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Pocos se explican la razón del mausoleo de luz que se mandó construir a la memoria de Juan Camilo Mouriño. Pocos atinan a entender por qué todos los días, a las 18:40 horas, deberán encenderse poderosas luces para recordar al prócer desconocido.
El monumento en cuestión es una “rosa de los vientos” de cuyo centro saldrá un haz de luz multicolor que alcanzará 8 mil pies de altura. Unos 2 mil 400 metros.
Casi 400 metros por debajo de donde pasan los aviones que aterrizan diariamente en el aeropuerto de la Ciudad de México.
No hay peligro
Las autoridades informan que ya se aseguraron de que las espectaculares luces no representarán riesgo alguno para los aviones que aterrizan y que tienen que sobrevolar precisamente ese lugar. ¡Válganos Dios!, sólo eso nos faltaba.
Que la luz de Juan Camilo ilumine la vía al cielo.
¿Por qué ese obsesivo homenaje cotidiano a Juan Camilo? Ni Hidalgo, ni Juárez, ni Morelos, ni siquiera la Virgen de Guadalupe tienen una llama votiva de ese tamaño que todos los días se alce hasta la frontera del cielo.
¿Será acaso Juan Camilo un héroe desconocido? ¿Por qué se reservó el caso por los siguientes 12 años, cuando el Gobierno sostiene que se trató de un error humano? Sin embargo, “haiga sido como haiga sido”, aunque Juan Camilo y sus acompañantes hayan muerto como consecuencia de la lucha contra el narcotráfico, ¿por qué a Juan Camilo sí, y no a tantos héroes que mueren todos los días en la lucha contra el narcotráfico? ¿Por qué el Gobierno no homenajea de igual forma al general brigadier Arturo Esparza García, que junto con sus cuatro escoltas fue acribillado en García, Nuevo León, por cumplir con su deber? Y no es que Juan Camilo no pueda tener un trato de héroe o de mártir.
El problema es que si lo es, los mexicanos no sabemos por qué.
¿Quién lo puede saber cuando el expediente ha sido reservado por los próximos 12 años? Aceptando la tesis del propio gobierno -que su muerte se debió a un accidente producto de la falla de los pilotos-, el monumento al prócer desconocido es ofensivo.
Hombre virtuoso
Y es que si para sus familiares y amigos Juan Camilo tuvo muchas virtudes, para sus adversarios y críticos tenía muchos defectos.
Sin afán de restarle ninguna de las extraordinarias dotes que le atribuyen sus amigos, ni acentuar los defectos que le imputan sus críticos, el hecho es que el joven Mouriño nunca proyectó públicamente una cualidad especial que no fuera la de ser el hombre más cercano a Felipe Calderón.
Y aunque para lograr ese lugar en el equipo del Presidente, Juan Camilo debió haber tenido sus méritos, no se justifica que Calderón haya promovido un homenaje tan grandioso.
Qué pena. Los mexicanos nunca tuvimos evidencias del “estratega” del que nos habla el presidente Calderón.
Los mexicanos nunca vimos a Mouriño como un Napoleón, tampoco como un Morelos.
Y es que más bien dio la impresión de ser una persona como cualquier otra. En todo caso, parecía afable, buena gente, reservado y un tanto tímido.
El campechano apenas comenzaba a destacar en la política. Y eso por su relación con el presidente. No era el mejor orador, ni el más carismático, ni el más emotivo.
Nunca le escuchamos pronunciar, por ejemplo, algún discurso, como aquel que llegó a pronunciar Luis Donaldo Colosio el 6 de marzo de 1994.
Tampoco supimos que hubiera escrito algún libro, ensayo o editorial, al menos como aficionado. Como aquellos que dice haber escrito Ramón Muñoz.
De haberlos publicado, posiblemente algunos mexicanos nos habríamos enterado oportunamente de esa “pasión por México” que tenía nuestro prócer, según dijo el presidente Calderón.
Que se sepa, tampoco llegó a formar una corriente política dentro de su partido. Ni ejerció un liderazgo político como el de “El Jefe” Diego o el del propio Felipe Calderón.
En todo caso, recurriendo a la metáfora del trineo que alguna vez mencionó el presidente Felipe Calderón, Juan Camilo ocupaba el lugar del segundo perro.
Su figura pública jamás alcanzó los tamaños de otros panistas también fallecidos en “accidentes” sospechosos, como Manuel Clouthier y José Ángel Conchello.
Y si se alega que lo que hace la diferencia son los tipos de accidentes, unos carreteros y otro aéreo, y que Clouthier y Conchello no eran secretarios de Estado cuando fallecieron, entonces cabrían otras preguntas.
¿Por qué el Presidente de la República no realizó un homenaje igual para honrar la memoria de Ramón Martín Huerta cuando llegó el aniversario de su muerte? Nos pueden explicar los panistas por qué no hay un busto semejante de Ramón Martín Huerta en el CEN del PAN.
Al fin y al cabo, Juan Camilo ya fue juzgado por Dios, como se dice todavía en muchos pueblos de México.
¿Por qué insistir en traerlo al estrado en el que se llevan a cabo los rigurosos juicios de la historia que solemos hacer los inmisericordes humanos?
cm