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Ventana indiscreta: El guardián del gusto (y algo más)

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  • Jesús de León
  • 24-Agosto-2009
  • Quién no ha oído hablar del escritor de provincia que abandona su tierra por la incomprensión de sus paisanos. Yo pienso que es al revés: el escritor se tiene que ir por el exceso de comprensión de sus coterráneos. Si no lo entendieran lo dejarían en paz; es precisamente porque no les ha gustado lo que entendieron que despliegan todo el arsenal de sus fuerzas para conseguir que, cuanto antes, el busto de esa revelación de las letras adorne una plaza de la ciudad, como Acuña o Torri; es decir, que alcance la inmortalidad cuanto antes, de ser posible muriendo.

    • Foto: Miguel Sierra

    Yo vivía tranquilo en mi vieja casa de adobe dedicado a la especulación filosófica: meditaba, elucubraba y estaba a punto de sacar brillantes conclusiones. Un estruendoso tropel sacudió mi casa hasta los cimientos. Me asomé a la calle y presencié un desfile con indígenas tlaxcaltecas, soldados con armadura y ballesta, frailes… una reducción al absurdo de la iglesia de San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

    —¿Qué sucede? —pregunté a uno de los tlaxcaltecas, que resultó ser el solícito mesero de un conocido bar de la ciudad.

    —¡Cumplimos años! —me dijo—. ¿Pues en qué mundo vive?

    El tlaxcalteca siguió su camino. Y aquel tropel dejó la calle hecha un desastre. Me puse a meditar. ¿Habré vivido tanto tiempo equivocado? ¿Acaso no estoy en un páramo de adobe sino en una ciudad vital, pujante y despierta? Algo debe haber pasado en más de 400 años. Y he aquí que cometí la primera de muchas herejías en contra de mi equilibrio espiritual: compré un periódico para buscar con qué clase de eventos se conmemoraría la fundación del pueblo de indios de San Esteban. Habría conferencias, exposiciones y teatro. Elegí un evento al azar, pero no quedé satisfecho: acudí a otro y a otro y a otro. Hasta que llegó el momento en que fui presa de una violenta crisis de conciencia. Me vi convertido en un Diógenes saltillense dado a la tarea de buscar la cultura donde ésta pudiera encontrarse: en cafés, en cines, en bares, en los muros de los baños públicos…

    Acabé exponiendo mis angustias metafísicas ante los parroquianos de las peores cantinas. Merodeaba el sótano de los hombres acabados. No fue sino hasta que todos ellos, disfrazados de La Rondalla de Saltillo, me llevaron serenata una madrugada, que me di cuenta: ¡había llegado demasiado lejos! Pero eso no fue lo peor. Mi paso por los cafés y las peñas tampoco fue impune. De pronto comenzaron a tocar mi puerta los literatos deseosos de ser reconocidos, de que se hablara de ellos, de que se publicaran sus obras aunque nadie las leyera. Recorrían la ciudad de punta a cabo. Llegaban a las tres de la mañana, exhaustos, sudorosos, polvorientos. Había que cederles el paso, acostarlos en el sofá, velar sus pesadillas, contarles un cuento, prenderles el bóiler por la mañana y darles de desayunar; después, pasar en limpio sus textos, corregirles la sintaxis y el estilo, escuchar con paciencia sus proyectos… Todo para que los muy cretinos salieran con la consabida pregunta: “¿Verdad que soy sensacional?”.

    Decidí no recibirlos más, pero comenzaron a aparecer pintas en mi casa. Me apedreaban las ventanas. Metían por debajo de la puerta anónimos con tales errores de ortografía que inmediatamente delataban a sus inanes autores. El colmo fue cuando una enorme troca de ocho ruedas, cargada de cartas injuriosas, se estacionó en frente de mi casa impidiéndome salir. No pude más. A partir de ese momento comencé a urdir la venganza.

    Debido a esa circunstancia, decidí hacerme de un Crítico Literario. Ese fue el nombre que le di al gigantesco perro guardián que mantengo desde ese día encadenado en el patio de mi casa. Lo compré en una subasta en la Capital. Aunque su prestigio de crueldad había disminuido, lo vi en excelentes condiciones para enfrentar a las promesas literarias de La Urbe del Adobe.

    Este crítico literario, a diferencia de los críticos literarios humanos, no se limita a destruir textos, que es un trabajo cansado y al final de cuentas estéril, porque no ataca la raíz del problema: los autores. Mi perro guardián es más práctico: los hace pedazos directamente para que no sigan “creando”. Los puntos de ataque son las nalgas y las verijas: escriben con esas partes; no porque tengan derecho a hacerlo. A mi casa se invitaban solos; a la fiesta literaria igualmente nadie los convocó. Debo admitir, acariciando con ternura el lomo de Crítico Literario, que él me ha librado de muchas molestias.

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