Aunque los encargados de implementarlos no lo asuman así, lo cierto es que en la práctica existen dos proyectos, simultáneos y contradictorios, para la ciudad. Por un lado está la visión de una ciudad “habitable”, relativamente densa, con usos de suelo mixtos. Ese es el Saltillo que se ve a sí mismo como una adaptación de la polis europea, donde los desconocidos se topan en las banquetas y los enamorados se citan en los parques.
En esa ciudad los espacios son más pequeños, pero todo queda más cerca. La arquitectura privilegia los detalles, esos que sólo pueden apreciarse a bajas velocidades. Tomar el camión no es indicador de clase social, y moverse en bicicleta no implica arriesgar el pellejo. Los autos no requieren ir a 80 kilómetros por hora, y sus conductores entienden poco a poco que deben adaptarse a la ciudad en lugar de esperar a que la ciudad se adapte a ellos.
Como es una ciudad diseñada para compartirse, los espacios públicos llevan prioridad sobre los privados. Construir altas bardas para proteger las viviendas no resulta indispensable, pues la constante presencia de vecinos y transeúntes representa un mejor disuasivo contra robos y asaltos. Salimos a esas calles a vivir la vida diaria, no sólo viajando de un destino a otro, sino además paseando, conviviendo, y disfrutando de las imágenes y sonidos que nos brinda la ciudad.
Por el otro lado está la visión de la ciudad “moderna”. Quienes la defienden aspiran a reproducir aquí las grandes autopistas de Houston o San Antonio, y han declarado con gusto una guerra sin cuartel contra los semáforos. En esa ciudad la modernidad se mide en minutos de viaje, pues de la casa a la escuela, de la escuela al trabajo y del trabajo a la casa no hay más que desagradables minutos de cemento y asfalto que buscamos minimizar a toda costa.
La razón es que la ciudad “moderna”, así entendida, no es más que un conjunto de burbujas. El parque está adentro de la burbuja de mi fraccionamiento. El restaurante adentro de la burbuja de mi centro comercial. Igual pasa con la escuela o el trabajo. Dentro de estos espacios privados nos sentimos cómodos, seguros, felices. Fuera de ellos existe un espacio físico -la ciudad- que ocupamos pero que no sentimos nuestro. Quizá por ello, para movernos de una burbuja a otra, preferimos utilizar el automóvil, que finalmente es otra burbuja.
Quién aspira a la ciudad “moderna” busca principalmente evitar que las burbujas ajenas se encimen sobre las suyas. El Estado que ha comprado este discurso transforma aquel objetivo en programa de gobierno: Promueve la urbanización de las periferias, levanta vías de alta velocidad y garantiza una sobreoferta de estacionamientos. Pronto tenemos espacios más amplios, pero ubicados más y más lejos, en sitios que nos vuelven dependientes en la movilidad privada.
Son dos ciudades distintas las que resultan de estas visiones contradictorias, como distintas son las políticas públicas necesarias para implementar cualquiera de ellas. Independientemente del tipo de ciudad que prefiramos de manera individual, lo cierto es que promover las dos visiones de manera simultánea es cuando menos problemático, pues las acciones tomadas en un sentido tienden a hacer menos efectivas a las acciones tomadas en contrario.
Hay pasos peatonales, ¿pero cuántos de ustedes han cruzado a pie el bulevar Nazario Ortiz para ir al Centro Comercial Liverpool?, ¿Cuántos estudiantes harán el viaje hasta la nueva Ciudad Universitaria de Arteaga en bicicleta, a pesar de la nueva ciclovía?, ¿Cuántos de ustedes pasean con sus hijos en sus colonias, no durante la notable excepcionalidad de las “Rutas Recreativas” del domingo, sino de manera cotidiana? ¿Cuántos trabajadores regresarán de Derramadero a sus casas en transporte público, a pesar del multicitado proyecto de modernización que con gran valentía abandera el alcalde?
En efecto, a Saltillo le hace falta abrir una discusión abierta y plural sobre el tipo de ciudad que queremos. Es indispensable alinear la política urbana del Gobierno del Estado, que finalmente tiene el presupuesto y el control fáctico de la agenda, con la del Municipio, quien no sólo tiene la responsabilidad sobre la ciudad, sino también el contacto más cercano con los sueños y aspiraciones de los vecinos. Pretender avanzar los dos Saltillos posibles de forma simultánea no es más que caer en una esquizofrenia urbana, un camino claro para que los mejores proyectos den resultados desalentadores.
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