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Los ojos negros miran hacia arriba, extáticos, en el colmo de la concentración. En ellos brilla el reflejo de la antorcha que se eleva por encima del rostro moreno. El muchacho apenas respira. Coloca la antorcha a la altura de su boca. Hizo un buche de gasolina que retiene a la espera de que cambie el semáforo.
Es el atardecer de un día cualquiera en una esquina del centro de la ciudad. En verano, cuando los días se hacen más largos, el contraste de la luz y la sombra adquiere extremos violentos. No hay penumbra. O te enfrentas a la brasa gigantesca del sol o al abismo cósmico desde cuyo fondo nos mira la luna.
Hay demasiado tráfico a esa hora. Algunos automovilistas observan con molestia al tragafuego —joven, de rostro indígena, vestido con una camiseta adornada de llamas— que se ha colocado exactamente a media calle, en la confluencia de las dos avenidas.
Todo se oscurece. La figura del muchacho se hunde en una atmósfera de color azul oscuro, en la que flotan las luces de los automóviles.
El ruido del tráfico se apaga. Las luces desaparecen. Sólo queda el muchacho en el colmo de la concentración, a punto de soltar el chorro de gasolina. Se presiente el esfuerzo de la respiración: la cavidad bucal escaldada; el fuelle de los pulmones consumido lentamente por el veneno del hidrocarburo. Todo a cambio de unas monedas: jornal diario que le permita mantener madre y hermanos, esposa e hijos; acaso, policías amenazantes y vicios inevitables.
No se ha dado cuenta, pero ya no está en el crucero sino a mitad del desierto, en la noche más profunda: arriba, la luna y las estrellas; a su alrededor, el aullido de los coyotes y el reptar de las serpientes. A lo lejos, se alzan las montañas en el horizonte.
El tragafuego ejecuta un ritual con el que vuelve a crear el Cosmos. Sopla el primer aliento de la creación. Una serpiente de fuego surge de sus labios…
Claxonazos, mentadas, silbatazos, enfrenones…
—¡Muévete, güey!
El tragafuego sale de su trance y mira a su alrededor. Por las cuatro esquinas lo rodean los coches y escucha los gritos.
—¿Qué no ves que ya cambió el semáforo?
¿Cuánto tiempo estuvo en trance? ¿Un minuto o mil años?
Los hombres modernos no entendieron que ese tragafuego era un espejismo, hasta que desapareció devorado por su propia serpiente en llamas.