueto con El Santo, fueron invencibles sobre el ring; de hecho, jamás perdieron una lucha".

Por más de cinco décadas éste lugar que exhibe el busto del Médico Asesino, ha sido la catedral de la lucha libre en la Laguna, me asegura Javier Dipp, el empresario de la arena, quien recuerda que éste recinto nació en medio de una vecindad por donde desfilaban las caravanas Corona con Lola Beltrán, César Costa, Enrique Guzmán y compañía.

El 17 de octubre de 1954 fue inaugurada la arena y por aquí comenzaron Polo Torres, "El Oso Lagunero", que cuando niño vivió en Torreón, cargando bultos en la harinera para ayudar a su familia; o la leyenda Gran Markus, que luchó por 37 años y falleció en 2007; a su entierro acudieron decenas de luchadores laguneros. Gladiadores más recientes: el maestro lagunero Blue Panther, Ultimo Guerrero, Hooligan y Doctor Wagner Junior.

Son muchos apodos, sobrenombres que junto a la máscara ocultan identidades. Se vuelven anónimos, como personajes de un cuento. Ya lo decía el escritor Carlos Monsiváis: "La máscara hace las veces de un recurso teatral óptimo; es al mismo tiempo intimidadora y divertida, amenazante y jocosa, se presta a las complicidades del espectador, le permite figurarse qué clase de rostros anidarán tras esas telas, se presta a la imaginación de sastres o familiares".

 

Ahí está el Imperio Negro, que tras la máscara se halla Angel, un lector del sistema de agua de 42 años que lleva 22 arriba del cuadrilátero. "Sientes que eres lo máximo cuando estás ahí arriba. Me transformo", me cuenta durante un descanso del entrenamiento.

Éste domingo caluroso, la mayoría de quienes sudan y azotan sus espaldas a la lona, son hijos, nietos, sobrinos o primos de luchadores. Así como el luchador nunca se quita su máscara, así los hijos no se desprenden del oficio, lo heredan, porque el olor y la magia los engancha.

- De chico me atraparon los trajes de colores, la máscara, la incógnita; el provocarle emoción a la gente. Que me rayen la madre arriba del cuadrilátero me hace sentir como pez en el agua, dice Camorra, el entrenador de la Olímpico Laguna, un auditor de calidad de una fábrica textil de 42 años y tres hijos que quieren seguir sus pasos.

Como Camorra (antes llamado Destroyer), casi todos los que están aquí practicando llaves y lances, provienen de barrios populares. Lo mismo sucede con decenas de luchadores que siguen entrenando en uno de los nueve recintos (seis en Torreón y tres en Gómez Palacio) ubicados en polígonos marginados, pobres y violentos que albergan el eco de más de dos mil homicidios en los últimos tres años.

-Aquí ya es una cultura. Mi mamá, soltera, siempre nos llevaba a las luchas. Yo llevaba a mis hijos. Esto va de generación en generación. Somos gente férrea, luchona. Cuando conoces este negocio y tienes la cultura de gente guerrera, trabajadora y cuando se nos da la oportunidad de practicar un deporte, lo damos al 100. Hay semilleros y eso ayuda mucho. Antes de irse, dejaron algo aquí. Yo estuve con los Espanto, con Black Charly, el Asterión, el Halcón Suriano. Te llenas de un lado y de otro y te haces un luchador completo.

La Laguna, este horno de 40 grados, lugar preferido de narcotraficantes para el trasiego de la droga, tiene una de las cunas de luchadores más reconocidas del país. Desde hace seis décadas, esta región con aires de aletargamiento industrial, produce artistas del pancracio como fábrica de dulces. La Comisión de Boxeo y Lucha Libre de Torreón tiene registrados al menos 120 luchadores de paga (aunque no todos con licencia para luchar). En Gómez Palacio la cifra es tan grande como incierta, pues la Comisión de Box y Lucha se quedó solo con el Box ante el desinterés de gladiadores. Blue Panther es el único luchador que cada año refrenda su licencia en la Comisión gomezpalatina. Con o sin permiso, decenas de luchadores buscan subirse a una de las nueve arenas que realizan funciones en la región.

En una de las esquinas del ring de la Olímpico Laguna está Princesa Guerrera, una maestra de danza folclórica de 35 años que tiene el pecho color rojo sangre de tantos manotazos que ha recibido en el entrenamiento. Le apodan La maestra o Dora, por su parecido a Dora La Exploradora, la de la caricatura.

Éste domingo es la única mujer que practica la disciplina. Sus compañeros la tratan como uno más. Le exigen, la golpean y la regañan cuando no puede lograr un ejercicio. Ella sonríe y estoicamente lo intenta de nuevo. Cuando le pegan no chista, se va a la esquina y espera nuevamente por su turno.

Princesa Guerrera es una excepción. Nadie de su familia fue gladiador, pero su amor por la lucha se traslada hasta su niñez, cuando miraba desde la azotea de su casa las luchas de Angel Azteca, aquel luchador gomezpalatino, campeón nacional de peso welter y peso medio de los años ochentas; mismo que también llegó a formar pareja con Atlantis y El Hijo del Santo.


Princesa Guerrera es madre de cuatro hijos; separada del padre de los pequeños. Vive en el fraccionamiento popular San Juan, donde ya sea de día o noche, mira a los chavales inhalando resistol y a los adolescentes `puchando' la droga. Por eso un día decidió que intentaría seguir su sueño. No le contó a nadie y llegó un domingo a entrenar. A su regreso su mamá le preguntó por qué tenía todo el pecho pintado de rojo y ella contestó que se había rascado de tanta comezón. Tiempo después no le quedó de otra que confesar que acudía al pancracio a recibir golpes de luchadores y practicar caídas.

-Yo saco adelante a mis hijos. Les doy de comer. Ya por ese simple hecho soy una guerrera.

El centro de Torreón es un rompecabezas de edificios históricos de tiempos de la revolución, con locales cerrados porque sus dueños huyeron de los tiroteos entre uno y otro grupo delictivo. Ahí lo mismo se encuentra el museo más moderno de la ciudad que el mercado de frutas y verduras más viejo; el teatro más funcional y el hotel que hospeda a policías estatales o federales que combaten el crimen organizado. Ahí en el centro, entre prostitutas, cantinas malolientes, vendedores de droga, música de danzón y faros adormilados, está el Deportivo Torreón.

El encargado y entrenador del lugar es el ex luchador Dragón Imperial. Su nombre de pila: Jorge Banda Alvarado, 49 años, cabello largo, viste sombrero de dandi, collar y camisa con dibujos de dragón. Perdió sus dos piernas hace un par de años. Es diabético y fuma como si se fuera a acabar el mundo.

Faltan unos minutos para las seis de un viernes con un calor que se resiste a ceder. Antes que lleguen sus pupilos, Dragón Imperial me aclara que aparte de entrenador, es el anunciador en las funciones y el encargado de darle mantenimiento a la arena. Por arena se entiende un cuadrilátero que más parece una lámina cubierta de lonas publicitarias, gradas de madera erosionada, carcomida por los años; paredes descarapeladas, como si en cualquier momento una ventisca las fuera a tumbar, entre el olor bochornoso de un centro histórico en decadencia.

Pero aquí, tres días a la semana, durante dos horas, una docena de jóvenes ensayan maromas y llaves tratando de pulir la perfección.

- Si no le pones unos cimientos, con cualquier cosita se te cae. Hay que tener una buena base.

Dragón Imperial nació en Monterrey. Desde los 13 se inició en la lucha en Gómez Palacio, Durango porque su padre lo llevaba a las funciones. Debutó a los 18 porque un luchador no llegó a la cita y -como a muchos otros- lo lanzaron al cuadrilátero. Empezó siendo simplemente Dragón, pero Gonzalo Gómez Martínez, promotor de luchas en el Auditorio Municipal de Torreón, le dijo que se escuchaba seco, y le agregó el Imperial.


Antes que lleguen sus alumnos, Dragón Imperial me cuenta que su última lucha fue el 25 de diciembre de 2009, en el Deportivo Torreón. El 24 de marzo de 2010 estaba entrenando a los muchachos y 24 horas después entró a quirófano para que le amputaran la pierna. En 72 horas sufrió tres pre infartos y una caída sobre la herida. Pero el domingo 28 de marzo salió del hospital y en la noche estaba entrando a la función.

- El show debe continuar, me cortaron las piernas, pero no las alas. Lo psicológico es lo que te saca adelante, me dice con voz enjundiosa, como si me regañara.

El 31 de marzo de 2011 perdió la otra pierna. Y aquí sigue, impulsándose como quien quiere lanzarse de la tercera cuerda. En el Deportivo Torreón -quizás también en la Laguna- existe una regla de oro: prohibido decir no puedo.

Dragón Imperial es la muestra. Todos los días baja sin ayuda del poniente de Torreón, una de las zonas más bravas de la región. Muchos de los pupilos, incluyendo dos muchachas menores de edad, vienen de los barrios conflictivos, donde la droga circula como los perros callejeros.

"Para muchos no es una ruta de escape sino una vía alterna", me dice Dragón Imperial. "Dejas el mundo exterior y entras a otro nivel. Yo les digo que a partir de que cruzan la puerta, ya son otra persona".

En el lugar las jóvenes promesas ya están practicando y Dragón Imperial los dirige desde abajo. Para él son como una cofradía donde el maestro es el primer dragón. El ex gladiador se queja conmigo de uno de sus pupilos que pone muchos peros y hace muchas preguntas. Dice que viene de otra escuela y que en cambio los otros, los suyos, sí tienen esa obediencia espartana.

- La Laguna siempre ha ocupado un lugar preponderante dentro del pancracio. Han salido grandes luchadores que han hecho fama, dice el ex gladiador.

Sin embargo, cree que hoy en día la mayoría de los luchadores son semi profesionales porque alternan el oficio con otro trabajo. Dragón Imperial siente a éste deporte como un ambiente sagrado, donde poco a poco se van extinguiendo los ídolos.

- ¿En qué se diferencia la Laguna de otras escuelas?

- En la disciplina, aquí es un semillero de buenos gladiadores. Todo luchador de la Laguna que va a la capital a probar suerte, siempre deja el nombre de la región en alto. Aquí se venció al desierto, por qué no se puede vencer la mediocridad.

El cuadrilátero lo empieza a cubrir un cielo cenizo y aquí, por lo pronto, no hay farolas que iluminen el entrenamiento. Dragón Imperial prende otro cigarrillo y me platica que su deseo es que al morir, lo velen unos cinco minutos arriba del ring y después lo lleven a la cripta. Un aire placentero abofetea nuestros rostros.

Me hablaron de la Escuela de Lucha Libre de Alto Rendimiento en Gómez Palacio, Durango, la cual maneja el luchador Dandy García. Cuando repetía ese nombre: "Escuela de Lucha Libre de Alto Rendimiento", me imaginaba el mejor gimnasio; espacioso, acondicionado con aparatos modernos y un cuadrilátero bien cuidado. Pero la Escuela está en lo que parece el patio trasero de un deshuesadero; un cuadrilátero cubierto de cobijas raídas, una sobre otra; tres lados del ring chocan con la pared. Una manta blanca intenta cubrir el sol. La vista son las ventanas de otras casas. A la entrada montaron un techo con pedazos de madera que fungen como pilares. Hay un baño más austero que uno portátil de una obra en construcción y su puerta es una cortina corrediza. Hay unas cuantas máscaras colgando y fotografías pegadas. Ante la falta de pesas, rellenaron tinas con cemento y metieron un palo de escoba y esperaron a que se secara.


Son las seis de la tarde y el sol achicharra el suelo en esta escuela ubicada en el Fraccionamiento Morelos II. De este lado de la Laguna salió La Sombra, gladiador gomezpalatino de 24 años que a los 18 se convirtió en el luchador más joven en ganar el campeonato mundial de peso welter de la NWA (National Wrestling Alliance, por sus siglas en inglés) o Dragón Rojo Junior, un profesor de educación física que ha sido campeón mundial de peso medio del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) y campeón mundial en parejas del CMLL a lado de Ultimo Guerrero, otro lagunero que surgió del barrio para convertirse hoy en día en el mejor luchador del país.

-Dragón Rojo quería ser luchador. Lo entrenábamos en el suelo, con lonas y colchonetas, todos los días, hasta en Navidad, año nuevo. Lo empezamos a proyectar en la Arena Olímpico, lo vio Ultimo Guerrero y se lo llevó a México. No se quería ir, lloraba porque aquí tenía a su esposa y su hijo. Váyase, le dijimos.

Dandy García cree que el luchador lagunero surge de la fuerza y el sacrificio; del aguante. Aquí, cuenta, corren a las tres de la tarde cuando el termómetro marca 35, 37 grados. "El luchador tiene que tener presencia, fuerza, que esté macizo", añade.

Él enseña con una lesión en los ligamentos después de 29 años de carrera. Es de Gómez Palacio y su maestro fue José Andrade Estrada "El Moro", quien dio una gran herencia luchística entre los que se encuentran sus hijos Diamante, Zafiro, Brillante, Kevin, El Fúnebre y Espanto Júnior. Éste último rivalizó con El Hijo del Santo y libraron una batalla épica el 31 de agosto de 1986 en Monterrey, donde el lagunero perdió la máscara y reveló su nombre: Jesús Andrade.

Espanto Júnior tomó el nombre de la generación de los Espanto, una dinastía de gladiadores laguneros que nació desde los cincuentas con el lagunero Espanto I, quien fue acérrimo rival de la leyenda del enmascarado de Plata, hasta que tuvieron que apostar el honor de la máscara. En la Arena México el 25 de octubre de 1963, El Santo venció con la llave de a caballo a José Vázquez Cisneros, Espanto I, originario de Torreón. En 1966, Espanto I y II vencerían en otro duelo memorable a El Santo y Rayo de Jalisco para ganar el Campeonato Nacional de Parejas.

El Dandy García carga con esa escuela de los gladiadores que desarrollaron el talento en la región. Dice que en la Laguna se tiene el don de la lucha. A diferencia de lo que sucede normalmente en el box, un luchador aprende de distintos personajes, adquiere sabiduría de diversos mentores. Para Dandy García se requieren por lo menos cuatro años de entrenamiento, de sacrificio antes de subirse a un ring. "Hay que querer el ring. El ring es como una compañera con la que nos casamos siempre. Hay que quererlo y respetarlo", cuenta el gladiador retirado, quien si por él fuera, se moriría arriba de un cuadrilátero.

Lo mismo piensa el Presidente de la Comisión de Box y Lucha de Torreón, Ramón Luján, quien critica que en los últimos años se ha perdido el respeto y el don de la enseñanza, pues al año de entrenarse los promotores lanzan a los luchadores al cuadrilátero como las nuevas estrellas del circo, sin que exista una base de conocimiento por los estilos de lucha.

El comisionado cree que la disciplina de los gladiadores laguneros desarrolló el semillero. "Es como hacer las planas de la escuela. Repetición y repetición hasta que te salga y antes existía mucha disciplina y lleva años", rememora Luján.


Ramón Luján recuerda que hace décadas, la Plaza de Toros y el antiguo Palacio de los Deportes de Torreón, se abarrotaban al mismo tiempo para ver a luchadores locales, sin importar que fuera a la misma hora las funciones.

La Universidad Autónoma de Coahuila publicó un libro titulado "Como la Laguna ninguna, identidades y redes semánticas naturales". En la investigación se le preguntó a decenas de habitantes qué significaba ser lagunero, y la respuesta "trabajador" fue una de las que más se repitieron.

El sociólogo Alfredo Morales, quien participó en la investigación, menciona que no es gratuito que muchos luchadores piensen que el semillero lagunero se deba a que la gente es luchona. Sin embargo, también cree que esta afición por la lucha pueda nacer de la necesidad de satisfacer una cuestión catártica, un asunto de desahogo.

"No eres tú allá arriba. Aquí somos más de sacrificio. Te enamoras de esto, el ego te llena. Es como vitaminas", explica el luchador lagunero Camorra, quien perdió su máscara a manos de La Sombra.

Morales, quien se ha especializado en tema deportivos (principalmente futbol), creeque la lucha libre es una práctica popular que genera en la gente una catarsis y donde el enmascarado representa una identidad nacional.

El sociólogo reflexiona sobre el hecho que muchos otros deportes ya están comercializados, mientras que los semilleros en las barriadas se dan de manera más espontánea. Quienes asisten y quienes se convierten en luchadores, son de extracción popular y buscan encontrar una especie de héroe, aún cuando arriba del ring les paguen entre 200 y 700 pesos por lucha.

El Halcón Suriano, fallecido hace 20 años, es considerado el gran maestro de la lucha libre en la Laguna. Su escuela fue fundada en 1973 en el Auditorio Municipal de Torreón. Uno de sus discípulos más famosos, Blue Panther, inició en la antigua arena Ferrocarrilero, un espacio de barriada y saltó al cosmos de la lucha para ser el campeón mundial de peso medio y desenmascarar a siete luchadores, hasta que en una epopéyica batalla en 2008, el Villano V le arrebató el anonimato y dio paso a la leyenda de Genaro Vázquez.

Fue maestro de otros gladiadores como Black Warrior, Ephesto, El Soberano, Hooligan, Ultimo Guerrero y su hijo, Halcón Suriano Júnior. El Júnior tiene poco tiempo que reinstauró la escuela de su padre. La Secretaría de la Juventud le prestó el sótano de lo que alguna vez fue una televisora local en Torreón.

Hay dos cosas que me aclara desde un principio Halcón Suriano Júnior: "Yo no soy maestro de lucha, sólo recuerdo lo que mi padre me enseñó" y "No es un gimnasio, es una escuela". Y es la escuela mejor acondicionada de la región: no entra ni una aureola de luz, el ring está rutilante, tienen costales de box, lonas y equipo de gimnasio. "Es un milagro que sigan sacando luchadores en las condiciones en que lo hacen", opina el gladiador sobre las precarias instalaciones de otros lugares.

Sin embargo, para el Júnior, certificado como maestro de lucha por la National Wrestling Alliance, los laguneros están hechos para la lucha libre: "Somos gente luchona, gente acostumbrada a practicar la cultura del esfuerzo. Es una tierra desértica y estamos acostumbrados a los retos. La cultura del esfuerzo predomina en todos los extractos sociales".

Es un jueves sofocante y un grupo de niños llegan al entrenamiento. Hoy es día de principiantes y mañana será de profesionales. En total suman 40 luchadores a los que por igual se les enseñan valores sobrios como la cooperación, el respeto, la honradez y la humildad.

- Como recinto educativo no solo creamos luchadores, sino atletas que tengan un alto sentido de normatividades. Para los niños existe un requisito de no bajar de ocho de promedio en la escuela.


Otros códigos de esta escuela: prohibido fumar, decir groserías o poner apodos. Afuera, prohibido andar señalando a otro en la calle como luchador. Aquí se enseña que el luchador es anónimo, es un misterio, es sagrado; como Spiderman o Batman, jamás se debe saber quiénes son.

Su hijo, Stukita, le ayuda a entrenar a los pequeños por tres horas. "Hay que enseñar luchadores y no maromeros", reclama Halcón Suriano Júnior, un tipo de baja estatura que le da la espalda a la lente porque no carga con su máscara.

Asegura que los laguneros toman la lucha en serio. La respetan. Existe disciplina. Su padre, la leyenda Halcón Suriano, tenía una máxima que ahora su hijo trata de emular: La lucha libre te puede dar todo, sólo si le das todo.

A pequeños de nueve, 10, 11 años, Halcón Suriano Júnior les empieza a enseñar diferentes llaves y cómo soltarse de ellas. Los niños escuchan, practican y repiten y repiten. Jason Riis, un fotoperiodista y reformador social danés-estadounidense, dijo una frase que incluso cuelga del vestuario del equipo de la NBA los Spurs de San Antonio: "Cuando nada parece ayudar, voy a donde el cantero y lo miro martillar su roca, tal vez unas cien veces sin que ni siquiera se note una grieta en ella. Sin embargo, al centésimo primer martilleo ésta se partirá en dos; y sé que no será debido al último golpe, sino a todos los que vinieron antes". Nada más parecido a la lucha.

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