Relatos nuestros: El paso del coronel Palacios
Atardecía sobre la tierra aún caliente del camino. Ese verano la sequía se posaba a diario sobre las cabezas. No era distinto esa tarde de julio de 1872, cuando a la entrada de la ciudad empezaron a aparecer las tropas del coronel Miguel Palacios.
Por: Karla Garza22-Julio-2008 (04:01 a.m.)

Su regimiento, sucio y sudoroso, se detuvo a su orden en la Plaza de las Carretas (espacio en la actual calle Bolívar que servía como paradero a los comerciantes de leña, carbón, forrajes y otras mercancías).
Allí, donde arrancaba la calle del Huizache (hoy calle Morelos), un carretero descansaba, ajeno al barullo que había formado la entrada del regimiento hasta que la severa voz del coronel lo mandó llamar sin delicadezas.
El hombre se levantó de inmediato y se acercó en actitud diligente. El general le preguntó si conocía algún sitio para alojarse con todo y su tropa.
—Baja usted por la calle del Huizache, cuando se divide siga a mano izquierda por la de Landín (hoy calle Allende Sur), hasta la pila de la Vaca y adelantito está el Mesón del Huizache, ahí hay muchos cuartos y un corral grande.
El coronel se dio la vuelta sin dar las gracias y la caballería se puso en marcha detrás de él, calle abajo. En cuestión de minutos estaban en el Mesón del Huizache. Don Esteban Múzquiz, propietario del negocio, saboreaba su merienda en la tranquilidad de su despacho.
Afuera de la posada, el general, sin desmontar su caballo, ordenaba que todos los huéspedes y trabajadores del lugar fueran desalojados. Hombres, mujeres, animales y el mismo mesonero salieron del lugar sin resistencia.
El encargado de la posada fue a avisar a don Esteban lo ocurrido. Don Esteban terminó pensativo su pocillo de chocolate, terminó de vestirse con la formalidad de saco y bombín que acostumbraba, fue a su biblioteca por un ejemplar de la Constitución de 1857 y se dirigió a la posada.
Al intentar entrar los centinelas le cortaron el paso en seco. Don Esteban explicó al cuerpo de guardia que quería hablar con el coronel y un oficial finalmente lo guió hasta la habitación que ocupaba, donde según la historia, tuvo lugar el siguiente diálogo:
—¿Qué se le ofrece?— preguntó hostilmente el general, sin descansar los dientes ni despegar las manos de su plato de frijoles rancheros con huevo.
—Nada más que servirle, coronel. Soy Esteban Múzquiz, humilde servidor y propietario de esta finca que ha tenido a bien tomar para alojamiento de su tropa—. Y como la Constitución señala —decía don Esteban abriendo el libro en el artículo 27— que la propiedad de las personas no puede ser ocupada sin su consentimiento, sino por causa de utilidad pública y previa indemnización…
—¡Capitán Olaguíbel!— Gritó el coronel sin dejar concluir a don Esteban
—A sus órdenes, mi coronel— respondió el oficial.
—¡Ponga a este señor de patitas en la calle!
—Pero, coronel… alcanzó apenas a suplicar don Esteban.
Amenazante y agresivo el coronel se acercó a él:
—¿Sabe usted para qué están los centinelas en la puerta?
—La Ordenanza…
—¡No, señor! ¡Están para que no entre aquí la Constitución!

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