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La ruta del Señor de Mapimí

Cada año cientos de peregrinos provenientes de la Sierra de Jimulco, Coahuila, recorren un trayecto de dos días en carreta para visitar al Cristo que un día fue robado de Mapimí. Aquí la crónica de su fe.

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lunes, 30 de agosto del 2010

  • Cada año cientos de peregrinos provenientes de la Sierra de Jimulco, Coahuila, recorren un trayecto de dos días en carreta para visitar al Cristo que un día fue robado de Mapimí. Aquí la crónica de su fe.
    Foto: Vanguardia
Cuenta la leyenda que el Señor de Mapimí iba ser atacado en 1715 y por ello fue escondido en la Sierra de Jimulco en Coahuila, los pobladores dicen que ahí le gustó para quedarse. Finalmente fue el templo de Cuencamé quien le dio asilo en su Iglesia y desde entonces, cada año, los pobladores de Jimulco, a bordo de decenas de carretas, peregrinan dos días para visitar a su rey. Aquí la crónica.

La tradición del Santo Cristo Señor de Mapimí representa una de las peregrinaciones populares religiosas más añejas. Data de 1715 y no se celebra en Mapimí, Durango, sino en Cuencamé, y en el Cañón de Jimulco, en Coahuila. Esta historia conjuga la leyenda con los hechos históricos. Muchas narraciones, las más extraordinarias, se transmitieron dege costumbres han variado con el paso de los años. Al fi n es un relato ávido de fe y esperanza. También de compromiso y hospitalidad

El profesor Anacleto Hernández, cronista del municipio de Cuencamé, relata que el jueves santo de 1715, los indios tobosos atacaron el Real de Mapimí (hoy Mapimí, Durango) mientras los habitantes, muchos de ellos mineros, paseaban al Señor de Mapimí por las calles. Según el cronista, la intención de los indios era destruir la imagen. Los españoles trataron de defenderse, pero se dice que en la descarnada contienda murieron alrededor de 300 personas, entre españoles y criollos la mayoría.

Sin embargo, los portadores del Cristo huyeron con la imagen rumbo a Santa María de las Parras (hoy Parras de la Fuente, Coahuila), que para ese entonces según los registros, era uno de los centros misionales más importantes de la región. La imagen, de 1.95 metros altura y hecha de caña de maíz, facilitaba su traslado. Pero al pasar por la Sierra de Jimulco, un lugar a tres mil metros de altura (que hoy se encuentra a 70 kilómetros de Torreón, su cabecera municipal), decidieron esconderla debajo de un mezquite.

Un documento histórico escrito por el alcalde mayor de Santiago de Mapimí, Don Antonio Franco Lorenzo de la Sierra, explica que la imagen fue encontrada por una india que comunicó del hallazgo a unos soldados escolteros, quienes en ese momento caminaban rumbo a la misión de Santa María de las Parras.

Los escolteros, cuenta el profesor Anacleto, informaron al padre de Cuencamé de la imagen. "El cura decide trasladar la imagen a Cuencamé, pero gente del Real de Mapimí empezó a reclamarla.

Cuando el padre se ve en la disyuntiva, de una manera muy salomónica deja la decisión a las mulas.

Hacia donde se dirijan, ahí se queda la imagen. Eso es parte de la leyenda; la realidad es que el Real de Mapimí quedó destruido", platica el cronista.

La tradición oral menciona que la imagen quedaría en Cuencamé hasta que se le construyera un templo en Mapimí con las advocaciones del Santo Cristo Señor de Mapimí. Pero nunca se edifi có. Actualmente las advocaciones son en honor de Santiago Apóstol. La imagen perdura aún en Cuencamé, aunque la iglesia está dedicada a San Antonio de Padua. "Aquí llegó como huésped", aclara Anacleto Hernández.

La imagen arribó el seis de agosto de 1715 a Cuencamé, donde se hallaba una fortaleza militar. Los informes, comenta Anacleto Hernández, mencionan que venían habitantes de la Sierra de Jimulco y de otras partes hasta Cuencamé, con la idea de resguardar la imagen por miedo a otro ataque de los indios. La gente velaba la imagen día y noche.

Desde entonces, pobladores principalmente del Cañón de Jimulco, recorren durante dos días
-80 kilómetros aproximadamente- la antigua ruta hacia Cuencamé, por el Cañón de San Diego. Viajan familias enteras en carretas tiradas por animales, en lo que se ha convertido en una de las tradiciones populares religiosas más antiguas que aún persisten en nuestros días.

Diversas leyendas perduran. La que todos conocen es en la que hace años -nadie sabe en qué etapa- gente de Mapimí trató supuestamente de llevarse al Cristo, pero por alguna razón inexplicable, la imagen se agrandó y no pudo salir de la iglesia; o al bajarla, las personas no pudieron llevársela porque incrementaba su peso.

También hay historias de un Señor de Mapimí castigador. Que cuando un feligrés empezó a decir que no iría a la peregrinación en carreta, empezaron a morirse sus animales y fue hasta que dijo que siempre sí acudiría, que dejaron de morirse. Otras de algún señor que en el viaje decidió regresarse a Jimulco y entonces su carruaje empezó a incendiarse.

El cronista Anacleto Hernández, por ejemplo, tiene varios años realizando reliquia en la fi esta de aniversario de la llegada del Cristo. Pero un año optó por no llevarla a cabo: "Ese año un hijo de nosotros cayó preso. Es un Cristo que al parecer no admite medias tintas".

Hay gente que asegura que lo ha visto derramar lágrimas o que su imagen se formó cuando un yogurt se derramó sobre el piso de una casa. Lo que es un hecho es que para los cuencamenses como para los habitantes del Cañón de Jimulco, la imagen se ha convertido en un símbolo de identidad, al grado que la tradición oral habla que en época de la Revolución- Cuencamé fue enclave del villismo-, los días festivos al Señor de Mapimí eran días de tregua. Los generales y soldados pedían permiso para ir el día seis a adorar la imagen y dar las gracias. "En la corona, se conservaban insignias de algunos generales, en agradecimiento", asegura Anacleto Hernández. En la actualidad, muchos habitantes que realizan el antiguo trayecto piden permiso en sus trabajos y si no los dejan, renuncian. Aunque hoy en día mucha gente ha dejado de venirse en carretas y prefi eren viajar directamente en camiones o coches. Comunidades como Juan Eugenio, La Ventana o San José de Zaragoza, son los que mantienen más arraigada la tradición de viajar en carruajes por la antigua ruta. Para ellos, dice Anacleto Hernández, representa una manda, una penitencia.

CRONICA DE LA FE

28 DE JULIO: INICIA EL NOVENARIO


Nueve días antes de la fi esta de la llegada del Cristo a Cuencamé, el 28 de julio, inicia un novenario en la Iglesia de San Antonio de Padua. Cada día hasta el cinco de agosto, diferentes comunidades aledañas a Cuencamé marchan en procesión por la calle principal hasta la iglesia. Cada pueblo acompaña su peregrinación con una danza y uno o dos carros alegóricos, donde representan la dramatización de algún pasaje bíblico como La Sagrada Familia, Las Bodas de Caná, El Sacramento del Bautismo o Misioneros evangelizando.

Los peregrinos arriban hasta la parroquia, la cual está enclavada en el centro de la ciudad. De la presidencia municipal sólo la separa la plaza principal. La iglesia data de los tiempos de la Colonia y según la descripción que hizo en 1990 la doctora Clara Bargellini Cioni en su libro "La arquitectura de la plata: iglesias monumentales del centronorte de México, 1640-1752", el exterior presenta formas macizas, chatas y de mampostería desnuda, sin aplanado.

De los adornos interiores de la época colonial quedan dos retablos en los cruceros: uno que enmarca la imagen del Santo Cristo Señor de Mapimí y el otro con un lienzo de la Virgen del Refugio.

Se cuenta que en épocas de la Revolución, Cuencamé fue quemado porque representaba un peligro para el carrancismo y que cuando la quema, nunca se despegó un señor de la puerta de la iglesia, quedando la misma intacta.

2 DE AGOSTO: PARTEN LOS CARRUAJES

La mayoría de los peregrinos de Jimulco emprende el viaje el dos de agosto. Son cerca de las siete de la mañana y el viento acaricia como seda la cara. Por las calles del ejido Juan Eugenio se miran carretas listas para partir. Hombres cargando equipaje y atando correctamente a los animales.

Los carruajes no son otra cosa que carromatos a los que les montan arcos de palo o de mimbre; le ponen ocotillo y la carpa la trazan con mezclilla, hule, una lona o cobijas.

A las carretas le amarran alfalfa para los burros o caballos; un colchón; llevan refacciones, cobijas, garrafones con agua y comida para el viaje. Viajan mujeres embarazadas, ancianos y niños de meses de nacidos. Todos se encomiendan al Señor de Mapimí y le piden porque los caballos o burras no fl aqueen.

Aunque días antes algunos habitantes se comprometen a partir a una misma hora, pocos hacen caso. La mayoría se va cuando puede.

Uno de los primeros carruajes que sale es el de Aurelio González, 27 años. Lo acompaña su esposa Brianda, 17 años y las hijas de ambos, de dos años y cinco meses, respectivamente. También va la mamá de Aurelio, Francisca Luna de 58 años y tres sobrinos.
Aurelio cuenta que se irán hasta San José de Arriba y ahí comerán. Llevan consigo chicharrones, tortillas, frijolitos, gorditas de cocedor y refrescos.

Llegarán después de la una de la tarde.

Mientras tanto me invitan a subirme al carruaje.

Voy delante entre dos sobrinos. Aurelio está a la izquierda arriando al caballo. El camino son piedras, pozos, charcos, tierra. Todo escoltado por unos cerros tan verdes como un campo de futbol. Aurelio me cuenta que de su papá no se acuerda porque murió cuando él era aún niño. Su abuelito, que hoy está en silla de ruedas, fue quien siempre le inculcó la devoción por el Señor de Mapimí. "Es un sentimiento que no se puede explicar. Es bonito. Mucha alegría. Si no voy en carrito no voy.

Es la penitencia. Es el caminar de nuestras vidas.

Nuestra religión nos lo pide", cuenta el arriero.

Aurelio nunca se ha perdido una peregrinación hasta Cuencamé. Siempre lo ha hecho en carreta. Incluso, dice que antes trabajaba en un establo y lo corrieron porque se fue a la procesión sin autorización de faltar. No importó. A los días consiguió empleo en la metalúrgica Peñoles. Fue también una lección para sus patrones: El Señor de Mapimí puede más que mantener un empleo.

Y para respaldo de lo anterior, la familia rentó el carruaje con todo y caballo. Mil 200 pesos costó.

Qué importa, el hambre de Dios puede más.

Además, éste viaje es especial.

El 27 de febrero de éste año nació la niña más pequeña, y su mamá, Brianda, estuvo a punto de morir por complicaciones del parto. "El útero sangraba y me operaron, me iban a quitar la matriz y yo estaba dormida. No sabía nada. La niña ya había nacido", menciona Brianda. Entonces su esposo Aurelio le dejó todo al Señor de Mapimí.

"La fe lo fue todo", dice ahora Aurelio. "Le dieron medicinas, de todo, las más caras. Pero la fe la salvó.

A los cinco minutos ya estaba bien", recuerda.

Por eso éste viaje es especial; como lo fue también cuando a uno de los hermano de Aurelio se le complicó una fi ebre y también estuvo a punto de morir. Historias sobran entre los pobladores.

"Un año un primo empezó a decir que no iría a la peregrinación. En los días posteriores se le empezaron a morir las vacas, sin explicación aparente. De eso vivía. Entonces le ofreció al Señor de Mapimí que sí iría y los animales dejaron de morirse", relata Francisca.

Aurelio detiene al caballo para descansarlo un poco y prepararlo para una pendiente. Yo aprovecho para bajarme y esperar por otros peregrinos.

El camino adelante será complicado. Muchos esperarán por los demás en el ejido San José de Arriba. Todos los carruajes transitarán entre el Cañón de San Diego -antigua ruta a Cuencamé-; un verde paradisíaco los acompañará a cada paso.

Aurelio y su familia siguen el recorrido anhelando encontrarse con la gente de Cuencamé, con el Señor de Mapimí. Atrás, una caravana de ocho carruajes en fi la mantiene la misma sed de Dios.

PAGAN MANDAS

Leobardo Estrada tiene 64 años de edad y nunca, nunca ha dejado de ir a la peregrinación desde Jimulco. Recuerda que cuando chico, sus padres se lo llevaban en mula hasta Cuencamé. "En ratos me iba a pie y en ratos en burro. Cuando me casé todavía me iba en burro", rememora Leobardo.

Su mamá, Cruz de la Rosa, siempre le inculcó la devoción y la creencia por el Señor de Mapimí.

Don Leobardo hace lo mismo con su familia, con sus cinco hijos.

"Va uno muy gustoso. Ni se cansa uno. Siento mucha alegría en el trayecto, de ir a visitar al Señor de Mapimí. Toda la familia va jugando, cuando llueve van jugando entre el zoquete, corriendo, brincando en los charcos. Es muy bonito", describe.

- ¿Y nunca se ha ido en camión?, le pregunto.
- Tenemos camioneta pero no nos gusta ir, preferimos ir en carreta. Es la fe que tenemos. Algunos se siguen yendo en caballos.
- ¿No es peligroso el camino?

- Sí. El año pasado nos arrastró el agua en el Cañón de San Diego. Todo el mandado se lo llevó. Pero no tenemos miedo. Nos enfrentamos a la muerte pero todo se queda con la bendición de Dios.

Otros peligros del camino son los aguaceros; cuando aparecen víboras o los arroyos que dibuja la naturaleza obstruyen las carrozas. También los animales pueden asustarse y descontrolarse. Los peregrinos acampan en el monte. A la intemperie.

Pero nada les impide a estos viajeros llegar hasta Cuencamé. En una ocasión, la esposa de Leobardo se fue al punto de dar a luz. El día seis de agosto, el día que supuestamente arribó el Cristo a Cuencamé en 1715, nació Maribel Estrada, hija de Leobardo. Hoy de 31 años.

"Siento mucho gusto porque soy de allá y nunca he fallado. Nada me detendría, hasta que Dios me lo permita. Mi mamá en ese entonces dijo `lo que el Señor de Mapimí quiera'. Unas se van recién aliviadas, de cesárea. Y no les pasa nada. Tenemos mucha fe", platica la propia Maribel.

Y existen pruebas, dicen. En 1998, relata Maribel, su papá Leobardo sufrió una embolia en la madrugada. Su hija le ofreció al Señor de Mapimí que si lo sanaba, la próxima peregrinación ella se iría caminando hasta Cuencamé. Dos días después, cuentan, su papá se levantó. Maribel cumplió la manda de inmediato. Jamás se subió ese año a la carreta.

4 DE AGOSTO: LOS PEREGRINOS LLEGAN A CUENCAMÉ

La noche del tres de agosto la mayoría de los peregrinos duermen en La Cureña, a la salida del Cañón de San Diego. En la mañana del cuatro de agosto, más de 70 carretas (algunos 500 peregrinos) se detienen en San Antonio de Ojo Seco, comunidad de Cuencamé. De allí parten todos juntos.

Son alrededor de las 11:00 horas y las familias enteras arriba de los carruajes empiezan a llegar a las afueras del municipio, el cual se localiza a 146 kilómetros de la capital Durango. Desde ahí los habitantes (más de 30 mil personas pueblan hoy día el municipio) se acercan para entregarles agua, jugos, un lonche o gorditas. Los viajeros niegan cansancio pero toman todo lo que les ofrecen.

"Estamos felices de llegar", dice Luz María de la Cruz, de 41 años, quien tiene cuatro años haciendo el recorrido en carroza por una manda que le cumplió el Señor de Mapimí: su hija, recién nacida entonces, duró meses con diarrea sin que los pediatras le diagnosticaran correctamente.

Cuando la última carreta se forma en la hilera, comienza la peregrinación por las calles de Cuencamé. Al frente la Asociación de Charros del municipio parte plaza y lo siguen dos danzas: los niños apaches y la danza del Señor de Mapimí. Después camina un grupo de peregrinos con estandartes, al tiempo que cantan alabanzas al Santo Cristo de Mapimí. Atrás los carruajes.

¡Gracias te vengo a dar,
De haber llegado hasta aquí, Yo te vengo a saludar,
ohh señor de Mapimí.!

A paso lento se mantiene el desfi le. En momentos algún peregrino desde su carroza lanza ¡Viva el Señor de Mapimí!, mientras que los cuencamenses responden ¡Viva! La gente toma video y fotografía.

La mayoría no grita, ni felicita a los peregrinos. Sólo en espacios la gente aplaude a esas familias que viajaron durante dos días y durmieron en plena sierra. Pero en general el ambiente es de silencio, sólo algunos murmullos se escuchan entre las calles que despiertan de la rutina.

Martha Gallegos heredó la tradición de acudir a recibir a los peregrinos en la entrada al municipio. Su abuelo fue quien le inculcó la costumbre: "Me decía que viniera a recibirlos, que se esforzaban mucho por venir a adorar al Señor de Mapimí. Ahora yo me traigo a mis hijos y les digo que confíen en el Señor de Mapimí", comenta.

Las carretas transitan a un lado de los tianguis y comercios que brotaron por las fi estas del municipio. La vida en Cuencamé, que de por sí es serena, se paraliza para recibir a los andariegos. Es antes del medio día pero los rayos del sol queman la cara. Cuencamé es un territorio de más cuatro mil kilómetros cuadrados semiáridos.

En verano el calor es seco, de esos que exprimen el sudor de la piel. Sus calles no son extensas y tienen algunas pendientes.

Mientras la peregrinación sigue, el párroco Pascual Lizardo Casas ofi cia la misa del descendimiento del Cristo del Señor de Mapimí, en la iglesia de San Antonio de Padua. Al medio día los hermanos de la Hermandad del Señor de Mapimí, quienes visten una túnica morada y un lazo que descansa en el pecho, son los encargados de descender la imagen milagrosa.

Esos hombres son los encomendados de custodiar al Señor de Mapimí una vez que colocan al Cristo frente al público. Una vez descendida la imagen, los feligreses se apiñan para adorar el Cristo.

Terminada la eucaristía, el cura de la iglesia sale y espera por los carruajes que transitarán frente a la iglesia.

Cuando arriban, el párroco echa agua bendita a las carrozas, a las decenas de familias e incluso a los animales que llegan exhaustos. La gente al pasar se quita el sombrero o la gorra y se persigna. La bendición es vigilada por tres hermanos de la Hermandad.

Después, los peregrinos se dirigen a la unidad deportiva del municipio, donde son recibidos con reliquia: asado de puerco en chile rojo y diferentes tipos de sopa.

Otros peregrinos se dirigen directamente ya con alguna familia y a otros más los alberga la gente sin necesidad de conocerlos. Es la fraternidad. En los minutos siguientes una camioneta con botes llenos de reliquia pasa por las calles y reparte la comida a los peregrinos.

Más tarde, la mayoría de los viajeros acude a la iglesia a hacer oración y adorar al Señor de Mapimí. Se olvidan del tramo recorrido y se refugian en su fe.

LOS SOLDADOS DE CRISTO:

Jerónimo Torres es el Hermano Segundo o Presidente de la Hermandad del Señor de Mapimí. Es miembro de la Hermandad desde 1970 y tiene 18 años al frente del grupo.

Explica que la hermandad es como una fl or cuyo aroma trata de expandirse. Ese aroma es dar a conocer a Jesucristo mediante la humildad, sencillez, servicio. "Somos soldados del Cristo del Señor de Mapimí", recalca.

Ahonda en que la Hermandad debe ser ejemplo de la buena costumbre. Expone que en tiempos de la Colonia existían las cofradías, cuyo total de miembros algunas veces era de 50 personas.

La primera cofradía en Cuencamé surge en 1719: la cofradía del Santo Cristo Señor de Mapimí. Según el cronista Anacleto Hernández, en ese entonces la cofradía era una de las más grandes de la entonces provincia de la Nueva Vizcaya. Contaba con poder económico y político; al grado que el cófrade mayor casi siempre ocupaba el puesto de Alcalde Mayor en el Real.

La Hermandad rige sus actos de acuerdo a un reglamento y tiene como objeto unir fi eles, principalmente varones, en torno al culto a la sagrada imagen. La jerarquía de la hermandad la compone un hermano mayor, que es el cura de la parroquia y varios mayordomos, hoy llamados hermanos.

Ahora, la Hermandad, por ejemplo, vela la madrugada del cinco y del seis de agosto al Cristo del Señor de Mapimí. Actualmente, dice Jerónimo, existen 25 hermanos los que comprenden el grupo. La mayoría es gente que rebasa los 40 años, aunque existen menores de 20 años e incluso niños.

Para entrar a la hermandad, prosigue Jerónimo, las personas tienen que ser recomendadas por tres hermanos. La mayoría, con sus excepciones, debe ser casada. En el siglo XVIII la selección era más minuciosa. Los hermanos tenían que contar con mucha solvencia moral y ética.


El reglamento que regula a la Hermandad, reconoce Jerónimo Torres, no se aplica al pie de la letra. Por ejemplo, existen reglas de velación del Cristo y la imagen sólo debe ser descendida el cuatro de agosto y el jueves santo; sin embargo algunos sacerdotes que han llegado a la parroquia deciden bajarlo en otras fechas. En otras ocasiones, el cura opta por descender la imagen y pasearla por las calles cuando hay semanas, a veces meses de sequía.

También el reglamento estipula que los hermanos deben salir a las comunidades a pedir por donaciones en honor del Señor de Mapimí y los festejos. Tampoco ya se lleva a cabo.

La Hermandad está en funciones, en teoría, todo el año. Y Jerónimo comenta que tratan de reunirse por lo menos los viernes para platicar y hacer oración. Jerónimo se interesó por la hermandad porque cuando niño, tuvo problemas de corazón y su mamá lo ofreció al Señor de Mapimí. Cuando iba creciendo escuchaba a los hermanos entonando los cánticos y sentía muy por dentro esa sensación de ser parte de aquellos señores. A los 24 años se unió a la Hermandad.

Pero sus problemas cardiacos seguían. Los especialistas le pedían que se operara pero él se negaba. Entonces se encomendó al Señor de Mapimí y le pidió porque lo guiara. Después de meses de espera por un trasplante, el Señor de Mapimí, asegura, le concedió la operación.

- ¿Cómo se sintió?, pregunto a Jerónimo.
- Una felicidad inmensa. Tranquilidad. Sentí que todo me lo acomodó el Señor de Mapimí.

Otros hermanos también se interesaron en el grupo por algún milagro, que, cuentan, se les concedió. Como Jorge Luis, un chico de 17 años que relata que cuando pequeño jugaba con sus hermanos, cayó de un árbol y se le clavó una varilla por la cara. La punta de la lanza le atravesó las facciones hasta llegar al ojo. Estuvo a punto de perderlo. Su mamá le depositó la fe al Señor de Mapimí y no pasó a mayores. Desde los siete años forma parte de la Hermandad.

Otros decidieron unirse a la Hermandad por tradición, por herencia del padre que siempre les inculcó ser parte de la cofradía y otros casos como un hermano que asegura, un día al salir de la iglesia de San Antonio de Padua, miró como la imagen del Cristo de Mapimí se elevaba a las afueras del atrio, y en ese momento supo muy por dentro el camino que debía recorrer.

5 DE AGOSTO: TERMINA EL NOVENARIO

El 5 de agosto termina el novenario y por la tarde desfi - lan todos los pueblos y organizaciones que participaron en los días anteriores, acompañados por sus carros alegóricos y sus grupos de danzantes. Realizan la magna peregrinación.

Por la noche es velada la imagen del Señor de Mapimí. En la madrugada del 6 de agosto, llegan grupos de música que entonan las tradicionales mañanitas. El sacerdote Pascual Lizardo Casas lleva tres años al frente de la parroquia. Él considera que las fi estas en honor al Señor de Mapimí son una oportunidad que se tiene para manifestar la fe.

El clérigo califi ca a esa fe como "tradicional", por las acciones que se dan cada año de solidaridad, comunión y hospitalidad. Y comenta que las tradiciones mejor se respetan y no se contradicen.

Sobre los milagros que cuenta la gente les concedió la imagen, el cura explica que los milagros dependen de la fe: "Lo que mueve la fe son los signos. Dios hace los milagros a través de esas imágenes. Son las imágenes las que despiertan

la fe. La imagen por sí sola no hace los milagros, sino la sensibilidad de la fe".

6 DE AGOSTO: VIVA EL SEÑOR DE MAPIMI

El día seis de agosto se celebra el aniversario del arribo de la imagen del Señor de Mapimí a Cuencamé. Todo el día hay reliquias a las entradas de muchos hogares y danzas en el atrio de la iglesia.

Al mediodía se celebra la misa principal, a la que acude el obispo. La iglesia se abarrota. Todas esas horas la iglesia de San Antonio de Padua recibe un desfi le de devotos que buscan adorar la imagen. La fi la parece interminable ese día. La Hermandad vigila a todo momento y entre ellos se turnan la custodia. La adoración de los fi eles es acompañada con el canto lastimero de los hermanos. Mucha gente abandona el recinto con lágrimas en las mejillas y con los ojos brillosos de esperanza.

Todo el día la ciudad alberga a cientos de personas que se pasean por las calles. La ciudad vive una fiesta popular, como la de una feria, en donde hay jueguitos mecánicos, venta de objetos de cocina, cobijas; puestos de comida y de venta de alcohol. Aquí, además de cerveza, suelen beber tepache, que antes era una bebida de maíz, aunque hoy día su versión más conocida es la producida por la mezcla de piña y azúcar.

Por la noche, los cuencamenses prenden la pólvora mediante una fi gura a la que le denominan "castillo", por medir más de cinco metros. Los juegos pirotécnicos alumbran la iglesia y a la misma gente que goza la fi esta del Señor de Mapimí.

7 DE AGOSTO: ADIOS, SEÑOR DE MAPIMI

A las siete de la mañana de éste día se celebra una misa por todos los peregrinos. Al medio día los hermanos ascienden, entre cánticos de la multitud, la imagen del Señor de Mapimí. En las calles los puesteros rematan toda la mercancía.
Después de esto, los peregrinos se despiden de los cuencamenses, pero cada quien decide partir a la hora que quiere. Ya no salen en caravana, aunque en el trayecto siempre ayudan o esperan por alguien. Se despiden cantando alabanzas.

¡Adiós mi Padre Querido,
Mi Señor de Mapimí,
Con el pecho adolorido,
Nos despedimos de ti.!

¿Dónde sucedió?