- Recibe las últimas noticias suscribiéndote a nuestro Newsletter
- Cambiar email Política de privacidad
|
|
|
|
|
|
Luego de dormir por un mes en una cama, Jaime se enfrentó de nuevo a la ausencia de hogar. Buscó dónde quedarse y se acomodó en una casa abandonada. Intentó dormir: los nervios, el miedo y la ansiedad de encontrarse solo no se lo permitieron.
“Al otro día desperté y desayuné. Todo está muy caro allá, por tres taquitos bien chiquitos fueron cuarenta pesos, pero el hambre apremia. Cuando terminé de desayunar me dispuse a tomar el tren, si de San Luis para acá llegué en tren, también de aquí para allá”.
Jaime subió a un vagón, a causa de la oscuridad no se dio cuenta que no tenía toldo. Estaba lloviendo.
“Me agarró el agua en pleno camino y yo todavía herido. Así viajé de Nuevo Laredo a Monterrey, ahí me bajé todo empapado y empecé a caminar”.
Debido a las quemaduras y golpes que recibió en sus genitales era incómodo caminar entre la lluvia: el pantalón de mezclilla le lastimaba aún más.
Al no conocer a nadie en la ciudad, decidió volver al tren. Así llegó a Saltillo.
Empezó a caminar y fue como llegó al súper mercado Soriana de la calle Salazar, en la colonia 15 de abril. Caminó alrededor de 50 metros y tocó a las puertas del Centro de Rehabilitación Clamor del Barrio.
“Ahí no me dejaron quedar, porque no era drogadicto. Me dijeron que más adelante estaba la Posada del Migrante, que a lo mejor ahí me atendían”
A menos de 30 metros encontró el refugio Belén, Posada del Migrante.
El ímpetu de Jaime se ve truncado al recordar el momento en que llegó a las puertas de reja ciclónica. Quiso mantenerse firme, pero su voz lo delató. Reaccionó rápido: limpió el llanto con sus manos quemadas.
“Yo necesitaba que alguien me ayudara. En verdad necesitaba de alguien y al llegar a la Casa del Migrante le pregunté al encargado, estaba desconfiado de mí. Luego llegó la madre y me dijo que era bien recibido, que estaban para ayudar”.
Alberto Xicoténcatl, director del refugio, aseguró que reciben entre 8 y 10 personas diarias en la institución. Cifra, declaró, ha bajado considerablemente por la situación de violencia que vive México. Antes recibían más de 100 personas.
Los voluntarios del refugio le ofrecieron de comer. Luego lo registraron y le dieron ropa. Esa noche volvió a dormir en un colchón cómodo y caliente.
Antes de dormir, lloró. Dice que no fue un llanto simulado, sino con sentimiento. Vio sus cicatrices, recordó a su compañero secuestrado, las enfermeras, el tren; la lluvia y finalmente a la madre que le tendió la mano.
“Aquí me han dado medicina para mis heridas. Yo les ayudo a barrer, a hacer el aseo. Necesitaba que alguien me diera la mano, que me escuchara, que me comprendiera”.
cm