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Enfermero dijo `creerse Dios' en multihomicidios en Uruguay

Una enfermera se convierte en la tercera acusada por encubrimiento

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martes, 20 de marzo del 2012

  • Hermetismo. En total reserva por las autoridades son tratados los enfermeros homicidas Marcelo Pereira y Ariel Acevedo. La enfermera Andrea Acosta es acusada de complicidad.Foto: vanguardia-AP
BUENOS AIRES, ARG.- Sabían lo que estaban haciendo. Los dos enfermeros uruguayos que reconocieron haber matado al menos a 16 personas (en un inicio se dijo que eran más de 50 víctimas) en dos centros sanitarios de Montevideo eran conscientes de que algunas de sus víctimas no se encontraban en situación terminal, según indicaron sus propios abogados.

Marcelo Pereira, de 40 años, repartía su jornada entre el hospital público Maciel y la clínica Asociación Española, una de las más prestigiosas del país. En uno mató a tres pacientes y en la otra a dos. A todos los enfermos les inyectó morfina y ninguno de ellos se encontraba en situación terminal.

En la mutua de la Asociación Española coincidió con Ariel Acevedo, de 46 años, quien asumió la muerte de 11 personas a las que administró oxígeno en las venas. "Unos pacientes de Ariel sí estaban en situación terminal y otros no", admite su abogada, Inés Massiotti. Acevedo y Pereira se conocían pero no hay constancia de que actuaran en equipo. Andrea Acosta, una enfermera de la Asociación Española, fue acusada de complicidad y detenida por no informar a sus superiores sobre un homicidio perpetrado en diciembre.

La abogada uruguaya Inés Massiotti, amiga íntima de Acevedo, decidió asumir su defensa cuando topó con él en los juzgados el pasado viernes. "Hace un año Ariel empezó a ver que la gente sufría. Y motu proprio, erradamente, decidió cargar una jeringa de 20 centímetros cúbicos de aire y se las inyectaba en una vena a los pacientes. A los pocos minutos les causaba una embolia pulmonar que podía terminar en un paro cardiaco. A veces llegaba el médico de guardia y lograba devolverlos a la vida. Otras veces fallecían. El sábado le pusieron decenas de fotos de pacientes. Y fue diciendo a quiénes había matado. Esta sí, esta no, esta no. así hasta 11. Yo le dije: `Vos te creíste Dios". Él confesó todos los hechos y pidió perdón. Dijo: `Sí, me creí Dios'.

Contó que no sabe qué le pasó de un año para acá. Y entendió cuando lo detuvieron que él no era el dueño de las vidas de esas personas".

La Policía recibió denuncias anónimas el pasado 2 de enero provenientes de los centros médicos. Pero el caso que hizo disparar las alarmas fue el de la diabética Santa Gladys Lemos, de 74 años, ingresada con convulsiones el pasado 1 de marzo en el hospital Maciel, donde trabajaba Pereira. Doce días después ya le habían dado el alta. Estaba preparando el bolso para marcharse a casa junto a su esposo y su hija cuando empezó a sentirse mal. Siete horas después había muerto. La justicia detuvo el viernes a los tres enfermeros. Durante un fin de semana que se prolongó hasta el domingo a las 22:00 horas tomó declaración a unos 15 testigos. Desde la Asociación Española enviaron una furgoneta a los juzgados con 30 cajas de informes médicos.

Diversos medios uruguayos informaron que Marcelo Pereira había alegado como causa de sus homicidios el hecho de que se trataba de pacientes que no terminaban de morir y daban demasiado trabajo porque había que bañarlos a cada momento. Sin embargo, su abogado, Fernando Posada, desmiente tal extremo. "Pereira declaró que su móvil era la piedad. Les aplicaba morfina a pacientes que estaban en estado de cierta gravedad; no terminales, hay que aclararlo. Generalmente eran personas muy añosas (entradas en edad). Les aplicaba calmantes no con la intención de darles muerte, sino para paliar el sufrimiento". De momento, Pereira no ha contestado por qué mató a Santa Gladys Lemos, cuando ya le habían diagnosticado el alta. "Sobre ese caso concreto no le preguntaron", admitió el letrado.

Posada es también defensor de la enfermera Andrea Acosta, procesada como cómplice de uno de los 16 homicidios. "El fiscal y el juez le reprochan que ella tenía que haber hecho una denuncia o haber informado a sus superiores. Pero ella alega que no tenía pruebas, que los otros dos imputados sostenían cierto humor negro respecto a los pacientes y no sabía si lo que decían era verdad o no".