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Ventana indiscreta: Nota roja con comentarios

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  • Jesús de León
  • 31-Agosto-2009
  • Una imagen dice más que mil palabras

    • Ventana indiscreta

  • Foto: Miguel Sierra

    Estoy sentado en una banca de la Alameda esperando a que pasen por mí. Al otro lado del prado, dos mujeres están de pie platicando en uno de los senderos. Me limito a escuchar la conversación por casualidad. La de falda negra está leyendo el periódico donde se lee a 8 columnas: “Mata y sepulta a mujer en el interior de su casa”. La de zapatos de tacón de aguja le dice:

    —¿Ya leíste esa nota?
    —Ajá —responde la de falda negra.
    —¡Qué horrible! ¿No te parece? ¿Por qué la habrá matado ese desgraciado?
    —Por celos, creo.
    —¿Celos? ¿La habrá agarrado con el sancho en pleno acto? Como quien dice, “en fragancia”.
    —Creo que se dice “flagrancia”.
    —Ay, tú, qué erudita.
    —Que erudita ni que las hilachas: eso fue lo que me dijo el agente del Ministerio Público cuando me agarraron taloneando sin tarjeta. Al que estaba conmigo le fue peor, porque después de pagarme a mí no le alcanzaba para la multa y hasta el muy cínico quería pedirme prestado.
    —Volviendo a la difunta: pobrecita.
    —¿Pobrecita por qué? Sus motivos habrá tenido el fulano. No creas: esas que se dicen decentes, suelen ser una amenaza. Con decirte que muchos de mis clientes, más que buscarme para tener sexo, lo hacen para desahogar sus problemas.
    —Claro. Entonces no sólo les vacías el escroto y la billetera, sino también la conciencia.
    —Por favor, no seas prosaica. Lo que pasa es que tú, como tienes el pico muy suelto, no los dejas hablar. Al rato te va a pasar lo que a esa mujer que enterraron en la comodidad de su hogar.
    —¿Y tú cómo sabes que la mataron por bocona?
    —Porque la enterraron bocabajo.

    Me dieron ganas de intervenir. Pero cómo explicarles que no la enterré bocabajo por bocona, sino porque quería admirar, por última vez, sus nalgas mientras lanzaba las primeras paladas de tierra; que no la apuñalé por celos, sino porque la amaba demasiado; y que es cierto, era la mujer más buena del mundo: tan buena, que no había día que no fuera a la iglesia pero, en veinte años de matrimonio, nunca me dejó que la tocara. Esa patrulla ha pasado tres veces cerca de donde estoy oyéndolas hablar. Decido hacerles plática: me gustaría enterrar uno o dos cuerpos más.

    —¿Y tú no tienes miedo de que te pase algo así? —dice la de falda negra a la de tacón de aguja.
    —No. Tengo muy espantado el miedo… Si vieras los engendros con los que me he metido.
    —No exageres. ¿A poco están más feos que ese pobre viejito del sombrero que estaba en la banca? Voy a ver qué se le ofrece.
    —Ten cuidado. Ni que fuera tu abuelito.

sc

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