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Damas y caballeros: El existencialista

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  • Jesús R. Cedillo
  • 29-Junio-2009
  • ¿Qué encuentra el lector en los textos de Onetti? Vida. Eso que llamamos feliz y demencialmente vida.


    A pocos autores admiro tanto como al uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994). A pocos autores vuelvo recurrentemente en mis noches de lectura y desvelo. Cuando regreso a alguno de ellos, por lo general releo a Juan Carlos Onetti. Este año se cumplen 100 de su natalicio. El pretexto no puede ser mejor para leer y releer en las noches de insomnio o en los días pesados y lerdos por el calor estival, a Juan Carlos Onetti. Muchas ocasiones luego de releerlo, no sé si lo he disfrutado o bien, lo he padecido. Tal vez sean las dos cosas a la vez y sin contradicción de por medio.

    Leí a Onetti muy joven. Me impactó. Luego lo he releído y me sigue impactando y doliendo como en el primer día de su descubrimiento. Prefiguró en Iberoamérica lo que luego se ha considerado como una literatura “existencialista.” Camisa de fuerza que sólo sirve para tasar en una balanza académica al autor de El pozo, pero lo cual jamás definirá ni mucho menos valorará en su justa medida la literatura producida por el nacido en Uruguay y posteriormente exiliado en Buenos Aires, Argentina para luego avecindarse en Madrid, España y ver llegar la muerte.

    Lugar común: su mítica ciudad llamada Santa María (una especie de conciliación entre Montevideo y Buenos Aires) anticipa y prefigura a Macando de Gabriel García Márquez o Comala, de Juan Rulfo. Más allá, la Cacania, de Musil. El universo onettiano encontrará entonces carta de residencia en esta ciudad mítica, anclada ya en la leyenda. Al respecto, el propio Onetti confesaría a Omar Prego en una entrevista: “Yo tenía el deseo de no estar en Buenos Aires, de venirme a Montevideo. Y al mismo tiempo sabía que no podía hacerlo, por razones económicas. Pero también era consciente de que me era imposible situar mi novela en Montevideo, por falta de información. Entonces busqué un “intermezzo”, el recuerdo de un viaje que hice a la provincia de ‘Entre Ríos.’ Allí estuve dos o tres días en Paraná, que tiene una rambla, como Santa María. En ese tiempo dos ferry-boats la unían con Santa Fe”.

    ¿Qué encuentra el lector en los textos de Onetti? Vida. Eso que llamamos feliz y demencialmente vida. Un espacio de tiempo, geografía y ritmo vital anudado a las sombras, a la nostalgia y a la desolación funesta que compartimos los seres humanos en la soledad de las ciudades, lo que mejor se conoce como vida. Los personajes de Juan Carlos Onetti transitan por sus libros muy a pesar de sí mismos. Andan y anidan entre la oscuridad reinante del papel que los retiene y los condena, porque así es la oscuridad reinante del mundo “real” que nos condena por siempre.

    En uno de sus relatos, el narrador dice, acaso forzado a decirlo y repetir la frase eternamente: “Nadie, nadie puede saber cómo ni por qué empezó está historia.” Tan triste como ella, La vida breve, El astillero y Juntacadáveres son los libros de Onetti que retan acusadores a sus lectores que, hastiados del mundo como él, buscamos la reclusión en un hotel de poca monta, en una pensión húmeda y maloliente, nos instalamos con una botella de whisky y preferimos la luz filtrada por una manta fría y deshilachada, que el salir a la calle y recibir los vapores de la ciudad que a todos hieren.

    Juan José Saer ha escrito a propósito de Onetti: “Como los de Arlt, los personajes de Onetti inducen el mal con la clásica provocación desgarrada de los moralistas, y como Faulkner, Onetti crea su propio territorio imaginario; pero a diferencia de uno y otro, esos elementos constitutivos de su narrativa son únicamente puntos de partida en ella”.

    Tiene razón el crítico argentino: los personajes de Onetti deambulan en un mundo desolado, nostálgico y violento, como personajes a la vez de un tango triste y mal afinado con un final más que infeliz. En el mundo asfixiante de los textos del uruguayo que se exilió en Madrid, los actores quieren y juegan a ser siempre “otro”, en una especie de viaje iniciático, perpetuo, interminable, hasta el límite de la demencia o la descomposición, que para el caso es lo mismo.

    Se lee en un relato de Onetti: “…el doctor Baldi no fue capaz de saltar un día sobre la cubierta de una barcaza, pesada de bolsas o maderas. Porque no había aceptado que la vida es lo que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles ni hombres sensatos…” La mediocridad compartida no es cosa de Onetti. Eso es propio para burócratas, oficinistas, empleados y señores.

    Damas y caballeros, a Juan Carlos Onetti se le concedió el Premio Cervantes en 1980. Un año antes, en 1979, se le había concedido el Premio de la Crítica en España por su libro Dejemos hablar al viento, que fue votado por la crítica especializada como el mejor libro publicado en dicho año. Premios que nada dicen sobre una condición fundamental de sus textos: su desolación es nuestra desolación; la lluvia menuda, gris, opaca que cae en sus cuentos, es la lluvia que nos agobia en las tardes, las mismas tardes acaso que se ven pasar en Santa María, la ciudad angustiosa de Juan Carlos Onetti.

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