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La historia de Rocío: La madre que mató a sus hijos

La vida de Rocío transcurrió desde pequeña al filo de la muerte. La tristeza que cargaba consigo le nubló la vista, tanto, que no midió el daño que podía causar a sus niños. Aquí la historia de una mujer a quien la vida pocas veces le sonrió...

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lunes, 10 de mayo del 2010

  • La vida de Rocío transcurrió desde pequeña al filo de la muerte. La tristeza que cargaba consigo le nubló la vista, tanto, que no midió el daño que podía causar a sus niños. Aquí la historia de una mujer a quien la vida pocas veces le sonrió...
    Foto: Vanguardia/ Especial
Para todos eres la mujer que quemó a sus hijos. Tu nombre, Rocío del Carmen Hernández Rivera, se hizo famoso en titulares como "Prende fuego a sus hijos", "Que se vaya al infierno" entre muchos otros que dibujaban a un monstruo en agonía. A un año de lo sucedido, cualquier explicación que pudieras dar estaría de más. Los hechos hablan por sí solos. Lo que sí podrías responder es ¿Quién eras antes de ganarte a pulso el adjetivo de asesina?

Quienes te conocieron veían a través del color miel de tus ojos a alguien alegre, te gustaba mucho bailar -en especial cumbias- así te recuerda Abril, tu hermana, con quien te escapabas a los 14 para ir al Kumbala. "Bailaba tan bien que hasta le hacían ruedita", platicaría meses después de tu partida. Todavía se le quiebra la voz cuando habla de ti. Abril fue quizá la única persona que te entendía. Incluso presume que eras su "mamá chiquita" porque siempre estabas al pendiente de ella y le dabas consejos. No se explica cómo es que hiciste lo que dicen los diarios si la última vez que te vio parecías feliz, dice que habías comprado un vochito del año 84 para llevar a tus niños a la escuela. Si bien, no tenías la vida que habías soñado, parecía que estabas pasando por una buena racha.

Cuando estudiabas en la esculela Federico Berrueto Ramón, dice tu hermana, todo era felicidad. "Era blanca, güera de ojos color miel, la rica de la secundaria y pretendientes de montón", recuerda.

Tu talle delgado y tus más de 1.70 metros de altura llamaban la atención de todos. A esa edad creías que los cuentos de hadas podían ser realidad y te enamoraste de Israel "El Chilango" a quien conociste en una tardeada.

"No me pasa ese muchacho", te decía Abril pero tú no la escuchaste. También ignoraste a tu papá cuando se oponía a que te casaras con él a tus catorce años: "Termina de estudiar, prepárate primero, no quiero que te vayas", te suplicaba. Con el tiempo te darías cuenta que tu papá y tu hermana tenían razón, en el amor no te fue muy bien.

Cuando las luces del Kumbala te iluminaban a su lado, probablemente pensabas que ese éxtasis duraría hasta el final.

Cuenta tu hermana que todas las miradas se posaban sobre ustedes. Lo mismo pasaba cuando salían a caminar tomados de la mano a contemplaban el atardecer. "Quiero mucho al Chilango. Lo amo", le decías emocionada a Abril.

Nunca imaginaste que tu ilusión se rompería tan pronto. Lo peor comenzó un día como cualquier otro, en el que Israel regresó de la cantina tambaleándose. Ese día por una trivialidad te soltó un puñetazo y luego otro y otro. Tus ojos no lo reconocían. Dicen que temblabas, que te quedaste inmóvil y llenaste de lágrimas el cuarto. No podías creer que tu esposo, el amor de tu vida, se había convertido en un monstruo. "A veces no la podíamos reconocer de tanto moretón que traía", dice tu hermana, quien todavía se pregunta por qué no lo dejaste en ese instante. Ésa sería una historia que se repetiría por varios años. Apenas Israel esbozaba un "perdóname, no va a pasar otra vez" y te sumías de nuevo en una falsa esperanza.

Por momentos, sólo por momentos, la ilusión de tener una familia y ser feliz tomaba fuerza. Tenías en tus brazos un angelito que medía poco más de 50 centímetros. Su carita, idéntica a la de su papá, te hacía pensar que las cosas podían cambiar. Cuentan tus amigas que Saúl, tu niño, se convirtió en tu razón para vivir.

Con el paso de los meses notaste que algo andaba mal con sus piernitas y fuiste al doctor para que lo revisaran:
-¿A qué se debe el problema que tiene Saúl? -preguntaste.

-Lo que sucede es que uno de sus hemisferios cerebrales no está funcionando.

-¿Y eso por qué sucede? -interrogaste con un nudo en la garganta.

-Lo más probable es que sea la consecuencia de que uno de los padres consumía drogas. Nunca te dijeron el nombre de la enfermedad, sólo que las probabilidades de que pase de los 15 años son nulas.

Tú querías que viviera mucho más. Querías verlo crecer, que te visitara con tus nietos, así se lo manifestaste una vez a tu hermana. Aprendiste a dormir con el miedo de que Saúl no despertara al día siguiente.

Por eso no querías quedar embarazada de nuevo, se lo comentaste a varias personas. Pero una noche, Israel llegó más tomado que de costumbre. Ni siquiera sabías en dónde se había metido en todo el día cuando abrió la puerta de la casa y, sin preámbulos, amenazó con golpearte si no tenías relaciones con él. Al principio pudiste oponerte, pero sus manos sobre tu cuerpo te fueron venciendo, hasta que te obligó por completo.

"Me dijo que Israel llegó muy borracho y la obligó. `Eso fue violación' le dije, pero la bebé que esperaba no tenía la culpa. Yo le ofrecí que si no la quería me la podía dar, pero cuando nació y la vio pues cambió de parecer" narra tu hermana, con quien te refugiaste con tus dos criaturas.

Cuenta que desde aquel día tu sonrisa se había borrado por completo, pasabas la vida llorando y un día te sorprendió echándote un puñado de pastillas. Desde entonces te querías morir Rocío, pero tu hermana alcanzó a llevarte a la Cruz Roja. Te le desvanecías en sus brazos y cuando despertaste le dijiste: "Ya no aguanto más, todo esto es muy difícil.

Israel te buscó de nuevo y cuando apenas le estabas creyendo que te amaba, descubriste que te estaba engañando. Lo que te hizo mantenerte firme y no regresar fue que esta vez te engañó con un homosexual. "Aquí se acabó todo" le dijiste a tu hermana.


Te encontrabas sola con una depresión encima y dos hijos que mantener. Comenzaste a buscar trabajo, pero nadie quería contratarte por los ataques de epilepsia que te heredó Israel una vez que te golpeó la cabeza contra la pared. En esa búsqueda te encontraste con Jesús Mata, un hombre que parecía bueno contigo y que te contrató como mesera en el bar La Jirafa, donde te conocían como La Güera.

Te caía tan bien el dueño que una de las noches que estabas trabajando lo invitaste a bailar.

-Oiga, dígale ahora a Don Chuy que si no quiere bailar conmigo -le dijiste al vigilante.

-Dígale que con mucho gusto, pero cobro 20 pesos por baile, dijo él a tono de broma.

-No le hace, le respondiste, bailar era una de las cosas que más disfrutabas, sólo que a partir de entonces lo harías para ganar dinero.

El Ministerio Público dijo después que tenías una relación con Jesús pero tu hermana dice que no es cierto, que él sólo se portaba bien contigo, que te respetaba. "Fue una persona muy atenta, hasta le prestó la casa de General Cepeda (por tres años)".

La madrugada del 24 de marzo del 2009, tú llegaste a trabajar como de costumbre. La rockola de La Jirafa tocaba las cumbias de siempre y el bar estaba a medio llenar. Viste caras conocidas entre los clientes así como los curiosos inexpertos que no faltaban cada noche. La pista de baile, con su bola de cristal ochentera, te esperaba para que inauguraras el baile.

Testigos narran que apenas retocabas tu maquillaje cuando viste a Jesús con una mujer. Te alteraste tanto que meseras y clientes se dieron cuenta. Hay quienes aseguran que estabas furiosa por celos, otros comentan que tu discusión era por dinero. La razón de tu enojo te la llevaste a la tumba porque al menos Jesús, dijo al Ministerio Público que no entendía por qué te encontrabas tan molesta.

Cualquiera que fuese la causa, a pesar de lo alto de tus tacones saliste corriendo a perderte en la oscuridad de una calle estrecha. Los vecinos dicen que Jesús te alcanzó pero no hubo nada que te calmara y te subiste al primer taxi que encontraste.

Era la unidad de Martín Mercado García, un taxista que te daba confianza por sus canas y quien de vez en cuando te llevaba a tu casa cuando terminabas tu turno. Esa noche Martín supo que algo andaba mal por tus ojos llorosos y el tono alto y cortante de tu voz con el que le ordenaste que arrancara. Él declaró al Ministerio Público que mientras limpiabas tus lágrimas le decías embriagada "Si algo me pasa es por culpa de Jesús". Nunca imaginó que te conduciría a tu muerte.

El taxi de Martín se estacionó frente a tu casa y tú le ordenaste que esperara. Él sabía que ibas tomada así que obedeció. Como pudiste encontraste las llaves de tu casa entre los cosméticos y el dinero que traías en tu bolsa. Era la una de la mañana así que abriste la puerta con cuidado para no despertar a tus niños.

Ahí estaba Fátima, con sus ojitos azules dormidos y su cabello rubio que le cubría su carita. Era inquieta la chiquita. Sus 6 años le daban la energía para correr y hacer bromas, en especial a Don Chuy, el señor de la tienda.

"Ella entraba corriendo y se escondía tras un mostrador. Se quedaba ahí esperando a que yo saliera. Creía que nunca me daba cuenta, así que pasaba por ahí a propósito y ella saltaba y decía `bú'".

Saúl, tu "chocolatito" como solía llamarlo tu papá por ser más morenito que Fátima, dormía a un lado de ella. Aunque no podía correr como su hermanita, él la cuidaba, recuerdan tus vecinos. "Era muy respetuoso -recuerda Don Chuy- cuando venían siempre le decía a Fátima que se estuviera quieta y que no hiciera desorden. Eran unas criaturitas muy lindas".

Cuenta tu hermana que los niños te adoraban, que jugabas a las luchitas con ellos y te gustaba hacerles cosquillas. Nadie sabe entonces por qué ese día tomaste el garrafón para ir a la gasolinera.

"Ella sabía que si se quedaban los niños con su papá iban a sufrir, con nadie iban a estar mejor que con ella" dice tu hermana Abril como tratando de explicar lo que hiciste. Y es que ella vivió contigo el abandono de tu madre. Platica que todavía ustedes no decían sus primeras palabras cuando su mamá se fue de la casa, que incluso un día que ella quiso recuperarlas, el papá mandó llamar a las patrullas. De niña, sólo una vez pudiste ver a tu mamá y te le colgaste del cuello. Ella te dio una muñeca vestida de amarillo. Según Abril, tu hermana, se parecía tanto a ti esa muñequita.

Así pasaste la mayor parte de tu niñez con tu padre y su nueva esposa, Panchita. Pero no era nada parecido a lo que los demás niños contaban de sus madres. Ni siquiera dejaba que la llamaran mamá: "A veces le decía mami, de cariño, pero ella me contestaba no soy tu madre, nada más soy la esposa de tu papá" recuerda Abril.

Regresaste al taxi en donde aguardaba Martín. Según él, la primera indicación que le diste fue la de ir a una tienda a comprar veneno para ratas, pero no pudieron encontrar un establecimiento abierto a esa hora. Al parecer Martín no le dio mucha importancia. A continuación le pediste que te llevara a una gasolinera que está en paseo de la Reforma. Así aprovecharías también para dejarle unas llaves a Rafael Cobarruvias, el vigilante de La Jirafa.

Luego de haber llenado el garrafón con gasolina, Martín te llevó de regreso a tu casa. En el camino pensó que por el estado en el que te encontrabas ibas a incendiar tu coche, pero estaba muy equivocado.

Detuvo nuevamente su taxi enfrente de tu puerta. Tú le pagaste y él se arrancó sin saber que sería la última vez que alguien te vería con vida.

Entraste y antes de darte cuenta, ya lo habías hecho. Rociaste de gasolina a los niños y les prendiste fuego. En medio de las llamas, los abrazaste y te fundiste con ellos. Los tres murieron. Sólo tú sabes por qué lo hiciste. Te llevaste a la tumba tus razones, tus secretos y tus hijos.

Al día siguiente de lo sucedido todos buscaban respuestas. El peritaje arrojado por el Ministerio Público reveló que habías preparado un coctel de Diazepam (el medicamento que usabas para controlar tu epilepsia) con alcohol. El doctor Fernando Zapiain explicó a Semanario que la combinación que hiciste ese día, hace a cualquiera despegar los pies del piso y alucinar. No sabemos si ése fue tu caso. Si decidimos desempolvar tu crimen un año después nofue para describir tus motivos, sino para ver quién era La Güera, esa mesera por la que todavía preguntan los clientes que visitan La Jirafa.

¿Dónde sucedió?