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Sex and the City bajo la lente económica

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  • Federico Müller
  • 30-Junio-2008
  • “Las mujeres honradas y las ciudades felices no tienen historia”: Anónimo

    Más por compromiso que por deseos de ver la película, asistió aquel domingo a soportar estoicamente 145 minutos de estulticia cinematográfica estadounidense. Su acompañante, una fémina “open mind” (mente abierta) decidió mirar aquella cinta, argumentaba, porque había sido una fiel espectadora de la serie de televisión que halagó a muchos de los hogares norteamericanos entre 1998 y 2004, y que ahora era llevada a la pantalla grande por el director Michael King.

    “Las chicas están de regreso para continuar deleitándolos con sus relaciones, sus experiencias y sus ajetreadas vidas en la Gran Manzana”. Así describió una revista especializada (Grancinema, junio 2008) a las protagonistas de la película “Sex and the City”, que recientemente se exhibió en Saltillo.

    Sara Parker, Cintia Nixon, Kim Catrall y Kristian Davis, interpretaron a cuatro mujeres que representan fielmente el rol que le asigna el modelo económico neoliberal a la mujer moderna occidental: individualista y emancipada, “atributos” que el director del film disfrazó muy bien, manejándolos desde una perspectiva muy atrayente para ellas: amor, moda, sexualidad y soltería.

    Tal vez lo que más entusiasmó a las feministas “teóricas” mexicanas o recientemente autollamadas “luchadoras por la equidad de género”, haya sido cómo es que Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda, residentes en Nueva York, se abrieron paso en la vida con o sin o a pesar del varón, al que caricaturizan desde cuatro perfiles.

    Un mojigato esposo que hace confesiones de sus aventurillas extramaritales a su media naranja, un adinerado financiero madurito que lleva en sus espaldas dos fracasos matrimoniales, y a quien le aterra el glamur de una tercera ceremonia nupcial; un amante que se distingue por la práctica de la halterofilia, pero que no satisface plenamente a su pareja, y la expone por su constante abandono a las miradas sensuales de su vecino de departamento, y finalmente el hogareño gordito -el director le restringe su mediocre actuación a unos cuantos minutos en la escena-, que encarna al esposo sumiso y tierno, que se enorgullece de haber embarazado por segunda ocasión a la madre de sus críos.

    El toque arcoiris lo aporta una pareja de modistos muy coquetos, que festejan el advenimiento de un nuevo año con un beso cursi. Lejos de reconocer y valorar el papel de la mujer en la sociedad yanqui, y por extensión en todos los países capitalistas, la película denigra a la mujer, la confina a un mundo superfluo que se ciñe a los dictados de la moda.

    Ropa, calzado y finos accesorios ocupan la cabecita de las protagonistas, los diálogos entre éstas son frívolos y tediosos, sustituyen su pensar por el consumo desmedido e irracional, privilegian el sentimiento sobre el razonamiento. Con ello, el escritor y el director de “Sexo en la ciudad” aproximan temerariamente a la hembra a la concepción que tenía el filósofo alemán y misógino extremista Arthur Shopenhauer: “La mujer es un animal de cabellos largos y de ideas cortas”.

    En ocasiones, los grupos feministas nacionales se congratulan de haber cosechado éxitos gracias a las presiones que han ejercido en la vida política del país. Más mujeres ocupando escaños y curules en el Congreso de la Unión, más damitas presidiendo ministerios de Estado, etc.

    Sin embargo, no se debe confundir los logros políticos femeninos con la igualdad en la pareja, que lamentablemente no proviene de las luchas de corazones enjundiosos, como pueden ser los de las abanderadas feministas, sino de fuentes menos nobles. La mundialización económica ha influido, a través de los medios de comunicación, en la creación de ciudadanos estandarizados, hombres y mujeres de un pensamiento único, revestido de un materialismo expresado cotidianamente como un consumismo a rajatabla.

    La visión del director de esta película es deprimente y trasnochada; sigue atado a los obsoletos y rígidos esquemas anglosajones, provenientes de los primeros disidentes protestantes que llegaron de Europa, que adormecían su conciencia y justificaban su proceder mediante una convenenciera interpretación de la Biblia, creyéndose los ungidos que llegaban a colonizar una nueva tierra prometida, pero en América.

    Fuera de los WASP (White Anglo-Saxon Protestant), el resto de los mortales eran inferiores a ellos. Relacionar al afroamericano contemporáneo, que en la cinta se representó con la secretaria de Carrie, cuyo sueño se limitó a portar un bolso de marca, con el esclavo de los plantíos de algodón sureños del siglo XIX es absurdo, cuando es probable que el próximo inquilino de la Casa Blanca sea un hombre llamado Barack Obama.

sc

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