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Tres cabezas piensan mejor que una, ¿Será?
Él dice:
¿Y qué esperaban? ¿Que los discípulos de doña Perpetua resultaran ser muy buenos maestros? ¿Qué sacaran calificaciones sobresalientes en los exámenes?
¡Pues qué ingenuos!: el magisterio nacional, prácticamente sin excepción, sólo sirve para una cosa: agarrar a todos sus miembros, hacerlos bolita y echarlos por el escusado. Claro, con el riesgo que ello implica para el escusado.
Ahora, eso no quiere decir que los maestros no sirvan para nada. Son sumamente eficientes, por ejemplo, para hacer puentes, para cobrar dobles y triples salarios sin trabajar, para inventar prestaciones y beneficiarse con eso, para manipular (a la alta escuela) los resultados electorales.
Pero no les podemos pedir mucho más. Sobre todo, no les podemos pedir que ofrezcan un servicio decente por sus servicios docentes. La carrera de maestro, ya lo dijo la jefa de jefes, no se estudia para contribuir a mejorar la calidad educativa del país, porque no tiene caso.
Pero tampoco se quejen mucho, ¿eh? Porque si no les gustara el servicio ya hubieran dejado de pagarlo.
Ella dice:
Lo mejor del sistema escolar mexicano son sin duda las vacaciones, porque es un tormento recibir lecciones de ética, civismo y español de los profes que integran al riquísimo sindicato dirigido por Elba Esther Gordillo.
Para muestra basta con ver a la dueña y señora del magisterio mexicano, quien reclama vacunas para combatir el virus de la “Influencia AHLNL”, ¿así o más deprimente? Es tragicómica la manera en que se maneja la educación en este país, sino pregúntenles a los niños que hacen las planas que les pone su maestra de la palabra ¡“maseta”!.
Estoy de acuerdo con la profe Gordillo, nos urge inocularnos, pero contra la estupidez que ha marcado el desempeño de los maestros mexicanos, que reprueban cuanto examen se les pone enfrente.
“Pero si hay buenos maestros”, dirán algunos. Seguro que sí, pero deben estar en franco peligro de extinción porque hace mucho tiempo que no me topo con esa rara especie.
Gay dice:
Podría hacer un compendio repleto de mala leche con historias alimentadas por el repudio que me han inspirado una par de maestros que se han cruzado por mi torcido camino, como aquél al que ni todo el poder, ni todo el dinero, ni una corte de aduladores le han podido borrar sus enormes orejas de burro. Pero no, hoy que me invade la cursilería, no quiero hablar de los malos, que abundan, sino de aquellos que con sólo abrir la boca convierten la clase en un enorme teatro, en una deliciosa película proyectada en la pared, en una declaración de libertad; esos maestros a los que vale la pena llamar maestros, ése que con sus palabras nos trae un rico olor a tierra mojada, a pólvora, a música y poesía, ése que nos enseñó a caminar orgullosos con un libro bajo el brazo. Ése que convirtió a la escuela en un lugar mágico y misterioso. Ese ser que nunca se quedará en la oscuridad, ese maestro del que nunca olvidaremos su nombre, ése que en época de profes reprobados, reivindica la profesión y nos regala un poco de esperanza.
sc