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Semanario: Instinto y sexo

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  • Violetta Hetaira
  • 26-Octubre-2009

  • Cuando tenía quince años interpretaba el amor personificando a un hombre, ¡aja! Imaginaba que tendría ese personaje que acompañaría mis sueños, mis fantasías, era alto, algo fornido, fuerte, cabello largo, vestido de negro, con tatuajes que ocultaban toda su piel y montaba una motocicleta en la que pasaría por mi a la puerta de mi casa.

    Años más tarde y muchos hombres después (bueno también billetes) apareció mi fantasía, con todas las peculiaridades que exigía mi personita, bueno quitando que no tenia motocicleta, a cambio de eso un Tsuru blanco.

    Lo vi en una fiesta y de inmediato quise comerme ese pastelito, el destino me deleitaba con mis sueños de quinceañera, los hombres suelen ser tan predecibles y tan fáciles cuando se trata de sexo.

    Me bajé de la nube y fui a la realidad, unas cuantas cervezas, una buena charla, y mis habilidades de Violetta.

    No fue necesario establecer costos sino movernos sólo por los instintos, después de un par de horas sus labios ya estaban en los míos, sólo faltaba dar el siguiente paso, una mano en mi cuerpo y lo demás sería sólo cuestión de lugar.

    Su casa estaba a las orillas de la ciudad, al llegar me di cuenta de que era como tétrica, sola, recuerdo que era invierno y como estaba cerca de la sierra el frío se agudizaba.

    Creo que fue lo que nos hizo no poder separarnos en toda la noche para poder dormir desnudos con el calor de nuestros cuerpos. El sexo, a decir verdad ¡fue más que excelente!

    Lo mejor fue que por la mañana apareció un hombre de cabellos largos y brazos fuertes rodeándome el cuerpo, las fantasías del hombre siempre se vuelven armas para la mujer, un café, un buen desayuno y una excelente compañía.

    Quise recordar el nombre de mi querido amorcito pero lo olvide en uno de los besos, o talvez me lo quite junto con el sostén, o en esta ocasión no creo que el nombre de un personaje en mi larga lista sirva de mucho, pueden llamarlo como quieran.

    Yo sólo pensaba en que me comí el pastel más delicioso que estaba en mi perversa mente desde los quince, y que no importaba si no lo veía de nuevo, son de esas cosas que vives solo en momentos, que no piensas ¡nunca estoy segura de que voy a hacer al momento siguiente!

    Llegué a casa con una sonrisa en la cara, con Miss Pelvis satisfecha, y con mi fantasía hecha realidad, mi egoísmo no me permitió preguntarle como se sentía el, o si le había gustado o si querría volver a verme.

    El amor físico, el sexo es un instinto como el hambre y la sed, hay que saciarla para seguir vivos.

sc

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