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A pesar de que Coahuila es el principal productor de candelilla, orégano y lechuguilla, dejan morir el único centro de investigación que existía para el mejoramiento de zonas áridas
Fue el centro pionero en el estudio de especies del semidesierto económicamente importantes en el noreste de México y el primer campo experimental enfocado a la investigación de las zonas áridas en todo el país.
Fundado hace casi 50 años, este laboratorio de cerca de mil hectáraes llegó a contar con una plantilla laboral de más de 45 empleados entre investigadores, técnicos y auxiliares de campo, que trabajaron en múltiples proyectos de aprovechamiento sustentable de la flora del desierto.
Durante sus años de mayor gloria esta unidad forestal, que depende del Instituto Nacional de Investigacines Forestales, Agrícolas y Pecuarias, vio desfilar por sus instalaciones a renombrados científicos provenientes de países como Chile, Perú, Argentina, Corea, Japón y Estados Unidos.
Hoy, de esta institución, que hiciera grandes aportaciones a la domesticación, explotación y conservación de plantas como la lechuguilla, el nopal, el orégano, la candelilla, el maguey, el mezquite y diversas clases de pastos, no quedan más que ruinas.
Un recorrido efectuado por Semanario en esta centro de investigación conocido con el nombre de Campo Experimental de Zonas Áridas “La Sauceda” y ubicado en Ramos Arizpe a unos 95 kilómetros de Saltilllo, revela el estado de abandono en que se encuentra esta unidad forestal, establecida en 1961 por el experto en zonas áridas José Ángel de la Cruz Campa, ante la necesidad de estudiar los recursos renovables del desierto.
Y es que, pese a que Coahuila se ostenta como líder en la producción de cerote de candelilla y fibra de lechuguilla a nivel nacional, las autoridades federales han retirado el presupuesto que antes aseguraba el funcionamiento y mantenimiento de este laboratorio, clave para el desarollo económico de las comunidades que habitan en las zonas áridas.
Sólo quedó el desierto
Hace una tarde caliente y polvorienta en el Campo Experimental “La Sauceda“, al que hemos arribado por un camino de terracería bordeado de maleza y vegetación muerta y trazado a orillas de la carretera que une a los poblados de Hipólito y Paredón.
Al extremo derecho del acceso principal, que está resguardado por una puerta tubular, hay una barda que al parecer fue retocada no hace mucho con pintura blanca y en la que además luce un letrero, también nuevo, con el nombre del sitio y las siglas INIFAP.
A través de una rendija que se forma entre la puerta y el bajo muro de piedra que la sostiene, es que penetramos en el predio, en torno al cual se abre a la vista un larga brecha a cuyos lados se aprecia un monte plagado de maleza y en algunos tramos por hileras de maguey, nopal y mezquite, cuyo estado reflejan la devastación del lugar.
A lo lejos se observa además un complejo de construcciones que dan la apariencia de bodegas o almacenes abandonados.
Perece que nadie vigila este sitio en el que a ratos se escucha el murmullo del viento, el crepitar de los saltamontes o el canto lejano de los pájaros.
Con el sol a plomo avanzamos por esta brecha, en medio del paisaje de hierbas secas y ramales, sobre el que se alzan algunas palmas, uno que otro ecualipto o pinabete del que salen a nuestro encuentro una pareja de águilas, que según parece han hecho su nido en este paraje solitario.
En los márgenes del camino se aprecian también lo que en el pasado fueron lotes de exprimentación de nopal, y más allá extensas superficies de tierra barbechada sin sembrar.
Después de haber caminado casi un kilómetro y medio, nos topamos al final de la brecha con las instalaciones de lo que hace más de dos décadas, fuera el Campo Exprimental “La Sauceda”.
Se trata de un conjunto de edificios cercados con una malla ciclónica cerrada con un candado y una cadena oxidada.
Por otra rendija, que separa al suelo de la cerca, nos internamos dentro de esta propiedad, en cuya parte trasera se ve el chasís de un viejo tractor que junto con los restos de una máquina plantadora de árboles, se halla protegido por un toldo de láminas y troncos que hace tiempo se vino abajo.
A través de los vidrios rotos, asomamos por las ventanas rectangulares de una contrucción que luce llena de tierra, telas de araña y basura, de entre la que apenas se distingue un escritorio y clavado a la pared un pizarrón verde.
Por los orificios de un portón a los que se halla sujeta otra cadena asegurada con un candado, se ve el interior del auditorio que muestra a contra luz la silueta de otro tractor, varias mesas y cajas de archivo.
A un costado de un bodegón de altos muros, quedan los restos de un invernadero con techos de cristal, por cuya entrada sin puerta nos colamos.
Dentro de este inmueble se ven regadas por el suelo o colocadas sobre barras de concreto, decenas de plantas marchitas que en otro tiempo fueron sembradas en bolsas de polietileno, que aún llevan pegadas etiquetas con inscripciones ilegibles.
Rumbo a la puerta principal del predio se divisan también las ruinas de un vivero, cuya estructura de troncos de madera y malla sombra vencidas por los años, alberga otro cúmulo de plantas secas sembradas en bolsas de hule y regadas por el piso.
La mayoría de estas macetas se hallan cubiertas ya de maleza, polvo y telerañas.
En dos naves que seguramente fueron adaptadas como dormitorios para los investigadores del campo experimental, es posible observar todavía colchones, sábanas, clósets y cómodas cubiertas de polvo.
El recorrido termina en un inmueble de techos y paredes derruidas, que parece haber sido la casa de los peones de “La Sauceda “ y que ahora se ha convertido en guarida de murciélagos y ratas de campo.
No hay dinero: Inifap
Son las palabras de Gustavo Javier Lara Guajardo, director estatal del INIFAP en Coahuila, cuando se le cuestiona el abandono en que las autoridades federales han mantenido al Campo Experimental de Zonas Áridas “La Sauceda”.
“Es que antes al Instituto le llegaba ‘ten este presupuesto para que hagas investigación’, ahorita no. Sería importante que se reactivara, pero para eso se necesita dinero. Gente y plazas nuevas, no hay.
“Cuando había dinero se contrató investigadores. se adquirieron vehículos e infraestrutura, se construyeron almacenes, casas muy rústicas para los invstigadores que se iban a vivir allá de lunes a viernes”.
Con todo y que según datos de la Comisón Nacional Forestal, de las mil 500 tonenadas anuales de cera de candelilla que se producen en México, entre 800 y mil toneladas provienen de Coahuila.
“En este campo se desarollaron principalmente líneas de investigación encaminadas a tratar de domesticar las especies económicamente importantes del semidesierto, las que utiliza la gente para obtener un ingreso extra. Estamos hablando de la lechuguila, la candelilla, la gobernadora, el mezquite, las acáceas, las leñas, especies medicinales como el hojasén, el orégano.
“Lo que hicimos, por ejemplo, fue tratar de investigar cómo seguir aprovechando esos recursos de una manera sustentable. Si íbamos a aprovechar la candelilla para la extracción de cera, que fuera con un método no destructivo que a la vuelta de dos, tres años nos permitiera volver a ese lugar a seguir explotándolo...”, explica Lara Guajardo.
Los investigadores de este campo experimental incursionarían después en la domesticación o cultivo de especies naturales como el guayule, la palma samandoca, el sotol, el nopal, el mezquite, la sábila y algunas cactáceas.
“Nosotros teníamos que llevar esa información y esa tecnología al productor, que el productor se diera cuenta, que avalara si le servía, si realmente funcionaba.
“Era poner a disposición de los productores de bajos recursos tecnología para que tuvieran mejores productos, mejor calidad de vida y variedades o materiales con los que puedieran tener un ingreso extra”.
Pero este Campo Experimental, que recibió a investigadores y estudiantes de todas las universidades forestales del país, y que además firmó convenios de colaboración con entidades internacionales como la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), poco a poco se extingiuó.
“En 1984, por ejemplo, se firmó un convenio con el Centro de Investigación Integral para el Desarrollo de América Latina, en Canadá, que se trataba de la operación de Módulos de Producción Rural, donde se mostraba a los campesinos de la región las alternativas que el campo experimental había desarrollado para la producción de nopal, maguey, lechuguilla, candelilla, pastos, arbustos forrajeros, maíz y frijol para zonas áridas”.
“Ahorita el campo experimental lo utlizamos más que todo como un área de reserva de aquellas variedades o de aquellos materiales sobresalientes, que nosotros sacamos de ahí y vamos a probar a otros lados”.
¿Políticas áridas?
Semanario buscó al investigador José Ángel de la Cruz Campa, especialista en zonas áridas y a quien en 1961 el entonces Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, (INIF), encomendó la creación de un campo experimental que apoyara la producción de especies de la región.
“Tú pones en manos de los políticos los proyectos y no les hacen caso, no les interesa. En el desierto no tenemos cosas grandes, hay que esperar mucho tiempo para transferir tecnologías.
“El abandono de los campos experimentales es un problema nacional y el país no va a prosperar jamás si cada sexenio vienen los cambios sin procurar continuidad a lo que sirvió en el pasado, estamos muertos, hundidos si no hay continuidad”, lamentó.
Y habló así de la extinción de este tipo de laboratorios, que han contribuido al aprovechamiento sustentable de los ecosistemas y la conservación de la vida silvestre.
“Si están desaparecidos los pastizales que se convertían en ganado, ¿dónde está el alimento de la gente?.
“Por eso es necesario que se declare emergencia nacional, para poder restaurar los recursos naturales que signifcaban comida para el pueblo mexicano”.
Eran los albores de la década de los sesentas, De la Cruz Campa había sido contratado por el INIF para la realizacón de un diagnóstico sobre el Desierto Chihuahuense, que más tarde resultaría en la publicación de un libro titulado Estudio Ecológico y Gastronómico de las Zonas Áridas y un proyecto que planteaba la creación de un campo experimental enfocado a la investigación de plantas desérticas.
“En ‘La Sauceda’ nació la investigación del desierto y el primer cultivo de candelilla. Tuvimos éxito, llegamos a meter hasta ganado en el campo experimental, que no era de nosotros, era ganado de los ejidos, ‘aprovechen la comida que nosotros sacamos con esos experimentos’, les decíamos”.
“Entonces las necesidades de la gente giraban en función de su entorno y por eso buscamos que lo que íbamos a producir ahí sirviera para que ellos vivieran y creo que lo logramos, les poníamos nopales, pastos...”.
En pocos años, esta unidad forestal se convirtió en importante centro de estudio de las zonas áridas y un atractivo para destacados científicos del Primer Mundo. Por sus instalaciones desfilaron investigadores y autoridades de países como Chile, Parú, Argentina, Corea, Japón y Estados Unidos.
“Muy humilde el campo, eran trabajos muy sencillos, muy burdos, pero eficientes. Eran experimentos muy prácticos que entendían los campesinos”.
De este centrro de investigación, que significó una de las experiencias profesionales más grandes para el experto José Ángel de la Cruz, no quedan más que ruinas.
“Fue el fundamento más importante de mi vida, lo que que me permitió dar pasos certeros en bien del país, y es la experiencia más hermosa que he tenido”, dijo.
Se quedó solo
José Manuel Espinoza Duque, así se llama el útlimo hombre que hasta diciembre pasado trabajó como peón en el Campo Experimental “La Sauceda”.
33 años de su vida transcurrieron aquí, manejando una pipa con la que acarreaba el agua para el vivero; plantando semillas que recolectaba en el monte y preparando la tierra para la siembra a bordo de un tractor.
“Pero hace como 20 años empezó a disminuir el trabajo aquí, porque el Gobierno ya no daba presupuesto. Primero se hacían muchos experimentos, había como unos 20 ingenieros, pero los fueron sacando porque ya no tenían lana para pagarles a todos. Fueron dejando el Campo y ahora ya se quedó solo de a tiro, los que quedábamos nos acabamos de jubilar”.
En 1976, José Manuel y otros 34 agricultores de los ejidos Cosme y Ojito, comunidades aledañas a “La Sauceda”, fueron reclutados como auxiliares de campo de este centro de investigación.
Aquí, junto con sus compañeros, José aprendió las labores de reforestación de candelilla, lechuguilla, orégano, nopal, maguey, pino, pastos y otras plantas.
“A los campesinos de los ejidos se les hacían reuniones para explicarles cómo sembrar nopal, lechuguilla, candelilla. Juntaban a los ejidos de alrededor: La Tortugas, San Miguel, Tanque Sauceda, Hipólito, el que quisiera venir a las juntas y aquí se les daba de comer.
“Sería muy bueno que volviera a funcionar porque ayudaba mucho a los ejidtarios, sobre todo los orientaba, hasta en cómo sacar sus permisos para explotar estas plantas del desierto”.
Hoy nomás –dice José Manuel– los recuerdos quedan: “Estaba muy bonito, mucho pastizal, praderas grandes de zacate...”.
Pan del desierto
Todos los días Martín Eguía Torres se levanta a las 6:00 de la mañana, ensilla su burro y recorre la orilla de la Sierra de Paila hasta cinco kilómetros, para buscar el sustento de su familia que es la candelilla.
Él es uno de los cerca de 3 mil 500 agricultores que en Coahuila se dedican a la quema de esta planta para la produccción de cera.
Siendo muy niño, Martín heredó de sus padres y abuelos el secreto de este oficio que hoy combina con la talla de lechuguilla y la siembra de maíz y frijol.
“Nosotros hemos aprendido de las gentes mayores que eran candelilleros viejos y ahí nos íbamos enseñando con ellos”.
La tecnología que aprendió de sus antepasados, de hervir la candelilla en una paila con agua y ácido sulfúrico, le basta para producir entre 60 y 80 kilos de cerote por semana.
Pero la historia se repite: un mal día viene el coyote y le paga por cada kilo de cera no más de 37 pesos, salario – se duele– que no se compara con las horas que invierte en el monte cortando la candelilla bajo el sol ardiente y luego quemándola entre vapores de ácido sulfúrico.
“Nada más saca uno para mal comer, ni pa un pantalón chingao, no está fácil”.
Olvidadas las zonas áridas
Aunado a este panorrama, las zonas áridas representan hoy por hoy el sector menos favorecido por las autoridades en la asignación de recusos para proyectos de investigación, que contribuyan al desarrollo de las comunidades del semidesierto.
Así lo revela Gustavo Javier Lara Guajardo, director de INIFAP en Coahuila:
“Nos han dicho ‘es que hay áreas muy descuidadas’, como en el caso de lo forestal en las zonas áridas, pues sí están descuidadas, pero no porque el INIFAP no le pone interés, están descuidadas porque son pocas las instituciones que le apuestan a la investigación de las zonas áridas...”.
Y advierte que el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias no cuenta con recursos para financiar este tipo de proyectos, por lo que sus investigadores deben concursar para obtener fondos de las convocatorias que emiten entidades como el Conacyt, la Conafor, Profauna y Fundación Produce.
“El Instituto no tiene dinero para financiar investigación, tenemos que vender proyectos y aún así las bolsas que manejan estas instituciones no son suficientes”.
Una voz en el desierto
“Falta un apoyo, algo que nos aliviane, porque está canijo. Esto es para que vea el Gobierno lo que andamos sufriendo y que no estén nada más sentados en el escritorio”.
Francisco González Martínez, comisariado de Hipólito, anade:
“¡Qué te pasa!, eso de tallar lechuguilla es un martirio, pero el hambre lo hace a uno. Ojalá y que abrieran ese Campo como una fuente de trabajo para nosotros”.
Martín Barrientos Zúñiga, habitante del Ejido San Miguel de Ramos Arizpe:
“El Campo Experimental siempre fue muy importante para las investigaciones que permitieron la transferencia de tecnología. Los campesinos son el pilar para que Coahuila sea el primer lugar en la producción de cera de candelilla, en la producción de lechuguilla y el segundo en orégano. Por eso cualquier institución que sirva para la investigación hay que seguirla apoyando”.
Francisco Mancillas Barbosa, subgerente operativo de la Conafor en Coahuila.
“Lamentablemente este centro de investigación ha ido a menos, y para nosotros ha representado no tener esa posibilidad de llevar a los muchachos que estamos formando aquí como técnicos forestales, para que vean ese tipo de investigaciones tan importantes y tan necesarias para todos los pobladores y los productores de las zonas del semidesierto. Qué lamentable que las autoridades no hayan apoyado a este centro tan importante de investigación”.
Roberto Valdés Dávila, director del Centro de Educación y Capacitación Forestal, número 3 de Saltillo.
“Es el resultado de una política nacional, no es resultado, digamos, de la apatía, sino consideraciones de presupuestos y de políticas gubernamentales. No solamente era la candelilla, la lechuguilla, el mezquite, el maguey, eran también pastizales y ese recurso no tiene un sector tutelar que vele por ellos, a pesar de su importancia económica y social, por ser el sustento de la ganadería extensiva para todo el norte de México”.
Alejandro Zárate, jefe del departamento Forestal de la Narro.