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Semanario: Dos lectores inconformes

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  • Jesús de León
  • 26-Octubre-2009
    • Foto: Daniel Becerril

    El viejo piensa: “Desde que imprimen este periódico a colores, no lo leo igual: los editoriales nomás no me saben; los titulares no me llaman la atención; hasta la nota roja me parece aburrida. No sé qué les pasa a los periodistas: no son como en mis tiempos, en que hasta una mordida de perro podían convertirla en noticia de ocho columnas; ahora, ni aunque el señor mordiera al perro (tendría que comérselo crudo para que fuera noticia). La verdad no sé qué pensar. Salen con que la crisis en Honduras; que habrá más impuestos; que la inseguridad por todas partes; que el presidente declaró que… Marchas en la capital. Apagones en varias ciudades de la República. ¿Qué sentido o dirección tiene la vida? ¿Acaso es como una televisión sin control remoto? Cero encanto. Ya chole con el presidente y sus ministros. Todo el mundo sediento de desmadre. No voy a continuar. Igual y me estoy haciendo viejo, pero las noticias me gustaban más cuando se imprimían en sepia”.

    El niño piensa: “Ah, qué mi abuelo. No se le escapa nada. Apenas me iba a escabullir de la casa, cuando me paró en seco y me preguntó: ‘¿Pos a dónde, chamaco?’. Y yo de sonso que, sin pensar, le dije que iba a comprar una revista. El viejo, semblanteándome las intenciones, me dijo: ‘Nomás que no sea de encueradas, ¿eh?’. A mí las revistas de monitos me aburren y, si no hubiera sido por un amigo al que le gustan esas caricaturas japonesas llamadas ánimes, no me hubiera enterado que hay revistas de monitos donde salen muchachas encueradas y hasta haciendo el amor. Como son de monitos, a los vendedores no les importa y te las venden de todos modos, pero el viejo, aunque es medio miope, creo que se dio cuenta. A lo mejor todavía se acuerda de lo que es eso. Quise quitármelo de encima, diciéndole: ‘Si quiere deme y le traigo el periódico’. Y el abuelo se paró del sillón donde estaba viendo la tele y me dijo: ‘Mejor te acompaño: necesito caminar un poco’. Y cuando llegamos a la revistería, pues ni modo de pedir ese ánime de la mocosa de once años que asedia a su maestro. El viejo me dijo: ‘Bueno, igual y compra tu revista: yo te la invito’. Empezó a chochear con su ‘igual, igual’. Tuve que hacerme el tonto. Agarré ésta y me estoy poniendo una aburrida…”.

    El del puesto de revistas, quien desde el mostrador de su negocio ve del otro lado de la calle cómo el niño y el viejo se esfuerzan por leer, pero sin disimular las ganas de dormir, piensa: “¿Por qué estos dos no habrán venido por separado, como lo hacen siempre? Cuando vienen juntos siempre nunca compran lo que quieren. A cada uno le tengo apartado su ejemplar de la misma revista y, si llegan nuevos números, después no me los van a querer comprar. No, pues sí que hay lectores inconformes; pero igual y ni es culpa de uno”.

sc

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