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Semanario: Bacon, el crucificado

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  • Jesús R. Cedillo
  • 26-Octubre-2009
  • . El joven pintor que fue echado de su casa cuando su padre lo encontró, a los 16 años, modelando la ropa interior de su madre frente al espejo.


    Vivió 83 años. Demasiados, creo yo, tomando en cuenta su frágil condición física, una emperrada asma que le persiguió toda su vida y su involucramiento desde la más temprana edad de adolescente, en cuestiones homosexuales que a la postre fueron su virtud y su condena, su leitmotiv para pintar y crear; pero también su desgarrada existencia cotidiana, que dejó plasmada en sus poderosos cuadros.

    Su arte cruel, duro, sin concesiones, desgarrador la mayor parte del tiempo, le valió la siguiente crítica de Margaret Tachter, la ex primera Ministra británica: “(sus pinturas son) asquerosos trozos de carne.” Esos trozos asquerosos de carne, se cotizan en millones de euros al día de hoy y están en las más prestigiadas galerías del mundo y en manos de coleccionistas privados. Es el arte salido de la pluma, el pincel y los fantasmas de Francis Bacon (1909-1992), artista irlandés por nacimiento, pero de fuerte vena inglesa al formarse allí y no en otro lugar del mundo. En este 2009 se cumplen 100 años de su nacimiento.

    Las fotografías lo muestran con un rostro como si fuese un muégano retorcido. Ese dulce mexicano que lo mismo adquiere formas de momia, que de charro, pasando por toda una suerte de personajes que la imaginación puede dar y moldear al ver esos trozos de caramelo, endurecidos contra sí mismos. Las fotografías lo retratan vestido sobriamente, siempre en el caos bien organizado de su estudio. En uno de estos retratos que tengo del pintor Francis Bacon, este viste una cazadora de piel ceñida a su cuerpo. Sentado y viendo de frente a la inquisidora cámara fotográfica, asoman sus botas perfectamente lustradas. Mirada fiera, de águila, mientras sus manos se encuentran y se protegen una a otra. No es extraño que sus pies estén pisando algunas de sus obras que ahora son impagables.

    El taller de trabajo de Bacon era el caos y el desorden vivo. Se cuenta que el pintor solía desechar bastante de su trabajo previo o ya terminado, si este no le satisfacía. En cierta ocasión fue un electricista a realizar alguna reparación menor. Salió de la casa del pintor con un grueso legajo bajo el brazo con obras artísticas. Este se las había regalado por no mostrarse satisfecho con ellas. Décadas después, dichas piezas fueron subastadas alcanzando cifras estratosféricas.

    Fue tan mítico el Taller del artista y su caos y desorden artísticos, que éste fue donado por su heredero y último amante, John Edwards, al Museo Hugh Lane Municipal Gallery de Dublin. El taller donde trabajaba cotidianamente el artista fue desmontado y trasladado tal cual a dicho museo.

    Los que saben de escuelas y academias, han apuntado que la obra de Bacon goza de tres influencias identificables a largo de sus etapas como pintor: los trazos bien medidos del mejor Edvard Munch, los colores y tonalidades ya célebres de Vincent Van Gogh y la angustia asifixiante de Francisco de Goya. Asoma también Velázquez. Pero de todos es conocido que Bacon empezó una serie de dibujos y acuarelas (sus pinitos en serio) cuando visitó una exposición de Pablo Picasso.

    Damas y caballeros, la vida del pintor siempre estuvo en el límite. Si Thatcher lo crucificó al enderezarle que sus pinturas eran sólo “asquerosos trozos de carne”, no menos laceraciones, dolor y flagelo sufrió Bacon, cuando George Dyer, su amante, se suicidó con barbitúricos en 1971. Este tenía una relación “estable” con el artista desde 1964, cuando lo “conoció” robando su taller. A su joven amante John Edwards le heredaría sus bienes valorados, según cifras conservadoras, en 11 millones de libras.

    Pero, la tercera crucifixión ha quedado en la historia del arte: su tríptico “Tres estudios de figuras junto a una crucifixión”, es considerado uno de los cuadros más originales en la pintura del siglo XX. Otro tríptico pintado por él en 1976 fue pagado en 55 millones de euros. Y pensar que el joven pintor fue echado de su casa, cuando su padre lo encontró a los 16 años modelando la ropa interior de su madre frente al espejo. Bacon, el crucificado.

sc

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