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Relatos nuestros: La dama de los tacones

Las tradiciones familiares mexicanas son estrictas. Una regla no escrita obligaba a por lo menos una de las hijas a quedarse junto a los padres en su vejez.

Por: Karla Garza
25-Julio-2008 (04:00 a.m.)
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Ese era quizá el caso de “La Taconera”, quien habiendo ya alcanzado una edad madura, permanecía junto a su madre, quien rondaba los 90 años, por su delicado estado de salud.

Nadie recuerda el nombre de aquella dama, que según la leyenda que recorre aún las calles del Centro Histórico, vivió en una modesta casa de la calle del Camposanto (hoy Juárez).

No tuvo nunca un prometido, pero por el día en el pueblo se murmuraba sobre lo que se escuchaba de noche: sus tacones, bajando la calle entera hasta donde terminaba el cuadro urbano y comenzaban los establos y algunas casas de adobe detrás del Ateneo Fuente.

Se decía que engalanada acudía hasta allí para visitar al hombre con quien sostenía un romance. Las calles en absoluto sosiego al caer la noche amplificaban el sonido de sus pasos. “Ahí va La Taconera”, solían decir las vecinas que alcanzaban a escucharla en su diario recorrido nocturno.

Su madre sufría por las habladurías. Algunos vecinos estaban seguros de que su hija la descuidaba, olvidándose a veces incluso de alimentarla, por lo que le recriminaban su irresponsabilidad.

Una noche, al regresar de su encuentro romántico, la joven encontró muerta a la anciana. Lo grave —sobre todo para la época— fue que la muerte la sorprendiera en absoluta soledad, sin ningún familiar a quien dar una  última bendición y sin un sacerdote que diera soporte espiritual a sus últimos momentos.

Y esa fue la causa de la gran culpa que pesó sobre la joven. No volvió a salir por las noches en busca de su amado. Cuentan que el arrepentimiento no la dejó vivir más y finalmente murió de pena.

Meses después los vecinos del barrio volvieron a saber de ella.
Muchos aseguraban ver su silueta esfumarse en el mismo recorrido que hacía para llegar a la casa de su amado. Otros afirmaban escuchar por las noches el paso marcado de sus tacones.

Los testimonios abundan a lo largo de todo el camino que tantas noches siguiera “La Taconera”: de la calle del Camposanto al poniente, doblando en la calle del Reloj (hoy Bravo), hacia el norte por Hidalgo, hasta el campo del Ateneo.

Quienes intentaban seguir el sonido de sus tacones no los alcanzaban nunca. Y aun más curiosa es la afirmación popular de que quienes caminan en sentido contrario no escuchan nada.

Más de 60 años han transcurrido, pero aún hoy, vecinos de las calles Juárez y Bravo, aseguran escuchar por la madrugada el misterioso taconeo.

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