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Mexiquillo, todo un parque natural

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  • El Universal
  • 04-Junio-2009
  • Estaba quitándome el arnés del rapel cuando vi llegar una caravana de 14 cuatrimotos, toscas y con las llantas llenas de lodo. Era un grupo de hombres, sólo una mujer venía acompañando a un conductor.


    Unos eran de Torreón, otros de la ciudad de Durango y otros del municipio de El Salto, el mismo que organizó el recorrido para explorar la sierra.

    Un impulso me llevó a salirme del itinerario. Quería irme con ellos, así que pregunte si había un lugarcito y por supuesto que me aceptaron. Con un trapo que me cubría la cabeza y parte de la cara para no empolvarme, me uní a la travesía.

    Los motores se pusieron en marcha por un sendero de árboles de todos los tamaños, pero eso sí tenían en común un verde intenso. Pisamos las primeras piedras del camino y di el primer brinco de tantos. “Agárrate bien, me decía Baltazar”.

    Pasamos el primer túnel de la ruta. De los seis que se construyeron sólo tres están de pie.
    Serían el trayecto por donde el tren atravesaría las montañas para 1955. La obra se detuvo porque prefirieron construir la ruta del Chepe, que corre de Chihuahua a los Mochis.

    En el interior de estos boquetes el frío es más intenso. Las primeras lluvias que han caído en la sierra dejaron charcos de lodo. Dejé de preocuparme por la limpieza de mi ropa y botas. Las llantas nos salpicaban.

    Había que parar y bajarse todos de las motos. El camino se convirtió en una vereda muy estrecha, pegada a un desfiladero. Uno por uno iba pasando, dos hombres sostenían por delante y por detrás el vehículo para que no se fuera al voladero con todo y conductor.

    A mi lado derecho el cuarto túnel, derrumbado por el paso de los años, de mi lado izquierdo un mirador por donde podía ver la inmensidad de la sierra. Contemplé el paisaje en lo que terminaban de pasar todos.

    De nuevo en marcha. Llegamos a la entrada del sexto túnel. Era el más largo con 1.5 kilómetros de longitud. Como en las películas sólo se alcanzaba a ver la luz del final. La instrucción era que a mitad de camino pasaría primero la mitad de la caravana y una vez fuera seguía la otra. La vibración de los motores podría provocar un derrumbe y tirar, a parte de piedras como las que se ven en el piso, unas tablas largas de madera sujetas con unos enormes clavos al techo.

    Entramos por el arco cubierto con algo de musgo.
    También se puede entrar caminando o en bicicleta de montaña, no importa cómo sea, pero nadie se puede perder la adrenalina de estar en un lugar cerrado donde hay algunos murciélagos y donde el frío es intenso. Al salir empezamos a subir la sierra para llegar al final. Los saltos se habían terminado.

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