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La Red ofrece sexo ‘Triple A’ para todos los gustos y al alcance de todos —accesible, anónimo y abundante. Bienvenido a todas las variantes imaginables del acto sexual, sin culpa ni vergüenza.
Teclear la palabra sexo en cualquier motor de búsqueda de Internet en español arroja un resultado de 93 millones de páginas. Hacerlo en inglés multiplica la cifra casi por siete: hay 645 millones de páginas en la Red. Pero el sexo, en Internet, no es necesario buscarlo.
Simplemente, se encuentra. Basta con abrir la bandeja de entrada del correo electrónico y la encontrará llena de spams con ofertas de Viagra, de chicas —Internet sigue siendo sobre todo heterosexual— y de fraudulentas recetas para alargar el pene o motivar a los inapetentes.
Sexo es la palabra más buscada en Internet y, como en otros muchos aspectos de la vida cotidiana, está modificando los modos de relación social y personal.
El denominado cibersexo —que no está catalogado como “conducta patológica” en ninguna clasificación internacional—, consiste en experimentar excitación mientras se mantiene contacto online con otra persona o, mientras se consume material sexual disponible en la Red para obtener estimulación sexual.
De la curiosidad oculta a la satisfacción total, a veces compulsiva, o de llenar una necesidad física, en la Red hay páginas para todos los gustos, muchas de ellas explícitas y accesibles, lo que provoca un serio problema cuando se trata del acceso de menores.
La Red ofrece, en especial a las personas tímidas, un espacio dominado por la privacidad, donde la asepsia se confunde con la inocuidad, lo que provoca que mucha gente que en la vida real no se atrevería por ejemplo a dar un paso hacia una infidelidad, establezca relaciones en un entorno sin culpa ni vergüenza
Lo dicen todos los especialistas consultados:
“Un marido ejemplar, absolutamente fiel, que en la vida real no se atrevería a engañar a su mujer, puede traicionar su compromiso a través de un chateo y de otros contactos online. Lo hace porque cree que, como no hay contacto físico, no hay engaño”.
Por eso recurren al sexo en Internet tanto hombres como mujeres, ya se trate de jóvenes, adultos, personas cultas o las que no tienen ninguna formación… Este perfil tan amplio se debe a la propia versatilidad del sexo de la Red, que es prácticamente inagotable.
Los pros y contras
Lejos de demonizar el cibersexo, los sociólogos y psicólogos coinciden en señalar que tiene muchas ventajas. “Destruye tabúes y mitos (como que la masturbación es nociva), y amplía el repertorio, es decir, informa y enseña, por ejemplo, nuevas posturas”.
Algunos creen que la principal contribución del cibersexo es “fomentar la fantasía y procurar nuevas formas de ocio, además de suponer una inyección contra la rutina en el caso de parejas instaladas en ella.
Es también una vía de escape para los más inseguros y contribuye a normalizar tendencias hasta ahora marginalizadas, como los distintos tipos de sadomasoquismo o el intercambio de parejas, que habían quedado confinados a los cines porno a los clubes secretos.
Ahora, todo lo que uno se pueda imaginar está en la Red. De hecho, ésta reúne todas las posibilidades y todas las fantasías, desde los comportamientos más “normales” hasta las desviaciones más extrañas.
Sexo seguro y sin compromiso; anónimo y sin consecuencias (como las que tiene con frecuencia una infidelidad real, o un contacto físico sin protección).
Un mundo lleno de posibilidades sin necesidad de ofrecerse como blanco, donde además se puede dar la imagen más favorable de uno mismo, sea o no real.
Son algunas de la muchas ventajas del cibersexo, dicen los expertos.
En lo que se refiere a los inconvenientes, la lista contra el cibersexo es tan amplia como la de sus ventajas…
Trivializa la relación sexual, puede hacer olvidar que tener sexo es una relación interpersonal, pero también crea complejos; es el caso, por ejemplo, de los jóvenes que se comparan con el de-sempeño de los actores porno y con el tamaño de sus penes. O las mujeres, que se preguntan por qué no alcanzan el orgasmo tan rápida y eficazmente como las actrices de la industria sexual.
En otras palabras, considerar “normal” lo que se ve en las páginas web —una teatralización del sexo— puede ser el primer paso hacia la frustración o el complejo.
Para algunos sexólogos el cibersexo puede provocar una búsqueda recurrente de alternativas que sustituyen el contacto real por el virtual, ya sea por falta de tiempo o por comodidad (cuesta menos esfuerzo conectarse a la Internet que salir a “ligar” —la mayoría de las veces con resultado incierto).
Todos tienen cabida
En el cibersexo, como en la vida real, no todo es del color con que se mira. Si por un lado el sexo online ha homologado comportamientos antes vergonzantes, una de sus principales características, el anonimato, que puede convertirse en una coartada para el engaño.
Por ejemplo, en los chateos, muchos varones se hacen pasar por mujeres para meterse en conversaciones de lesbianas, porque eso les excita. Y muchos adultos se hacen pasar por chicos para introducirse en las conversaciones de los menores.
Es un terreno de nadie, donde la línea que marca la diferencia entre el entretenimiento y el delito, es sumamente delgada.
Y ese universo de relaciones tan posibles como ficticias, la webcam se configura como el espejo que muchos no dudan en traspasar.
“En el cibersexo hay que distinguir entre el comportamiento pasivo de la gente que mira sin ir más allá, y el comportamiento activo de la gente que interviene e intercambia. Es el cibersexo interactivo.
“Es increíble lo que la gente llega a hacer delante de una webcam, incluyendo a los más jóvenes”, dice un investigador del fenómeno.
Pero los comportamientos sexuales desviados o las patologías sexuales representan sólo un porcentaje ínfimo.
El resto es “normalidad”. De acuerdo a un estudio que se considera “de referencia” en la materia, titulado “Cibersexo: el lado oscuro del poder”, el investigador estadounidense Al Cooper y sus colaboradores encontraron que existen 2 mil variantes distintas de uso de Internet con fines sexuales.
Y según una muestra que abarcó a 9 mil individuos, 46.6 por ciento dijo que dedicaba “una hora a la semana” a actividades sexuales online (son los llamados “usuarios recreacionales”).
El 8.3 por ciento dijo que dedicaba más de 10 horas a la semana a estos menesteres (son los “usuarios de alto riesgo”).
Y sólo el uno por ciento de los usuarios clasificó dentro de la categoría de “adictos al cibersexo” (aquellos que descuidan las actividades cotidianas para centrarse en el sexo online).
El sexo que no tiene connotaciones afectivas (como el sexo online) tiene un potencial adictivo muy grande, aparte de su su amplio margen de posibilidades y de fantasías.
De hecho, la mayor fantasía de todas es la Red vista como el espejo del cuento de Alicia en el País de las Maravillas: la atracción insondable de lo que hay del otro lado.
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