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Relatos nuestros: El callejón de la Delgadina

Su gran estatura y su excesivo peso contribuían apenas a que a Crisóstomo Sánchez se le conociera como “El Gigante Severo”. En realidad el mote lo debía más a la particularidad de sus ropas, siempre cubiertas de grasa y sangre de animales.

Por: Karla Garza
24-Julio-2008 (04:00 a.m.)
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“El Gigante Severo” era carnicero. Vivía en el callejón que comenzaba en la calle de Santa Anna (hoy Guerrero), cruzaba por la calle de San Joaquín (hoy Arteaga) y terminaba en el arroyo de “La Tórtola”; en una gran casona que, se sabe, tenía más establos que habitaciones.

Isaura Delgado, su mujer, era mucho menor que él. Más baja también de estatura, pero no menos fuerte, y dueña de una larguísima cabellera que llevaba siempre trenzada y que le valió ser conocida como “La Trenzona”.

Corría el año de 1786, cuando según la historia popular, Crisóstomo sorprendió al ‘Freidor’ (ése era su oficio), conversando con su esposa. Él no concedió importancia al hecho, hasta que comenzó a repetirse y las entrevistas entre “El freidor” y “la Trenzona” comenzaron a suceder en su propia casa.

Poco tiempo después las malas lenguas alcanzaron los oídos del “Gigante”, quien no era celoso, pero al escuchar de terceros que algo sucedía entre su esposa y el freidor, no descansaría hasta comprobarlo. Y un día lo hizo. Encontró a su mujer en brazos del anunciado amante.

“La Trenzona” desapareció desde ese día.  La gente del pueblo, acostumbrada a verla al pasar, lavando debajo del puente Tacubaya, especuló por meses en torno a su desaparición. Hasta que una mañana un rumor se esparció de esquina a esquina del pueblo: el cuerpo de Rosaura había sido encontrado en una orilla del arroyo de “La Tórtola”.

Estaba irreconocible. Fue su largo y abundante cabello hecho una gran maraña la única pero definitiva identificación. Alguien reveló entonces lo que le había pasado:

Ardiendo en despecho y rencor, Crisóstomo había colgado a su mujer de la espalda en un garfio carnicero. Por meses puso empeño en mantenerla lacerantemente viva, alimentándola apenas de migajas de pan. Y la había dejado así, suspendida, en una de las habitaciones más escondidas de la casona.

Su figura enmagrecía lentamente. Cuando su débil estado parecía terminar con su castigo, el carnicero dividió en cuatro grandes mechones su cabello, para luego amarrarlos a los cuatro picos del gancho. Sus pies casi tocaban el suelo. Más días con sus noches pasaron sobre el tortuoso cautiverio de la mujer infiel, hasta que su figura se convirtió, como juzgó el pueblo cuando la encontraron, en “un montón de huesos envueltos en una arrugada y amarillenta piel”.

El carnicero se fue de la casa y del pueblo ese día y nadie volvió a saber de él.  Desde entonces la gente llamó al que albergaba aquella casa (quizá por el apellido de la protagonista, quizá por el estado en que fue encontrada), “el callejón de la Delgadina”.

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