Así como se suspendieron los comedores del adulto mayor, la tarjeta de la gente y el seguro escolar, el programa de subsidio a guarderías llegó a su fin este mes, dejando a 2 mil 500 niños sin estancia. Aquí el impacto de la deuda en las familias coahuilenses...
Saltillo, Coahuila. Yssel Barreira tiene 23 años y ha faltado estos días a la escuela para poder cuidar a sus dos hijos. Irma Luna pidió vacaciones por una semana para encontrar una guardería en donde inscribir a José Luis, su hijo de tres años. Joana Lumbreras aún no sabe si seguir trabajando o renunciar para cuidar a Emiliano; es madre soltera y no tiene otra fuente de ingresos. Ellos formaban parte de las 2 mil 500 familias benefi ciadas con las Guarderías de la Gente, una política social que no llegó para quedarse.
Este programa, que inició a principios de 2010 con 51 guarderías afi liadas y auspiciadas por Gobierno del Estado, dejó de funcionar este mes por falta de recursos. Las maestras fueron notifi cadas del cierre de manera ofi cial el miércoles 10 de agosto de 2011, aunque según diversos padres de familia, en algunos planteles los recursos no llegaban como deberían desde marzo. En ese mes se comenzó a solicitar una cuota que no pasaba de 50 pesos.
Pese a que habían escuchado rumores, a los padres de familia se les avisó mediante juntas en cada plantel desde el lunes 15 de agosto hasta el jueves 18, e incluso durante los primeros días de la siguiente semana. En un plazo no mayor a tres días se comenzó a cobrar el servicio de manera particular. Las becas que el Gobierno del Estado otorgaba por niño, variaban de mil 200 a mil 500 pesos con las cuales los padres de familia gastaban sólo en algunos materiales de trabajo y en ayudas voluntarias. Ahora ellos tendrían que cubrir el total de la cuota. Las directoras y docentes de las estancias solicitaron el apoyo de los gobiernos municipal y estatal. Hablaron en persona con el alcalde Jericó Abramo Masso, quien les indicó que no estaba en sus manos, mientras que el Gobernador Jorge Torres López especifi có que sería hasta la próxima administración gubernamental en que el tema podría retomarse.
Inlcuso se redactó un ofi cio fi rmado por más de 20 directoras para negociar que el apoyo se redujera al 50 por ciento, y ellas se harían cargo del resto; la negativa no cesó.
El miércoles 17 de agosto, la CROC ofreció de manera pública su apoyo (con capacitación y asesoría jurídica) a las maestras y directoras afectas por esta situación, pues muchas de ellas quedaron desempleadas.
En esa misma fecha, el subdelegado de la Secretaría de Desarrollo Social a nivel federal, Francisco Javier Luna, informó en un entrevista exclusiva que en las guarderías federales las solicitudes de información y de ingreso había crecido un 35 por ciento. Una cantidad considerable si se toma en cuenta que sólo pasaron 3 días desde que los padres fueron informados del cierre de las estancias estatales.
Hoy en día hay 195 estancias infantiles de SEDESOL, donde se atiende a 5 mil 200 niños. Otras 30 ya están en proceso, y se espera que a final de año se ayude a 7 mil personas.
Y es que estas cifras y fechas, más allá de afectar la economía familiar, preocupan a cada padre y madre por el bienestar de sus hijos.
Es difícil escucharlas a todas, pero son muchas las voces anónimas que se suman a este reclamo: voces de madres solteras como Cecilia, quien con su niño en brazos, dice que fue obligada a firmar una carta en donde rechazaba cualquier otro apoyo para poder registrarlo. O como la de Juan, un hombre de 71 años, quien siendo el único responsable de su nieto, lo llevaba cada día a la guardería.
Así cada nombre hasta contar casi 2 mil 500. La mayoría desearía que no se retire el apoyo que las autoridades habían prometido, algo que de sus propias bocas califi can como “inesperado, injusto y hasta imposible”.
De eso tratan estas líneas que exponen cuatro historias de ciudadanos de a pie, cuatro madres de familia que ahora harán malabares para sortear el cuidado de sus hijos.
“NO SE VALE QUE TE DEN EL APOYO Y LUEGO TE LO QUITEN”.
Marco y Santiago dieron sus primeros pasos en la guardería de la gente que está a dos cuadras de su casa. Ahí vencieron el miedo de ir al baño solos por primera vez; aprendieron a comer sin ayuda; hicieron sus primeros amigos con quienes compartieron juegos; ya se saben los nombres de los colores y hasta saben contar.
Tienen tres y un año respectivamente. Asistían a diario a la estancia, pero desde el pasado lunes 22 de agostó la guardería ubicada al oriente de la ciudad, en la colonia San José de los Cerritos, cerró sus puertas.
En un principio, cuando Yssel Barreira Rodríguez y su esposo, los papás de los niños, los inscribieron en el programa, les dijeron que seguiría sin problemas hasta noviembre, según un documento ofi cial. El pasado martes 16 de agosto, la directora les dijo que el viernes de esa semana sería el último día que funcionara. Yssel tiene 23 años y realmente necesitaba ese programa.
Estudia Administración de empresas turísticas por las mañanas y su esposo trabaja todo el día. No tiene con quien dejar a los niños. Su mamá o su suegra son una opción, pero también tienen trabajos y otras actividades. La estancia era un verdadero apoyo que iba más allá del beneficio económico.
Ahí los metió en febrero, “para que no estuvieran solos todo el tiempo”. Los aceptaron con una beca, por lo que no tenían que pagar un solo peso, más que para algunos materiales de trabajo. Al principio creyó que así sería por un largo periodo de tiempo, pero algo se presentó a los dos meses.
En el mes de abril, la directora de la institución les informó que los recursos del programa se estaban atrasando. “Cuando empezó a pasar eso, nosotros dábamos una aportación voluntaria, y con eso compraban cosas que necesitaran”, comenta Yssel con Santiago a los brazos, y un cielo a punto de llover.
Fuera de eso, dice, no hubo problema alguno. “El servicio era muy bueno, la directora y las maestras también”, apuntó con tono firme.
En el trascurso de los meses, de alguna u otra manera, los padres de los casi 60 niños se fueron enterando de que las Guarderías podrían cerrar. Unos dijeron verlo o escucharlo en las noticias, otros por pláticas con conocidos. Todo explotó el martes 16 de agosto al volverse realidad cada una de esas versiones.
“Nos dijeron que simplemente se iban a cerrar todas las guarderías del estado y que muchas de ellas también se iban a quedar sin trabajo, porque no podían solventar el gasto aunque se cobrara como si fuera una estancia particular”, suelta la joven madre ya con algo de enojo en la mirada y en las palabras.
Las opciones que les dieron –si es que así se les puede llamar– fue que esperaran al otro año a que entrara el nuevo Gobernador y empezaran de nuevo los programas. Que los iban a reactivar de uno por uno, por lo que muy probablemente no empezaran directamente en enero.
Por el tono cada vez más rudo en sus declaraciones se puede percibir el sentimiento de impotencia y coraje de Yssel. “Desde el principio nos dijeron que era un programa piloto, y que si pegaba lo dejaban, y sino no...”, dice como quien habla cuando no tiene nada más que perder.
Y es que ahora sin la guardería, no tiene a dónde llevar a sus hijos. Como estudia por las mañanas, y ese era el horario en que los llevaba, ahora se ve obligada a faltar a algunas clases. “El programa me ayudó mucho, por eso que la cerraran así nos sacó mucho de onda. Fue muy brusco, si lo tenían pensado hasta noviembre”.
Como ella hay muchas más madres, dice Jessica Adriana Torres, directora general del instituto Nikola Tesla. “Muchas de las mamás tuvieron la oportunidad de trabajar, o de estudiar, porque muchas son todavía muy jóvenes. Ahorita están batallando por eso”.
En caso de que el programa hubiera seguido hasta noviembre, dice Yssel, hubiera sido más fácil pagar dos meses como si fuera particular, pero no desde agosto.“Si teníamos a los niños ahí es porque lo necesitamos, no nada más para llenar el hueco”, vuelve a pronunciar la estudiante y madre.
Y es que esa posibilidad, la de que permaneciera como un instituto privado, ni siquiera fue algo factible para los padres de familia. La beca que se les otorgaba era de mil 500 pesos por niño, la cual incluía 3 comidas y dos raciones de fruta o galleta, así como material para trabajar y, por supuesto, el cuidado de los infantes.
Como particular se pedían 300 pesos por semana para mantener el instituto abierto: sin desayuno, solo una colación y una comida por la tarde.
Los ingresos de la familia son de ocho mil pesos mensuales, de lo cual se resta la renta de mil 500, 2 mil de la escuela de Yssel, así como el pago de los servicios básicos, gastos de comida y en los niños.
A ello se sumaba el recorte de personal que habría, pues resultaba imposible costear el salario de todas las maestras.
Y cabe aclarar, todo esta situación no es contra ellas. Al contrario, los padres de familia se mostraron encantados y agradecidos por el servicio de cada docente y personal de las estancias.
“Los niños entraban llorando al despegarse de la mamá, pero salían riéndose y jugando”, dice Yssel. Ellas, las maestras, también son víctimas de este reajuste.
Por eso quiere que este acercamiento a los medios, sea una exigencia para las autoridades: “porque no es de a gratis, todos pagamos nuestros impuestos. No es padre que cada que cambien de administración se tenga que hacer esto. No es justo”.
Por lo pronto, Marco ya está yendo al kinder, y en lo que respecta a Santiago, está hablando con su mamá y con su suegra para que se lo cuiden un poquito mientras encuentra una solución.
“No se vale que te den el apoyo y luego te lo quiten. Te pintan todo bien padre, y luego te dicen que ya no. Uno puede pensar mal y creer que nada más fue para asegurar el voto.
Si ya sabían esto por qué no nos dijeron…”, reclama ante un cielo que comienza a llover, como si la hubiera escuchado, y llorara con ella.
¿QUÉ VOY A HACER CON MI HIJO EL LUNES?
Irma Luna debería estar trabajando ese viernes por la mañana en que cuida de José Luis su hijo de 3 años. Pero no tiene con quién más dejarlo: su esposo trabaja todo el día, su hija mayor tiene apenas 4 años, y la guardería donde lo tenía cerró el lunes de la semana pasada.
El edifi cio está en la colonia San José de los Cerritos, al oriente de la ciudad de Saltillo y daba asistencia a casi 60 niños. Era una de las llamadas “Guarderías de la Gente” que cerraron por falta de recursos.
Desde que inició el programa no se había presentado ningún problema, hasta ese soleado miércoles 17 de agosto en que la directora les dijo que habría una junta de padres de familia. Al día siguiente las sospechas fueron confi rmadas:
la guardería cerraría irremisiblemente. Algunos padres ya habían escuchado rumores, pero nada que pudiera ser tomado como verdad. No obstante, los signos de que las cosas no iban tan bien se presentaron desde varios meses antes.
“En febrero o marzo hubo una junta para decirnos que no había recursos, que no les estaban llegando bien y que nos iban a cobrar una cuota módica. Supuestamente era para darles de comer a los niños algo mejor”, comenta Irma con el ventilador a un lado. La cuota fue de 50 pesos por niño. Una cuota realmente simbólica si se piensa en la renta, y el pago de los servicios.
Una fuente cercana reveló a SEMANARIO que ese dinero en realidad estaba siendo usado para cubrir el salario de algunas de las maestras, pues los pagos se habían retrasado.
El miércoles que la directora les informó de la junta, la señora Irma localizó por teléfono al licenciado César Castillo, encargado del programa de las Guarderías: – Es que mañana tenemos una junta y probablemente nos suban la cuota, para estar preparados, licenciado –solicitó ella.
– No sabemos nada. Nosotros tenemos una reunión hoy por la tarde.
– Nada más díganos para estar más o menos preparados de lo que van a cobrar –insistió de nuevo. – Véanlo con su directora…
El jueves 18 de agosto les dijeron que el viernes sería el último día en que operaban regularmente. Que había que buscarle, porque casi era un hecho que las 51 guarderías iban a cerrar. “Así de sopetón”, pronuncia Irma. La opción para mantener la institución abierta es que fungiera de manera particular, cobrando mil 200 pesos mensuales por niño.
“Eso es mucho dinero, aparte solo es por cuidártelos”, dice la madre de José Luis. “Antes eran 50 pesos, pero les daban de almorzar y de comer. Ahora sin desayuno ni almuerzo, y probablemente sólo comida, para que aguantaran”.
Los más de 50 padres de familia, preocupados por esta situación, hicieron cuentas para reducir gastos al por mayor.
Le dijeron a la directora que no cobrara tanto, que con 700 pesos por niño se podían apoyar muy bien. La dueña, apunta la señora Luna, pedía 75 mil pesos mensuales por la guardería, aunque si juntaba a 30 niños de a mil 200 por cada uno, la dejaba.
No se logró un acuerdo. La desesperación aumentaba. “¿Qué voy a hacer con mi hijo el lunes”, es lo que dice Irma que se preguntaba la gente.
Por eso pidió vacaciones “forzosas” de su trabajo durante una semana. Para buscarle un lugar a José Luis. Acudió a varias instituciones privadas, pero los costos eran demasiado elevados.
José Luis sale del cuarto contiguo con una playera azul y su pañal. Con pasos menudos se sube al sofá, después, como si nadie lo viera, llega hasta el ventilador, y de ahí sube por un costado del sillón donde está su madre y la abraza por el cuello.
“En el colegio donde está mi hija cobran 6 mil de pura inscripción, y no podía pagar esa cantidad.. Además las mensualidades son de mil 280, pero incluyen inglés, computación e idiomas”.
La única alternativa fue regresar a la Guardería en donde tenía a su hijo antes: una estancia particular de SEDESOL, en donde se cobra mil 300. “Yo tenía una beca antes de 700 pesos, y sólo pagaba 400 mensuales”, suelta Irma aliviada. “Ahí desayunan, comen, y hasta les dan clases”.
Sacó al niño en enero de 2011 porque la del Gobierno estatal le quedaba mucho más cerca y era completamente gratis. Por su trabajo, tiene derecho a una guardería por medio del ISSSTE, pero además de la lejanía, están muy llenas.
A esos se suman los horarios. Irma trabaja de 8 a 2 de l tarde, “un horario cómodo que elegí por mis hijos, precisamente”, admite.
No hay duda que hace todo lo que puede por ellos. En la sala hay varios portarretratos con las imágenes de sus niños: En una sale Adriana vestida como blanca nieves, en otra salen ella y José abrazados, así hasta llenar cada rincón de aquella amplia habitación.
El jueves 18 dejó la solicitud en dicha estancia federal, el viernes lo aceptaron, y ya el lunes empezó. “Yo tenía casi los ojos que me reventaban de la presión: ‘¿Qué vas a hacer en el momento?’, pensaba”. Por el momento, Irma luna ya encontró un solución a este problema, sin embargo, reconoce que aún son muchas las familias que deben estar pasando por la presión. Ante ello, no sólo cree que el gobierno debió avisarles con más tiempo, sino haber tenido algún lugar de donde obtener recursos.
“Las guarderías eran una necesidad muy grande, es tu hijo lo que estás dejando, no un perrito o un pajarito. Ese es el detalle”, concluye.
“SI NO PUEDO PAGARLA… ME SALGO DE TRABAJAR”
Joana Lumbreras es madre soltera, gana mil 600 por quincena, y si no encuentra un lugar donde dejar a su hijo Emiliano, de dos años cuatro meses, tendrá que renunciar a su trabajo.
¿Por qué? “Porque de un día para otro nos dicen que ya no tenemos guardería”. Como muchas otras, necesita el servicio estatal. Trabaja sin horario fi jo, sus papás trabajan, su hermana estudia. En pocas palabras, la guardería de la gente era su única opción. Y es que es más allá de las atenciones que esto pueda signifi car, a Emiliano le gustaba mucho ir a la escuela. Se divertía y aprendía mucho.
En este caso hablamos de 120 padres de familia, a quienes les avisaron que cerraría el Instituto Nikola Tesla, ubicado en la zona centro, en las calles de Hidalgo y Múzquiz.
“Por suerte”, comenta su directora Jessica Adriana Torres, “aquí seguimos operando, por el momento de manera particular”.
Se cobran 200 pesos por semana, es decir, 800 mensuales.
Habrá quien pueda pagarlos, pero no Joana. Quizá haciendo un esfuerzo muy grande sea posible, pero asegura que no de un día para otro.
Está buscando la manera de que Emiliano siga en el instituto, ha recortado gastos, pero si no lo logra, es inevitable que renuncie. “¿Quién me lo cuida?”.
Lo que sucede es que el cuidado y la atención que tiene en la estancia, de ninguna manera se la podría dar en su casa. Dice que no tiene ni el tiempo ni los recursos sufi cientes.
En el poco más de un año que lleva Emiliano en ese lugar, aprendió a caminar; a comer solo; a cambiarse por él mismo: se pone sus zapatos y su playera, dejó biberón y pañal.
“Son cosas que a la mejor a la edad que él tiene, muchos niños no lo hacen, muchos niños que están en casa”.
Por ahora le queda esperar a que el programa se reanuda y que su bebe no pierda la beca. “Mientras”, dice, “hay que seguir apoyando a la guardería”.
La madre de Joana hace un llamado a las autoridades, al señor Gobernador, dice, de que piense bien lo que va a hacer, porque si cierra las guarderías, se cierran muchas cosas. “Nos perjudica bastante”.
ME HICIERON FIRMAR PARA NEGAR OTROS APOYOS
Cecilia renunció para poder cuidar a Pablito. No tenía IMSS, y sus 800 pesos semanales no le alcanzaban para pagar una guardería particular. Accede a platicar su historia, pero con el anonimato de las cámaras, pues aún busca oportunidad en alguna estancia, y no quiere problemas.
“Era comer o pagar la guardería”, suelta como si fuese un secreto que trajera callado desde hace tiempo. Como al resto de las madres de familia, le avisaron una semana antes de que cerrara la estancia. El jueves hubo junta, y les pidieron mil 200 para el martes.
Simplemente no podía. Ya dos semanas antes había gastado 700 pesos en una lista de materiales que le pidieron desde que salieron de vacaciones. “Yo llevé todos los materiales, y me dicen que van a cerrar; el gasto fue inútil”.. Anteriormente esta guardería pertenecía a SEDESOL, cobraban 400 pesos por niño y la federación aportaba 700. Cuando el Gobierno estatal intervino les dijo que iba a ser mejor servicio, mejores instalaciones, y mejor ayuda, además de que iba a ser gratis. “Ni mejor ni nada”, pronuncia Cecilia frunciendo el ceño.
De la puerta de su casa que se había quedado abierta, sale entonces un niño de tres años y medio y corre hasta prenderse de la pierna de su madre. Es Pablito. Le gustaba mucho ir a la estancia, aprendió todo lo que un niño aprende en sus primeros años, y ya hasta platicaba con sus amiguitos.
Cecilia lo mira como sólo sabe hacerlo una madre, con aquellos ojos grandes y llenos de ilusión. Revira en un segundo, y recuerda que cuando la guardería pasó a ser del estado, la directora de la estancia Tania Auses, le hizo fi rmar un documento en donde renunciaba a SEDESOL, para que no pudiera tener el apoyo de esta instancia.
“Ahorita no sé si puedo llevarlo a una guardería de este tipo por esa carta. Y esa misma pregunta la tenemos muchas mamás que estamos en las mismas”. En uno de los compromisos que Cecilia fi rmó, decía que la guardería no se las iban a quitar.
Con este cambio, fueron más las personas que se acercaron por el apoyo. Al principio eran como 50, luego ya fueron como 80, comenta la madre sin dejar de cuidar a su niño.
>“¿Qué voy a hacer…?” se pregunta todavía sin una visión clara. “Pues a buscar un trabajo en donde me tengan guardería del IMSS, porque de otra manera no podría”. Sabe que hay otras opciones de guarderías, pero entiende que son más caras.
Pablito entra corriendo a la casa. Cecilia dice que le gustaría seguir platicando, pero que tiene que cuidar a su hijo.
“Es que es bien inquieto”. Regresa al interior de ese hogar con paredes amarillas en la colonia Bonanza. En esa misma cuadra hay otras dos madres que pasan por la misma situación, pero prefiere no hablar al respecto.
"...porque no es de a gratis, todos pagamos nuestros impuestos. No es padre que cada que cambien de administración se tenga que hacer esto. No es justo".
Yssel Barreira, madre de familia.
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