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Las Muñecas de los capos

Son invisibles, nunca aparecen en la foto ni se sabe de ellas, pero siempre están ahí, seis mujeres narran lo que es vivir cerca de hombres poderosos (Primera de dos partes)

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miércoles, 21 de julio del 2010

  • Foto: Especial

¿Quiénes faltan en estas fotos? Las mujeres. Sobre los capos colombianos de la droga se ha escrito mucho. Pero no tanto sobre sus esposas o amantes, a las que reclutan de adolescentes, les sirven de decoración y apoyo logístico, y a las que usan y tiran a su antojo. De ellas se ocupa el libro "Las Muñecas de los Narcos". Un vistazo a este mundo criminal desde su lado femenino.

Eso eran fincas inmensas, helicópteros parqueados de toda clase. Yo decía: "Marica, ¿dónde estoy metida?". Brenda Navarrete, la que habla, nació en el Valle del Cauca. Un vergel de Colombia. Por el paisaje.

Y por el narcotráfico. No en vano se llamaba El Vergel la finca de uno de los capos de esta zona donde, en los últimos veinte años, crecieron y se asentaron los que más y mejor traqueteaban, el llamado cartel del Norte del Valle del Cauca. Se trataba de Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño, dueño y señor de todo aquello durante aquel tiempo, hoy detenido en EU como lo están otros (el superjefe Diego Montoya, Fernando y Arcángel Henao) y los más, ya muertos (Orlando Henao, Wilber Varela...).

Brenda, hija de familia tan bien que hasta estudió en EU, andaba libremente por el pueblo con faldita arriba de la rodilla y una sonrisa eterna...

Pandilla con diez amigas formaba, "Las Micas, divinas" a los ojos de los narcos, que se paseaban por Cartago como Pedro por su casa. Tenía 16 años apenas cuando se pegó y apegó a "Rasguño" como tabla de salvación de algo que ahora, visto con distancia, ella misma no sabe qué era. Y se convirtió en su secretaria, amante, mujer, madre de su hijo.

Durante el tiempo de apogeo de "Rasguño", Brenda le acompañó siempre. "Me llevaba a todas partes, a reuniones de capos, y yo, `gracias por presentarme a estos bandidos', que a veces veía todo desde el helicópero e igual era superbacano. Sí, la adrenalina, el miedo que sentía
estar ahí, rodeada de Colombia entera, de los delincuentes más poderosos del país. No sé cómo explicarlo, ni siquiera es estar en unos premios de Hollywood, porque esa gente es
normal; en cambio, estos son a veces de admirar por ver hasta dónde han llegado, con esa cabeza que tienen, otros sin estudiar, otros siendo profesionales, otros recogedores de café y en ese puesto. No sé, impresionante.

Ver que uno habla peor que la empleada de servicio de la casa, como que lo pone a pensar. ¿El cerebro de este está en la pistola o en la cabeza?".

Los mismos (o parecidos) protagonistas que copaban y copan titulares de los medios en América Latina (y más allá). Un ejemplo del ambiente kitsch en que se mueven
-sin entrar en violencias, heridos y muertos que son reguero infinito- podría ser este (hay cientos) aparecido en El Universal de México en 2008: "Capturan a 15 presuntos narcos implicados con dos cárteles de Colombia. Los acusan de proveer de media tonelada de cocaína... Fueron aprehendidos durante una rave en una lujosa residencia provista de zoológico... Entre los colombianos detenidos, 11, hay cuatro mujeres... formaban parte de las relaciones públicas del grupo delictivo, algunas vinculadas de manera sentimental con los capos...".

"En esa época, en Cartago, el que no era narco, quería ser", dice otra mujer de las muchas junto a ellos en el Valle. Las persiguen, las arrebatan, y ellas se pegan, se dejan seducir por cochazos, ropa de marca, dinero fácil, rumbeo, cirugía estética (sobre todo las tetas, una obsesión). Todas responden o suelen a un prototipo: hermosas, voluptuosas, muy jóvenes. Influenciables.

Las mujeres de los narcos son adolescentes reclutadas a la salida misma de la escuela, engatusadas y perseguidas hasta que caen y abandonan luego familia, estudios... De habitual, les gustan a ellos virginales, "que no estén usadas", suelen decir, "carne fresca" e intercambiable.

 

Otro testimonio

Así lo cuentan ellas. Violeta Corrales, hija de narcos asentados, ex mujer de Juan Carlos Giraldo, alias "Tortuga": "Tenía buen corazón, me invitaba a salir, me compraba cosas, compartíamos juntos. No me gustaba, pero es como cuando tienes una amiga fea, compartes tanto, tanto, que la empiezas a ver bonita... Así fue como empezó mi rollo con Tortuga".

Él tenía 30. Su hermana Frida es de historia similar; desde niña ennoviada con Arcángel Henao, alias "El Mocho", encarcelado en EU, quien la quiso de veras y la dejó ir. Ella anda casada y con hijo hoy con otro. Ambas viven en EU. "Yo no había cumplido 15 cuando ya estaba encarretada con un narcotraficante. Luego a mí me mataron a mi papá y cambié, antes era muy fresca", recuerda Violeta.

En el mundo del narcotráfico la mayoría son aves de paso. Unas, víctimas; otras, ambiciosas; algunas, prendadas en verdad de sus hombres. Los quieren y están siempre ahí, de f lorero y retaguardia. De ellas se conoce poco, apenas un minuto de fama en alguna revista de cotilleos; un corto tiempo de chance mientras dura el encantamiento del capo; mucho maltrato luego y finalmente... puerta. Es destino habitual. A pesar de su lealtad.

 

El caso de Brenda

Brenda, por ejemplo, atendió y siguió a Rasguño a todas partes y países, detenido o extraditado (él confesó en 2007 su participación en asesinatos, sobornos, blanqueo de dinero, tráfico) y le consintió amoríos puntuales con muchas, y de seguido con una: Olivia, su sombra, su rival de años. Ahora anda criando sola a su hijo en Miami. "Me gusta acá porque no tengo la chapa en la cabeza como allá... Si me invitan a salir, yo salgo, rumbeo, voy a comer, con amigos... En cambio en Colombia era distinto.

Un día Hernando me dijo: "Ponte a mariquear o a güevonear y te llega la cabeza de ese hijueputa".

"Lo único que se necesita para caer es estar arriba", dice Brenda, porque lo sabe bien. Como las otras cinco (Violeta, además de Pamela, Frida, Renata y Noelia) que hablan en el libro "Las Muñecas de los Narcos" (Aguilar), escrito por Andrés López y Juan Camilo Ferrand. Uno, ex narco del cartel del Valle desde adolescente, que se entregó en EU; el otro, periodista. Ambos se conocen cuando a este le encargan un reportaje sobre el otro a cuento del libro que López había escrito durante el lustro que pasó en prisión, "El Cártel de los Sapos", del que surgiría luego la serie famosa "El Cártel". Empezaron a trabajar juntos. "Y un día al ver la serie apreciamos que había mucha historia ahí perdida... lo propusimos. Y una mujer llamó a la otra... Nos sentamos a escucharlas... Yo no conocía a ninguna de antes, pero sí a sus esposos", dice López.

"Nunca se había contado ese día a día al lado de peligrosos narcos... Y es esta una galería de personajes, de más blandos a más fuertes, que ofrecen testimonios gordos, historias circulares y distintas...

Y a través de sus peripecias se traslucen bien las de ellos y las de Colombia en ese tiempo... Lo triste es que esta estructura se ha ido arraigando en otros países, Puerto Rico, México, EU...", puntualiza.

 

`No vale la pena...'

Pamela es de Cali, clase media, no le faltaba de nada. Hasta que, con 16 años, conoció a Erick, de 33, el primer narco en su camino: "Era divino, superbuena gente, pero yo en esa época, una niñita. El hijuemadre me enredó. Duramos dos años de novios. El primero, porque yo quería, y el segundo, obligada. Yo le decía que no quería salir con él, pero ahí me reviraba. `Ah, ¿no? A vos no te voy a hacer nada, pero lo primero que hago es matar a tu papá y luego a tu mamá. Con eso te quedás sufriendo toda la vida'. Yo le cogí miedo... no le dejé, prefería tener papá". Hasta que otro más poderoso se fijó en ella y le quitó de enmedio. Luego apareció otro, "Piraña", Leyner Valencia Espinosa; se enamoró: repetición de la historia, previo paso por Felipe Montoya, sobrino casado del gran capo Diego Montoya. Con 20, Pamela tenía apartamento y asistenta. "Y nadie me echaba los perros porque sabían que yo andaba con `El Gordo'. Es que Cali es un infierno. La vida tuya, el que no la sabe se la inventa, pero todo el mundo la sabe". Rompió con todo, tras presenciar incluso asesinatos, y se marchó a Miami. Hoy, inmigrante sin papeles, es asistenta.

"No vale la pena meterse con estas personas. Creen que todo lo pueden comprar con la plata. Ojalá la plata nos hiciera felices... Yo mientras estuve, tuve todo. Igual no era feliz. Ahora solo quiero amor, otro tipo de persona, que trabaje, de otro estilo, que me respete, quiera una familia".

"Los nombres de ellos son reales en el libro, los de ellas no, pero si vas a Cartago todo el mundo sabe quién es quién", cuenta López, quien ha vivido su propia travesía como arrepentido. "Es difícil decir cuál de estas mujeres me impresionó más: Brenda, por su resistencia; Noelia, que se tira al oceáno a entregarse...

Son niñas heroínas para mí". Jóvenes de edad, pero viejas en experiencia. Los narcos les suelen ocultar información de sus fechorías, les muestran otra cara, son padres y amantes tiernos a ratos, hombres poderosos un día y fugitivos al otro. Un mundo en el que corren las relaciones como dinero y joyas en maletas en huidas desesperadas de mansión en mansión, de país en país.