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Vuelven recuerdos nostálgicos a Ma. del Carmen Arcerreca
México, D.F.- “La vejez es como uno se la quiera tomar, la quieres tomar mal, te vuelves mas viejo; si la disfrutas, es mucho mejor, así piensa María del Carmen Arcerreca Domínguez, quien a sus 88 años de vida aún conserva las ganas de vivir.
Las arrugas de su rostro, su cabello plateado, su andar lento y cuidadoso son el más claro reflejo del paso del tiempo, de los años que se han vuelto recuerdos en su memoria, los mismos que la envuelven en nostalgia o en alegrías.
Nacida en la Ciudad de México en 1921, sus primeros años los vivió en una casa cerca del Zócalo, aún recuerda cuando la capital del país era, como lo dijo Alfonso Reyes, “la región más transparente”, cuando se podía caminar de un lado a otro sin preocupación alguna, bajo un cielo azul.
Su padre era ingeniero agrónomo, su mamá ama de casa, creció en medio de una familia sin problemas económicos, “era una niña muy guerrita, jugaba con patines del diablo, me gustaba patinar, mis padres nos consentían mucho a mi hermana y a mí”.
Hizo su primera comunión en medio de la guerra cristera, en una casa particular casi de manera clandestina.“Cuando entró Plutarco Elías Calles, mataba a los sacerdotes y prohibió el culto, por eso hicimos la fiesta en una casa”.
Sus ojos, de un azul profundo que recuerdan el mar, reflejan alegría; su sonrisa, un tanto pícara y burlona, la felicidad que no le han podido arrancar los años.“Sabe, yo soy descendiente de la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, en un libro editado por el Gobierno de Querétaro aparece mi nombre, tiene un árbol genealógico ahí, tengo sangre de heroína”, dice riendo.
Contraria a la idea de ser monja que tuvo en su juventud, María del Carmen Arcerreca es madre de 11 hijos, abuela de 30 nietos y bisabuela de otros 29, todos ellos al pendiente de ella y con quienes sigue compartiendo su vida.
La señora Arcerreca asiste a Mitla, una de las seis Casas de Día que maneja el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam) en el Distrito Federal, ahí ha logrado hacer nuevas amigas, vencer el aburrimiento, la soledad y la tristeza.
Cuando murió su esposo, después de 62 años de compartir la vida juntos, cayó en una depresión, se fue a vivir con una de sus hijas, quien, hasta el día de hoy, se sigue ocupando de ella, pero eso no fue suficiente, la tristeza seguía con ella, tuvo que ir a terapia para sobrellevar el duelo y fue ahí donde conoció de la existencia de las Casas de Día del Inapam.
“Extrañé mucho a mi marido, era un hombre muy detallista, el día de nuestra boda, ya vestida de blanco, recibí un ramo de azucenas en mi casa, la tarjeta decía: ‘Con todo mi amor para quien va a ser mi esposa’. Eso no se olvida, joven”.
Cuando habla de su esposo la cara se le llena un poco de nostalgia por revivir aquellos años, los viajes a Acapulco, cuando apenas existían unos cuantos hoteles y las playas no lucían tan llenas de gente, los bailes, las fiestas.Pero no se deja abatir, dice que no le gusta llorar porque hace sentir mal a su esposo.
“Joven, también se sufre en la vida” expresa y cuenta que septiembre es un mes muy triste para ella, ya que el 1 de ese mes murió su mamá, su marido el 5 y su hermana el 14.
sc