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Discriminación: Rechazados por ser diferentes

Hacerse un tatuaje, tener un bebé, ser gay o tener sobrepeso pueden ser impedimentos para trabajar en Coahuila, así lo demuestran estas historias

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lunes, 20 de septiembre del 2010

  • Hacerse un tatuaje, tener un bebé, ser gay o tener sobrepeso pueden ser impedimentos para trabajar en Coahuila, así lo demuestran estas historias
    Foto: Vanguardia

Sus voces representan lo que muchos otros ciudadanos han tenido que soportar injustamente para poder conseguir un trabajo. Tan sólo en lo que va del 2010 se han presentado un total de 785 denuncias, según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación.

Los términos igualdad y oportunidad no son más que ideales perdidos para ellos. En este mismo periodo se han registrado 140 casos por preferencia sexual; 126 por causas de salud y 91 por discapacidad.

Cada uno de ellos se pregunta en dónde quedan sus derechos, ya que a cambio del esfuerzo no obtienen nada. La apariencia física (77 casos), la edad (60 casos), el género (53 casos), incluso la religión (5 casos) o el estado civil (5 casos) se vuelven factores determinantes para conseguir un trabajo.

Aquí las historias de algunas personas que han luchado por una oportunidad pese a los tratos injustos, evidencia de una realidad desatendida en México y que para muchos no son más que estadísticas.

'No queremos gente así'

A Gina lo que le ha causado más problemas para conseguir trabajo ha sido su preferencia sexual. A sus 29 años no logra entender por qué la gente cree que su gusto por los hombres interfi ere con su desempeño laboral.

"Pero qué van a entender", replica algo molesto, "si ni siquiera existe respeto por uno mismo".

Califi ca como ilógico y absurdo ese tipo de comportamiento que, dice bajando el tono de su voz, está basado en prejuicios infundados. "¿Nada más por ser gay no soy capaz? ¿En qué se puede diferenciar mi desempeño laboral al de otras personas?" pregunta Gina gritándole a las cuatro paredes de su habitación, pero lo único que obtiene es un mar de silencio e indiferencia.

A raíz de ello, y a las convenciones sociales, ha querido mantenerlo en secreto para no tener más problemas de los que ya tiene. Lo que le ayuda a disimularlo, dice en tono alegre, son sus rasgos físicos. "Nadie espera que un hombre de complexión tan tosca como yo sea gay", dice refi riéndose seguramente a su casi 1.80 de estatura, a la expresión de sus ojos algo caída que sugiere enojo y a las líneas bastante marcadas de su rostro.

Y es que el engranaje mediante el cual se mueve la sociedad no le ha favorecido mucho que digamos. Una pizca de duda se diluye en su voz cuando me cuenta que no le falta nada, aunque a veces quisiera un poquito más de paciencia, porque ya aprendió que el mundo no está del todo preparado para recibir con los brazos abiertos a personas como él, "diferentes".

Recuerda que su niñez fue como la de cualquier otro pequeño de clase media: nunca le faltó nada, aunque tampoco estaba llena de lujos. La casa de INFONAVIT color marrón, en la que vivió hasta los 8 años está llena de memorias, como cuando jugaba con sus carritos en el piso de la entrada o cuando pasaba horas haciendo de superhéroe.

"Agarraba un par de cortinas rojas que tenía mi mamá y le daba la vuelta a la casa fi ngiendo que era Superman y que peleaba contra ladrones y demás villanos", cuenta mientras eleva sus manos hacia el techo y hace una pose de héroe de comic.

Sin embargo, fue en la adolescencia cuando sus gustos se hicieron notorios. Estaba por terminar secundaria cuando, en una fi esta "y gracias al valor que proporciona el alcohol", terminó besando a uno de sus compañeros de clase. Esboza una sonrisa para decir que llevaba algunas semanas confundido al respecto, pero ese hecho le hizo reconsiderar sus gustos.

"Desde antes las niñas no me llamaban mucho la atención, pero creí que era normal por la edad", interrumpe con un pausa prolongada, "sin embargo cuando tuve esa experiencia comprendí que en realidad me gustaban los hombres". A partir de ahí, su naturaleza fue adoptando una postura diferente. "Me comencé a conocer realmente", cuenta. Lo que Gina no esperaba es que mientras más cómodo se sintiera consigo mismo, el mundo más lo rechazaría, pues signifi có el comenzó de las burlas, los ataques, las críticas.

"¿Qué haces entonces? A esa edad, aunque no quieras, te importa mucho lo que digan de ti". Gina recuerda que trató de no darle mucha importancia, "pero son detallitos que se te graban en el alma y el corazón que terminan sin poder borrarse".

Su mirada se despabila un poco, toma aire y enciende un cigarro para contar que aunque había sido capaz de esconder sus preferencias de su familia, tenía mucho miedo de que se enteraran. Creía que su madre lo aceptaría al fi n tras haberle explicado, pero sería la decepción más grande para su papá, quien le repetía constantemente cómo debía ser un hombre: "sé fuerte, sé rudo, no llores -me decía-. Lo último que mi papá quería era un hijo homosexual".

'Me miran raro'

"No podemos dejar que trabajes aquí aunque tengas todo lo que se necesita. No lo tomes personal" le dijo el entrevistador sin atreverse a verla directamente a los ojos. "Como se trata de tener un trato con la gente, es importante que, tú sabes, se necesita ser estético".

Fue la primera vez que sintió que las cosas iban realmente mal. Ya estaba acostumbrada a los insultos y las burlas desde que era una niña, pero nunca esperó que su peso fuera un problema para conseguir trabajo.

Desde el principio notó que la miraba raro, pero no le dijo nada, y es que la ropa holgada no le sirvió para esconder sus 120 kilos. No bastaba su excelente promedio en la escuela de administración, ni el montón de cursos que había tomado.

Entendió por completo el significado de la palabra discriminación cuando le dijeron que "era muy gorda como para contratarla".

Lo que casi nadie sabe es que su condición es un problema de salud. Le falló la tiroides cuando tenía 22 años, cuando estaba en la universidad. "En ese entonces pesaba 70 kilos y mi vida era como la de cualquier estudiante".

A partir de ahí su metabolismo comenzó a sufrir cambios radicales que jamás había experimentado. De ellos el más visible fue el aumento de peso desmedido. "Me transformé en una persona diferente en menos de 1 año", cuenta fijando los ojos en sus manos.

Sus padres intentaron todo tipo de dietas y programas de nutrición, pero nada funcionó ya que se trataba de un problema diferente. Era hipotiroidismo, lo que causaba que su metabolismo se alentara, causando el cambio de peso.

La única manera con la que pudo controlar dicho problema fue quemar la tiroides con yodo, que es lo que normalmente se hace. Eso le ayudó a desaparecer más de 30 kilos, ya que antes pesaba 152. Las cosas, desde ese entonces han ido mejorando.

Hoy, Martha trabaja como la asistente de su hermano Felipe, quien dirige algunos salones para fiestas.

"No es lo que yo quería hacer, ni siquiera tiene algo que ver con lo que estudié, pero no sé cuándo la gente como yo podamos tener una oportunidad".

'Piensa dos veces antes de embarazarte'

Supo inmediatamente que estaba despedida al ver sus cosas en el piso, afuera de su ofi cina, en una caja de plástico. Cuando se acercó vio que otra mujer ocupaba su lugar. Érica estaba por enterarse que tener a su hija le había costado el trabajo.

Sin encontrar una explicación, caminó aprisa hasta la ofi cina de su jefe. Abrió la puerta de cristal sin tocar y lo confrontó:

- Don Felipe, ¿por qué están mis cosas en el suelo? -preguntó. - ¿No te lo dije? -pronunció el hombre de traje con aires de "te lo advertí, pero no hiciste caso"-. Ya no trabajas aquí, creo que no te enteraste porque estabas ocupada teniendo a tu bebé, pero muchas gracias por todo.

Sin que nadie dijera algo más, le dio a fi rmar unos papeles y su último pago fechado el 25 de mayo de 2005. Pasó a ser una más de las 3.4 millones de personas sin empleo en ese año.

En su trabajo era la asistente del jefe de recursos humanos en una compañía productora de artículos electrónicos. Tenía 24 años recién cumplidos y ya había sido elegida cuatro veces como empleada del mes.

El miércoles 16 de junio de 2004 supo que estaba embarazada de Edna. Mario, su esposo, fue, la abrazó y le cambió la mirada, "como con magia" dice Érica. Don Felipe, en cambio, no encontraba la alegría en tal suceso. Le dijo más bien que estar embarazada podía afectar su trabajo.

- ¿Te amenazó o algo? -pregunté. - No. Bueno, no sé. Antes de esto, me había dicho muchas veces que pensara dos veces en hacerlo. Luego de que le di la noticia me decía que ojalá no me descuidara mucho porque podía perder el puesto.

- ¿Lo denunciaste?
- No, porque era él quien decidía quién se quedaba y quién se iba Días antes de partir a su incapacidad le dijo: -Tómate el tiempo necesario para descansar y recuperarte. Aquí te espero-. Érica creyó las palabras de su jefe, sin sospechar que eran falsas.

Hoy, Edna tiene 6 años, ya vaa la primaria, y es muy parecida a su padre porque tiene su misma nariz y sus mismos ojos grandes, pero en lo demás es idéntica a su mamá, sobre todo por la piel blanca.

Ah, sí! Y Miguelito. Su segundo hijo, 2 años menor que su hermana. Éste casi siempre anda de la mano de su mamá, pero de su papá no sabe nada. Porque dos semanas antes de que Érica supiera que lo iba a tener, Mario decidió irse de la casa y no regresar.

"Que porque eran muchos gastos" Los que la ayudaron a salir adelante al principio fueron sus papás, "dándole una partecita de la pensión", pero ella no los dejó. Con el tiempo, su hermano Héctor le consiguió trabajo en una maquiladora y ahora es secretaria.

"El resto ya no importa", dice, con la voz cansada, refi riéndose a las cuentas que tiene que cubrir con sus 2 mil pesos a la semana, y que apenas le alcanza para darles de comer a sus hijos. Lo dice por no haber podido seguir su sueño de convertirse en una exitosa empresaria. Y también lo dice por haber vivido "la injusticia de la cual fui víctima".

'Marcados'

Cuando Pedro y su esposa Andrea se tatuaron el nombre del otro en el brazo, no se imaginaron que eso casi les costaría perder un trabajo.

Ambos son originarios de Monterrey, pero decidieron venir a vivir a Saltillo, "porque es se vive más tranquilo". Apenas se instalaron, decidieron hacerse el tatuaje, como símbolo de la nueva etapa que estaban empezando.

- Fuimos al establecimiento y nos hicieron el trabajo.

- ¿Qué les dijo el tatuador al respecto? -les pregunté. - Que nadie nos podía negar el trabajo por tener un tatuaje, y que incluso era un delito si lo hacían.

Así, recuerda Pedro al fruncir un poco le ceño, fue a la entrevista. Como de costumbre se vistió formal y manejó hasta la compañía. La entrevista fue amena y casi le aseguraron el puesto tras haber revisado su curriculum, sin embargo hubo un último detalle.

"La cara del tipo que me estaba entrevistando cambió cuando me preguntó si tenía un tatuaje y le dije que `sí'. Hizo un gesto feo, así como de cuando algo no te gusta y me dijo que era una lástima, ya que ahí no aceptaba gente con tatuajes".

- Pero no es visible -contestó Pedro.

- No importa señor, son políticas de la empresa.

- Pero el que me hizo el tatuaje dijo que no me podían decir nada por traerlo.

- Eso discútalo con él. Aquí no aceptamos a nadie así, que den una mala imagen.

Con los pensamientos revueltos, Pedro fue con el tatuador para reclamarle que por su culpa no lo había querido contratar. Pero tras hablar por algunos momentos, decidió demandar a la empresa.

Al principio tenía dudas de que estuviera haciendo lo correcto y de tener posibilidades de ganar. Sin embargo, con el asesoramiento de un abogado lograron demostrar que el trato que recibió fue, no sólo injustifi cado, sino un delito.

Para ello, el asesor legal explicó que se apoyaron en el artículo 13, sección III, de la Ley para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación en el Estado de Coahuila, que establece como discriminación "Prohibir la libre elección de empleo, o restringir las oportunidades de acceso, permanencia y ascenso en el mismo, así como limitar el ingreso a los programas de capacitación y formación profesional".

El proceso duró cerca de un año, dice Pedro antes de dejar escapar un suspiro, pero fi nalmente lo ganó.

Además de eso, la empresa lo contrató ya que se vio sin argumentos, y hoy lleva 2 años laborando ahí. Su esposa Andrea había conseguido un buen contrato en un hotel pero.

- Y luego, Andrea ¿qué pasó? -le pregunté.

- Pues lo mismo que a mi marido. No les importó que supiera hacer mi trabajo -me responde.

Uno de los lugares a los que fue a buscar trabajo cuando llegó a Saltillo fue un hotel. Su experiencia en el área causó comentarios como "eres la persona que estábamos esperando" y "prácticamente estás dentro". Le dieron algunas hojas a fi rmar dentro de las cuales se encontraba un cuestionario.

Cuando la entrevistadora las leyó con detenimiento, volteó de pronto y le dijo:

- ¡No me diga que tiene tatuajes! - Sí -contestó Andrea.

- Nombre señorita, eso cambia todo. Aquí no se permite tener tatuajes. Es política de la empresa.

Lo primero que hizo fue buscar un abogado y poner una demanda, que ganó en menos de seis meses, ya que además de que ya había fi rmado el contrato, se acusó al hotel por discriminación.

¿Dónde sucedió?