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Repasa ávidamente todo lo que ve. Va, toca, ríe, corre escurriéndose de su madre de un lado a otro. Gerardo sencillamente no se está quieto. Difícil imaginar que hace meses no caminaba.
Sus largas pestañas, su abundante vello, su cabeza pequeñita, las malformaciones en sus manos y su baja estatura para sus cuatro años son características propias de su enfermedad.
Gerardo Chávez Amador padece el síndrome de Cornelia de Lange, un trastorno malformativo múltiple que además retrasa el crecimiento físico y mental.
Llegó al CRIT el pasado diciembre. En ese entonces sus movimientos eran muy limitados y se alimentaba por medio de una sonda. Para marzo, ya caminaba y comía por sí solo. Orgullosa de sus avances, Gloriela Amador, su madre, cuenta que actualmente Gerardo recibe hidroterapia, terapia física, terapia ocupacional y terapia del lenguaje.
“Los doctores están viendo que el niño está dando pasos agigantados, se nos va para arriba muy rápido, a lo mejor me lo van a dar de alta en terapia física y en hidroterapia”, dice optimista.
Una semana de cada mes, Gloriela y Gerardo vienen desde San Pedro de las Colonias y se instalan en el albergue del CRIT con renovadas metas y esperanzas. Pero antes de llegar aquí, estuvieron tres años en lista de espera, tiempo en el que —narra la joven madre— “yo no me quedé con los brazos cruzados. Terapias y más terapias. Ahora ve para allá que dicen que está más mejor, ahora ve para acá…”.
Gerardo interrumpe a su madre con un malabar que se le atravesó, hasta que encuentra más interesante la grabadora de la reportera y clava en ella su infantil curiosidad.
“Yo creo que lo motivó mucho el ambiente que hay aquí. Aquí nadie es raro, nadie lo ve feo, todos como somos nos aceptamos. Me imagino que por eso él empezó a cambiar mucho. Rápido aprende las cosas, nos sirvió como motivación”, expresa.
Motivación, energía y alegría son cualidades que Gerardo hace ostensibles a simple vista. “Ganas de vivir”, le llaman a veces.
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