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Humberto Galindo: El compositor del monte

El primer corrido que se prohibió en México salió de este hombre de Zaragoza, Coahuila, que a través de sus versos levantó la dignidad de un pueblo.

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lunes, 24 de octubre del 2011

  • Foto: Vanguardia/Héctor García
De niño, su maestra de primaria le dio un manazo por lo que había escrito. Años después, Luis Echverría lo mandó callar. Hoy, luego de haber compuesto para grandes artistas de la música norteña, se toma unas cervezas con Semanario y parafrasea su vida.

En un rinconcito de Zaragoza, Coahuila, musicalizado por el bramido del viento, el canto de los gallos, el cacareo de las gallinas y el berrido de los borregos, se escuchan los ecos de una consigna social que a principios de los años setentas, en el apogeo de la "guerra sucia", fue ferozmente silenciada por el gobierno opresor de Luis Echeverría, pero que para fortuna de la gente que gusta de las buenas canciones, se sigue oyendo en los radios de los hogares urbanos, en los jacales de las rancherías y acaso en las rockolas de las cantinas provincianas.

Es el corrido de "Pablo del Monte", canción que resume en palabras sencillas y en tres minutos, más de 80 años de historia del campesinado mexicano, al que, por desgracia, y a pesar de los años, no le ha hecho justicia la revolución de Pancho Villa.

Y en aquel rinconcito, entre el cacarear de las gallinas, el bramido del viento, el canto de los gallos y el berrido de los borregos, es que resuena la voz campirana y grave de Humberto "Fito" Galindo, el compositor de ésta y otras 120 canciones que han permanecido grabadas en el gusto popular de aquí y de allá.

"Simplemente describo a un campesino mexicano. Aunque a mí no me gusta hacer corridos, creo que el único corrido que escribí fue ese... Me decía Mariano Rivera Conde (antaño director de la disquera RCA Víctor) `no escribas corridos, Humberto, a nadie le interesan las cachetadas que le dio Juan a Felipe en la cantina de Pedro'", suelta Galindo.

"Lo puede cantar", pide el reportero refi riéndose al corrido de "Pablo del Monte", "es que yo no sé cantar, te lo voy a desbaratar si lo canto. Le decía a Lupe Esparza (de Bronco), `si quieres te la bailo, porque no sé cantar'".

Al fi n se anima a declamarlo. El canto de los gallos y el cacareo de las gallinas hacen de fondo:

"Este es el corrido de Pablo el que siembra / de Pablo el que sueña / de Pablo del Monte. / Este es el corrido de Pablo el que sufre/ por eso con cruces escribe su nombre. / Sus padres murieron peleando en la raya / entre la metralla de los federales. / Querían que sus hijos tuvieran parcelas, un cacho de tierra pa hacer sus jacales. / Los años pasaron y Pablo del Monte aun no tiene dónde vivir / ni sembrar. / Son aún del amo la yunta, la siembra, el agua, la tierra y también el jacal. / Anda pensamiento a Parral, Chihuahua / ahí está enterrada una noble ilusión. / Dile a Pancho Villa que Pablo del Monte aun sigue descalzo / aun tiene un patrón. / Dile a Pancho Villa, que vuelva y termine / que vuelva y termine su Revolución".

La entrevista transcurre en uno de los tantos pedazos de paraíso, a la orilla del río diáfano, que posee el pueblo de Zaragoza, rumor de pájaros y hojas deárboles mecidas por el norte otoñal.

Nos recibe un mediodía templado, en mangas de camisa caqui desabotonada hasta el pecho; zapatos de trabajo y pantalón de mezclilla; erguido como es, alto y con los cabellos nevados por el paso y el peso de sus 70 años.

Nos encontramos sentados en unas bancas de concreto, a la sombra de unos nogales, de los que a cada momento cae sobre nuestras cabezas una lluvia pertinaz de nueces malogradas.

En medio de la charla hay un olor como de resina, un six de cerveza Modelo enfriándose en hielo dentro de una bolsa de plástico y más allá la vieja Ford 100 del compositor.

"(Pablo del Monte) se censuró en el México de aquellos tiempos, luego se destapa y se hizo una canción muy fuerte. ", resopla.

Cosa que nunca atravesó por la cabeza de aquel niño de ocho años, que le gustaba hacer chimeneas tumbado en la tierra y que un día, con sus manos de ocho años, escribió su primer poema por encargo de su maestra de primaria, que había ofrecido como recompensa irse temprano a casa.

"Escribo yo el poemita aquel y la maestra no creía que fuera mío, la edad no coincidía con lo que había escrito. En aquellos tiempos se valía que le pegaran a uno y la maestra me pegó y me acusó de ladrón, porque yo me había robado aquello. Y allá va el niño Galindo contra el pizarrón. Mi primer encuentro con el arte fue un manazo en la cabeza.



"Desde niño fui inquieto, diferente y a veces por lo mismo no encaja uno muy bien en la sociedad, porque eres distinto y con eso basta para que te pongan una etiqueta de `tipo raro'. Me refi ero a raro en el buen sentido, no al rarito".

En plena adolescencia, Humberto Galindo se vio recorriendo, solo, con un veliz de lámina en la mano, cuatro pantalones y cuatro camisas, las calles de aquel monstruo que comenzaba a ser la ciudad México, en busca de lo que no había perdido: un futuro musical brillante.

"Yo creo que de ahí me descompuse, seguí escribiendo, sin punta ni cola. Papá tenía una idea muy especial, creo que me quiso tanto que un día me dijo `vete a ver qué encuentras, porque aquí no hay para ti'. Me veía como algo distinto". Trabajó en el DF como fogonero de calderas en el Hospital Infantil de México, fue además carpintero y "medio" electricista.

"Acá (en Zaragoza), aprendí del trabajo duro. Mi papá había tenido carpintería, donde yo trabajaba y aprendí algo. Siempre tuve mu. - Humberto para en seco la palabra que iba a escapar de sus labios-, algunas habilidades, te iba a decir que muchas, pero no...

"Fui a lo mejor carpintero de segunda y medio mecánico, medio sé injertar, sé capar a una gallina. En fin, conozco muchos trabajos y siempre me gustó jalar, hasta la fecha", dice "Fito" dando un largo sorbo a su cerveza, como para aclarar la garganta y acaso la memoria.

Como al Pablo del Monte de aquella canción con olor a estiércol y a protestasocial, tampoco a Humberto le había hecho justicia la revolución de Pancho Villa.

"Digo con cariño que muchas veces la calle era mi casa, porque no había otra, a veces pedía uno que lo echaran a la cárcel, por favor, para pasar la noche porque estaba haciendo mucho frío.

"Ahí conocí el sabor del hambre, la ropa sucia, la vergüenza del fracaso y muchas cosas que me ayudaron a madurar, `aunque al último no te quede nada más que la pura madurez'", reflexiona.

Esta vez el cacareo estentóreo de una gallina colorada hace casi inaudible le entrevista. Sin dejar de hablar, Humberto; se inclina hasta el suelo, toma un aborto de nuez y la avienta contra el animal que la esquiva en el acto, pero no deja de cacarear.

Días aciagos vendrían antes de que Humberto Galindo se topara de frente con un mundo hasta entonces distante para él, tras conocer en la ciudad de México, al director de la disquera RCA Víctor, Mariano Rivera Conde, de quien, confi esa, fue achichinque, secretario y "medio" guarura.

El muchacho que había salido de su pueblo con su veliz de lámina en busca de aventuras musicales, cumplió entonces su sueño de ver de cerca y trabar amistas con personalidades de la talla de Alvaro Carrillo, Rubén Fuentes y el gran José Alfredo Jiménez.

"Comencé a hacer canciones, primero eran poemitas, luego empecé a buscar una idea musical que nunca pude desarrollar completamente, yo no sé cantar ni toco ningún instrumento.

"Aprendí muchísimo con ellos, aprendí cómo no se hacen las cosas, yo tenía poemitas con alguna rima, con alguna idea y a veces ideas originales, pero te vas puliendo con el tiempo, cuando aprendes de los buenos, cuando conoces a gentes de esos tamaños".



Pero aquel no pasó de ser un sueño para Humberto Galindo. Los amigos con los que su padre lo había enviado para que lo ayudasen, le fallaron. Su padre, quien murió años más tarde, nunca lo sabría.

"Había gente importante que podía haber hecho mucho por mí, pero no pasó nada", se duele, más no chilla ni se queja.

Encandilado todavía por el resplandor de aquellos genios, o mejor dicho locos de la música, como él los llama, Humberto regresó a Zaragoza, su tierra, y tiempo después viajó a Chicago, en busca, otra vez, de lo que no había perdido. Al cabo de cuatro meses regresó de Estados Unidos, montó un taller de carpintería, compró un terreno con el dinero que le había mandado a su madre del `otro lado' y se casó.

"Comencé una vida distinta, ya al muchacho aquel `pata de perro' no le quedaban muchas ganas de caminar y me apacigüé. Escribía esporádicamente y dejaba de escribir, había que vivir, también había que sobrevivir. Yo tuve carpintería muchos años y me dediqué mucho a la publicidad de radio...", cuenta Galindo, el ladrido de los perros y el murmullo del río que atraviesa por el pueblo de Zaragoza, aderezan su relato.

A la vuelta de la vida, y de tanto andar entre poemas y rimas, lápices y papeles en blanco, Humberto Galindo se convirtió en compositor exclusivo de la disquera RCA Víctor.

Vino entonces lo de "Pablo del Monte". En plena época de la llamada "guerra sucia", de la opresión gubernamental contra los movimientos sociales; de los asesinatos, las torturas y las desapariciones forzadas contra los familiares y los detractores del régimen.

"Yo anduve buscando un personaje que representara a México, que fuera representativo del campesino mexicano. Busqué mucho tiempo, andaba Pedro Trigo, que era uno de los proyectos, luego Juan de la Tierra, tampoco me gustó. Me encuentro con aquel Pablo del Monte que después fue el personaje de la canción.

"Sobre esa canción, decía un día Gilberto Parra (el compositor): `retrataste 80 años de historia en tres minutos, me hubiera gustado escribirla yo', me dice, `qué bonita idea'".

De ahí el retrato de México en tres minutos, convertido en canción, con un personaje que no existió nunca, "como tampoco existió el caballo que se vendía en aquella canción de Vicente Fernández, que yo compuse, como jamás existió `La última muñeca', de mi canción".

"Pablo del Monte" no había nacido propiamente como reclamo social, tampoco como una canción de protesta o un medio para movilizar conciencias o armas revueltas, era una simple melodía que consiguió permear y sobrevivir por años en el gusto del público.

"No con la intención de hacer una revolución, simplemente de decir las cosas", dice Humberto "Fito" Galindo, mientras destapa otra cerveza de lata y apura un trago que, a pesar de lo amargo, parece sazonar la conversación. El aullido del viento, el cacarear de la gallina colorada y el golpeteo de las nueces malogradas cayendo sobre la tierra, impregnan toda la atmósfera.

"¿Por qué censuran el corrido?", inquiere el reportero, "Simplemente se censuró, era otro tiempo, otra política, otras formas. No supe realmente, yo nomás supe que estaba censurada porque alguien de la marca disquera dijo `ya fregamos, la canción se va a vender, se acaba de censurar en radio'. No sé hasta dónde llegó la prohibición ni qué tan importante fue, pero mercantilmente fue bueno. Tú le pones a un artículo cualquiera `prohibido' y lo vas a vender más. Pablo del Monte se quedó por encima de la prohibición, se siguió escuchando todavía".



Los vientos del éxito comenzaban a soplar en la vida de Humberto Galindo, tanto que parecía como si a aquel "Pablo del Monte" por fin le hubiera hecho justicia la revolución de Pancho Villa.

Las canciones de Galindo sonaron pronto en millones de radios de todo el mundo, interpretadas por las voces de Vicente Fernández, la española María Dolores Pradera, Los Tres Tenores de México, Bronco, Las Jilguerillas, Cardenales de Nuevo León, Traileros del Norte, Límite, entre otras.

"Vicente graba `Mi NocheBuena', Gerardo Reyes `Pablo del Monte', luego otra vez Vicente con `Se vende un caballo'. Con Bronco hicimos una buena combinación, de hecho el que más me graba es Bronco, 14 canciones me graba Bronco aquello de `Voy a tumbar la casita', `Con dinero', ¿te acuerdas?. `Un golpe más', `Cerré las puertas del alma', `Cinco locos'.

Con Cardenales de Nuevo León, `Compré una cantina'. `Hotel de paso', con Traileros del Norte y con Límite `Préstame esta noche"'.

¿Cómo hace para componer, cuándo le llega la inspiración?

-Para mí la palabra inspiración que la borren. Digamos que no ando pensando constantemente en las cosas, simplemente te encuentras con una puntada que dices `mira, está buena esta onda'. No le hago corridos a las inundaciones ni a las minas que explotan ni a los accidentes de las carreteras. Yo escribo lo que yo quiero y aplico mis propias reglas del juego.

Alguien hace poco dijo, por ejemplo, `una parranda pa olvidar'. Qué buena puntada. De las últimas tonteras salió una canción que se llama `Al revés', cuando escribo yo:

"Al revés de los que toman / cuando quieren olvidar/ yo no tomo pa olvidarla / yo la quiero recordar. Y al revés de los que lloran / cuando empiezan a tomar / yo me alegro cuando lloro / porque la recuerdo más. Y si un día se me olvida / tantito esa mujer / me remuevo las espinas / me lastimo las heridas / pa que vuelvan a doler ".



El resultado de aquella hazaña que nació en Zaragoza, allá cuando Humberto era un párvulo, rendía frutos: más de 120 canciones grabadas, otras 200 que aun no se han dado a conocer al público y la Medalla "Agustín Lara", la máxima distinción que otorga La Sociedad de Autores y Compositores de México, a lo mejor de la música.

- ¿Se equivocó?

"Tal vez tomé yo demasiados rumbos, así como fui carpintero, plomero, electricista, mecánico, albañil, capagallinas, creo que tomé demasiados rumbos y nunca demasiado en serio ninguno, hasta la fecha".

_ ¿Qué es lo que más le enoja?

_ Soy muy berrinchudo, pero hay cosas que molestan sin dolor, y sí me mortifi ca a mí que mucha gente piensa que los autores tenemos mucho dinero, encina de que somos el patito feo del ambiente. Ganan dinero los intérpretes y esos sí ganan muy buena lana, me costa. Los autores no tenemos ese. Nos pasan un tubo más chiquito, nos mandan por un tubo más chiquito".

De aquellas melodías, que hoy siguen dando gloria a Humberto "Fito" Galindo sobrevive una que llevó como estandarte la intérprete María Dolores Pradera en una de sus giras por América Latina. Se llama "Primera, segunda y tercera" y la compuso Humberto el día que llevó a enterrar a su padre.

"Cuando murió papá nació esa canción. Yo me doy cuenta de que en el panteón del pueblo había clasifi cación de primera clase, segunda y tercera. Esa noche salió la canción, me gustó la idea. Y escribo aquello de:

Hay cunitas que son un petate / y cobijas de manta y de seda / sin saber al nacer ya empezaste / en primera segunda o tercera. Hay palacios, casitas, jacales / son el centro, la orilla y afuera / ahí te miden también cuánto vales / son primera , segunda y tercera. No se pueden cortar ciertas fl ores /de jardines que no son tu tierra / pues también en cuestiones de amores /hay primera, segunda y tercera. Al nacer ya el destino te marca / en primera, segunda o tercera / desde el día en que en la cuna te tapan / hasta el día en que te cubren de tierra. Pues ahí también hay distinciones / ni de muerto te escapas siquiera / dividieron también los panteones en primera, segunda y tercera".

La revolución de Pancho Villa, le había hecho justicia al "Pablo del Monte" que hasta entonces había sido Humberto Galindo.

- ¿Qué está haciendo ahora?

- Sigo en la pelea, escribiendo, con el tiempo logré hacer amigos, hay proyectos nuevos. Tengo una granjita, ahí me entretengo. Tengo unas borregas, una vaca que da leche y otra que da lástima, pero no hay más.

- ¿Se arrepiente de algo?

- No, nunca me he arrepentido de lo que hago, volvería a meter la pata igual, no le hace. Alguna vez escribí:

"Si volviera yo a vivir / y me dieran a elegir ruta y destino / sin pensarlo el corazón atravesaría el timón/ por donde mismo. Y aunque vuelvan a doler / las caídas otra vez y los fracasos / si volviera volveré a caminar otra vez los mismos pasos. Si volviera volveré a elegir la misma suerte / aunque pierda yo otra vez / muera de la misma muerte.. Si volviera volveré / a buscarte nuevamente / aunque vuelva pa volver a morirme de quererte / si volviera volveré a elegir la misma suerte....".

Tras caer la tarde sepia vemos partir a Humberto Galindo en su vieja Ford 100 por las calles apretujadas de Zaragoza, donde a ratos el viento arrastra las notas melancólicas de un corrido ranchero. Es el de "Pablo del Monte".