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Tres días para observar y nadar con tiburones ballena, explorar grutas y pasar un día en Isla Holbox. Esta vez olvídate de Cancún y la Riviera Maya
Christopher, nuestro guía, nos llevó al embarcadero de Punta Sam, a 30 minutos de Cancún, para nadar con el tiburón ballena.
El ansia y el miedo que tenía mientras escuchaba que ese mamífero pertenecía a la cual iba a nadar media más de 10 metros, me hicieron encender un cigarro “págalo, a partir de éste momento se practica el ecoturismo”, me dijo Cris.
Nos lanzamos a alta mar. Nuestro avistamiento sería en Aguas Azules, en la parte norte de Isla Mujeres. Marcelo, el capitán del yate, junto con Abraham –otro de los guías– y Christopher comenzaron a preocuparse. Nosotros a desilusionarnos. Llevábamos más de una hora buscando al gigante dócil y no lo encontrábamos por ningún lado.
Pero la espera valió la pena. Una aleta al fin se asomaba. Rápido nos colocamos chaleco salvavidas, aletas y visor.
Con atención y afán escuchaba las instrucciones: nos lanzaríamos por turnos, dos personas y el guía; prohibido tocar lo al tiburón, nunca nadar cerca de su cola u hocico porque correríamos el riesgo de salir golpeados.
Que quede claro que ellos son totalmente inofensivos, no comen personas, sólo plancton.
Marcelo grito: “¡Al agua!”. No me di cuenta y ya estaba flotando, con el esnórquel puesto y acostumbrándome a respirar por la boca. A sólo cinco metros de distancia estaba el animalote grisáceo con líneas y puntos amarillos y de movimientos lentos, despreocupado, que abría sus branquias mientras se alimentaba.
El tercer salto de los cuatro que pude hacer fue el mejor. Era otro tiburón. Lo vi de cabeza a cola, con su hocico abierto de dos metros de ancho y sus ojos pequeñitos.
Pudimos ver más de 30 durante dos horas, las mejores de mi vida bajo el agua. La temporada inició en mayo, ellos se marcharán la primera quincena de septiembre.
Viaje debajo de la tierra
Ruta de la Alegría, con salones donde reinan las estalctitas y estalagmitas. No puedo ver mi mano aunque la acerque a mis ojos. Escucho el goteo del agua que se desliza por las estalactitas. Estoy en una caverna y a la mitad de La Alegría, una ruta del parque natural Río Secreto, a 20 minutos de Playa.
Hemos tenido que colocarnos un casco para amortiguar los posibles golpes contra estas formaciones rocosas. Aunque cada quien lleva su linterna, ésta apenas nos ilumina el camino a lo largo de salones naturales, cargados de corales petrificados, estalacticas y estalagmitas de diversos tamaños y grosores que se han ido formando desde hace 65 millones de años. Lo que pisamos, alguna vez fue mar.
El agua cubre mis pies y un pez ciego escapa de mis pasos. Se acaba el suelo, debemos nadar en una de las cuatro fosas que conforman el recorrido. La última tiene una profundidad de 20 metros. Durante una hora se realiza la misma mecánica: caminar y nadar.
La historia de estas cavernas se esculpió con mucha paciencia, desde que en Chicxulub cayó un meteorito y formó ese territorio tan característico de la península de Yucatán. Gota a gota se formó este escenario gracias a una iguana que se resistía a ser atrapada.
El viaje es alucinante pero como todo “palacio”, como lo definen los guías, no te puedes llevar nada, ni siquiera un grano de arena.
Esos picos filosos que parecen caer como lanzas del techo hacen que agachemos la cabeza para continuar el camino. No faltan los tropezones ni los raspones en piernas y brazos. En el suelo encontramos piedritas blancas, son perlas de caverna que se han formado con una simple gota de agua. Muchos años han tenido que pasar para que tomen su forma redonda y textura lisa.
Para entrar, además de usar el traje de neopreno y zapatos antiderrapantes que se proporciona a cada visitante, hay que despojarse de todo químico que pudiéramos traer: bronceador, desodorante, cremas para peinar, incluso bloqueador. Y allá, dentro, es necesario tener sumo cuidado de no tocar las estalactitas o estalagmitas, pues tocarlas implica frenar su crecimiento.
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