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Damas y caballeros: El bebedor de ajenjo

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  • Jesús R. Cedillo
  • 24-Agosto-2009
  • Hubo un artista, un pintor francés, al cual se le ubica como “impresionista”, Edgar Degas (1834-1917), del cual en este 2009 se cumplen 175 años de su nacimientoo. Su escultura “La petite danseuse de quatorze ans”, fue vendida recientemente en Londres por 19 millones de dólares.


    Tengo el cuadro clavado en mis ojos y en mi pálida memoria. Acodada en una mesa de un café de lánguido escenario, una mujer otea el horizonte que no va más allá de sus narices. La mirada perdida, extraviada en el tráfago cotidiano de la existencia. Ropajes en decadencia. Huesudas las manos, una especie de tocado en su cabeza recoge su cabello, acaso alborotado por las ideas.

    La mujer tiene una mano –la derecha– tratando de cubrir su hombro, como si quisiera darse protección a sí misma. La mano izquierda–larga, huesuda, dedos afilados– apenas sostiene su cabeza y su barbilla. Acodada, la anémica y deprimida mujer contempla su vaso, su copa, donde se fermenta en silencio una bebida verde, opaca, espesa. La bebida es el ajenjo y el cuadro de Picasso se titula “La bebedora de ajenjo.”

    El cuadro lo conocí cuando tenía alrededor de 20 años. Era la portada de un librito, el cual contenía una sola narración: “El artista del hambre”, aunque también se le conoce como “El ayunador.” La narración es de otro genio: Franz Kafka. El cuento del checo: un deslumbramiento. La pintura de Picasso: tatuada en mi memoria.

    Corrían los siglos XIX y principios del XX en Europa. Pintores y escritores se entregaban en brazos de una bebida, la cual luego sería prohibida: el ajenjo, la absinthe, la llamada “hada verde.” Sus efectos alucinógenos seducirían a todos: Toulouse-Lautrec, Van Gogh –cuenta la leyenda de su mítico corte de oreja para entregársela a una prostituta, el cual fue bajo los efectos del ajenjo–, Gaudí, Rimbaud, Verlaine, Hemingway, el dandy inglés Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Rubén Darío, Manet, Edgar Degas… la nómina es amplia y el espacio corto.

    El “hada verde” provocaba visiones insospechadas, las cuales conducían al cielo o al infierno. Wilde escribiría: “Una copa de ajenjo es lo más poético del mundo. ¿Cuál es la diferencia entre un vaso de ajenjo y una puesta de sol?” El padre del modernismo en América, Rubén Darío, dejó por escrito: “París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Café Plombier, buenos y decididos muchachos... sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba.” Presa del alcoholismo, Darío dejó su mejor prosa en El pájaro azul y su vida en las copas de generoso licor.

    La visión se multiplica: Van Gogh, atribulado hasta la muerte, tituló uno de sus cuadros menos celebrados “El vaso de absentha.” El artista no sólo retrató la realidad despiadada de algún café parisino, Van Gogh otorgó nobleza a un mísero vaso de licor en el cual se adivina un líquido amarillo-verdoso, el cual está a medio consumir. A su lado, una jarra de agua trata de equilibrar la escena, la cual es arrebatada a una mesa desportillada.

    El tema es recurrente en la obra plástica y literaria de los anteriores artistas arriba nombrados. Y este largo y torpe liminar viene a cuento porque hubo un artista más, un pintor francés, al cual se le ubica como “impresionista”, Edgar Degas (1834-1917), del cual en este 2009 se cumplen 175 años de su nacimiento, quien pintó hacia 1876 el cuadro “La absentha” (Museo de Orsay, París).

    Damas y caballeros, en el cuadro de Degas, una prostituta y un mendigo se encuentran en un café parisino bajo una aureola de pesadez común: beben ajenjo y su mirada se muestra perdida, lejana. Están vestidos y retratados minuciosamente por un pintor que introduce al espectador en la escena. Pero, no menos conocidos sus cuadros con series temáticas como las bailarinas o mujeres en o después del baño (enjuagándose, bañándose o secándose). La mujer, se advierte a través de toda su obra plástica, su idea y presencia pictórica, es ubicua y sintomática.

    En este año de 2009, su escultura “La petite danseuse de quatorze ans”, fue vendida en Londres en una subasta, por 19 millones de dólares, el mayor precio pagado jamás por una escultura de un impresionista francés. Edgar Degas –como muchos otros genios, pienso en Van Gogh a vuela pluma– moriría en 1917, sumido en la soledad y la pobreza.

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