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SEMANARIO: reportaje / Equinoterapia: Salud a todo galope

El movimiento tridimensional de los caballos al galopar, es terapia pura para Ana Lucía, Mary Fer, Ignacio y Sebastián, quienes han mejorado sus habilidades psicomotoras con la equinoterapia

Por: Jesús Castro
10-Diciembre-2007 (00:00 a.m.)
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Ana Lucía pasa por sí sola las trancas que conducen al corral de los caballos para acercarse a Shamán, un hermoso ejemplar blanco que al fino contacto de los dedos de la pequeña, voltea amigable buscando una caricia más.

La niña alcanza a subirse “de costalito”, con la ayuda de su mamá Lucía Sánchez, quien observa desde el otro lado cómo Shamán avanza llevándose a su niña, que apenas hace un año ni siquiera caminaba.

Lucía platica que el nacimiento de la pequeña había significado una gran alegría para la familia, pero conforme crecía se daban cuenta que el desarrollo del bebé no era normal. “Yo veía que los hijos de otras personas caminaban al año, a más tardar al año y medio, pero Any ya tenía casi dos y no se sostenía solita”, platica.

Al llevar a la niña con especialistas, descubrieron que padecía un retraso psicomotor en las extremidades inferiores, lo que requería de terapias para estimular sus músculos. Desde ese momento sus padres comenzaron a llevarla a fisioterapia, pero los avances eran mínimos, al grado de que su madre se desesperaba al no observar cambios.

“Lo más que se logró fue que Any diera pasitos agarrada de la mano, no sostenía su cuerpo y a veces yo lloraba de desesperación”, comenta la madre. Empezó a buscar otras opciones, incluso llegó a llevarla a equinoterapia con Ponys, pero el avance seguía lento, hasta que por recomendación de un conocido descubrió la existencia de Equus, Centro de Hipoterapia A.C., ubicado en una quinta de Los Rodríguez, al norte de Saltillo.

Lucía hace una pausa en la plática y observa a su hija lanzar aros a algunos cestos, “y ahora mírela, a los tres meses de traerla aquí, comenzó a caminar, no me pregunte cómo, pero mi niña ya camina”, expresa conteniendo un poco la respiración y luego emitiendo un suspiro mientras se aferra a las trancas en espera de su bebé, que ya ha terminado la terapia.


La psicóloga Maricela Sánchez ayuda a otra niña a llegar hasta el caballo. Es María Fernanda, de diez años de edad y sus manitas tiemblan mientras su silla de ruedas sube por la rampa.

“Ahora le tiemblan de emoción, porque antes la niña se golpeaba sola, no tenía control de las manos”, cuenta su mamá Nancy Valdez.

Con mucho cuidado la paciente es acostada boca abajo sobre el lomo del caballo, es la única posición que puede adoptar, porque no tiene control de sus extremidades.

Padece el síndrome de Res, que es degenerativo, de tal manera que Mary Fer poco a poco ha ido perdiendo la fuerza de su cuerpo. Pero desde que inició la equinoterapia algunos problemas de la niña han tenido avances.

“Ella se auto agredía, se mordía mucho las manos, me mordía a mí, y siento que la terapia del caballo la ha tranquilizado, ya no se muerde, antes lloraba mucho, ahora ya está más tranquila”, dice Nancy.

Con poco más de dos año asistiendo a la equinoterapia, Mary Fer ha mejorado en su aparato digestivo, controla algunos de sus movimientos y ya no duerme tanto, pues antes pasaba largo tiempo inconsciente, al grado de que la tenían que subir dormida al caballo.

En un principio la niña no cooperaba, pero conforme fueron incorporando ejercicios y juegos sobre el caballo, la sonrisa que antes sólo de cuando en cuando se asomaba en el rostro de la paciente, se volvió una constante.

“Cuando veo un avance en ella, como que es la recompensa que espero a tanto sacrificio, ya le veo un cambio y me reconforta”, afirma Nancy, mientras recibe en brazos a Mary Fer.


“Atul, atul” dice Ignacio Javier haciendo referencia al color azul, que aprendió en la primaria donde cursa el primer año. Él repite la misma palabra cada que le hacen una pregunta, en ocasiones la cambia por “Teletón”, y sonríe enseñando dos ventanas entre sus dientes, producto de la muda de sus primeros caninos.

Nacho presenta rasgos de autismo y cuando llegó al centro ni siquiera levantaba la cabeza, era tímido y se rehusaba a obedecer órdenes. “No es ni por mucho el niño que llegó, antes se apartaba de todos, pero ahora es el más parlanchín” platica María Ramos, su madre.

“Arre, arre, camina cabao, camina”, dice el niño a su caballo, Prieto, le llaman los niños, aunque su verdadero nombre es Albur. Luego, cuando el animal comienza a avanzar, el chiquillo emite una carcajada que contagia a todos los presentes. Casi sabe sus ejercicios de memoria. Antes de que la terapeuta le indique, Nacho ya ha levantado las manos, estirado los brazos, hacia delante y hacia atrás.

El niño llegó a la equinoterapia hace un año con tres meses, su madre observó el cambio desde el principio, porque el primer día corrió a subirse con mucha naturalidad. Conforme avanza la terapia se nos explica que ahora Nacho presta mayor atención, sigue instrucciones, identifica colores y brinca, que era una actividad que tenía miedo realizar.

Por el camino, la psicóloga Maricela Sanchéz le va sacando plática, le estira los aros, lo reta a aventarlos fuerte, lo anima a platicar y lo logra, al grado de que aun bajándose del caballo, Nacho no deja de hablar. “Ni parece que tenga autismo”, comentan algunas mamás presentes.


Sobre la rampa han coincidido Nacho y Sebastián, a éste último le toca turno, pero espera mientras peina con un cepillo la crin de Prieto. “Este niño se volvió paciente, ya se domina, pero cuando llegó, ¡hacía unos berrinches!”, expresa la psicóloga.

Este dicho lo confirma la mamá del menor, Gabriela Peart, quien explica que el problema con su niño es la hiperactividad y la falta de manejo de las emociones. Por eso desde muy chiquito lo inscribió en cursos de natación y gimnasia, pero los resultados no eran los deseados.

“Cuando se enojaba, gritaba muy fuerte y se tapaba los oídos, no se podía controlar”, cuenta Gabriela, sin embargo, se enteró de la equinoterapia y lo trajo a las sesiones, a las que asiste desde hace tres meses.

Sebastián ahora es menos inquieto, ha aprendido a relajarse, han disminuido sus ataques de ira y ahora es de los mejores jinetes.


Todos los avances que han tenido estos niños no son fruto de la casualidad, ni producto de la magia. La psicóloga Marisela Sánchez Elizondo, encargada de Equus, y actual vicepresidente de la Asociación Nacional de Equinoterapia, explica que no se trata de subir a los niños al caballo, darle unas vueltas y ya.

“Si, el caballo es la figura principal en esta terapia, pero la verdad es que todo esto tienen un fundamento”, manifiesta la psicóloga, quien tiene maestría en educación especial y un postgrado en motricidad.

Manifiesta que está comprobado que el caballo tiene dentro de su biomecánica movimientos tridimensionales, adelante, atrás, arriba y abajo, que hace que las estimulación de los músculos del individuo que lo montan sean como una terapia, por eso el niño va ocupando diferentes posturas mientras el caballo avanza, dependiendo de las partes del cuerpo que hay que estimular.

En cuestión de motricidad, el masaje de ciertos músculos provoca estímulos que son enviados al cerebro, el que a base de repeticiones logra adquirir el conocimiento y a la vez, refuerza los músculos que requieren de tal o cual movimiento. “El movimiento que hace el caballo al caminar, hacen que la pelvis de quien lo monta se mueva exactamente de la misma forma que cuando vas caminando. Así el cerebro de los niños va adquiriendo la información de cómo se debe mover la pelvis cuando va caminando”, ejemplifica la psicóloga.

Dio a conocer que para que una persona pueda realizar un movimiento, se requiere mover alrededor de 40 músculos, por lo que dependiendo qué movimiento se quiera que el niño aprenda, se deben hacer ciertas combinaciones de posturas sobre el caballo.


Normalmente los niños son llevados a fisioterapias donde son obligados a hacer ejercicios, donde se les colocan compresas calientes y demas incomodidades.

En esta terapia, es el caballo quien por medio de su caminar empieza a estimular a los niños, como si fuera un masaje relajante en la espalda, las piernitas, los brazos, el cuello u otros partes del cuerpo. Además el corazón del animal tiene entre 110 y 130 pulsaciones por minuto y en vez de compresas se usa el calor natural del caballo.

“Nosotros tenemos alrededor de 36 grados, ellos tienen 38, pero cuando el caballo anda corriendo, aumenta su temperatura, entonces imagínese que es una compresa caliente que los niños están recibiendo junto con la estimulación”, explica la terapeuta.

Todo esto va acompañado de juegos con pelotas, aros, chistes, pláticas y retos, lo que hace divertida la terapia y a su vez, estimula a quienes tienen problemas de conducta e incluso, aunque este tipo de terapias no son de lenguaje, se ha logrado que niños que no hablaban, lo logren por medio de este tipo de estimulaciones.


Sin embargo, no cualquier niño es candidato a la equinoterapia, pues, dice la psicoterapeuta que para admitir a alguien primero se le solicita un diagnóstico donde un médico especialista certifique que el niño puede montar.

Una vez con el diagnóstico, ella misma procede a hacer un programa individual por cada menor, pues aunque padezcan la misma enfermedad, las necesidades son diferentes.

Se trabaja con un grupo multidisciplinario, donde hay un psicólogo, un fisiatra y un especialista en caballos. Se requiere de caballos sanos, un espacio de al menos 30 por 40 metros y el mantenimiento de los caballos, que en este caso son cuatro, todo esto es muy caro.

Maricela comenta que de los 40 niños que tiene, ella absorbe 9 becas, el resto han conseguido becas con donativos o realizan actividades para ayudar a quienes lo necesiten más.

“Yo no cobro por mis servicios profesionales, pero me gustaría seguir ayudando a niños de escasos recursos con problemas de discapacidad, por eso seguimos buscando becas y ahora ya estamos constituidos desde hace dos años en Asociación Civil, para recibir también apoyos como una ONG”, refiere la psicóloga.

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