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Tres ejemplos de vida nos comparten un poco de su experiencia en donde la actividad física ha sido parte fundamental para olvidar los medicamentos y los asilos
La nueva “vejez”, con el deporte como instrumento, puede llevar ropa deportiva y ser vivida en las canchas de tenis y las pistas de atletismo, como lo prueban cada día los excepcionales casos de la tenista Carmen Christlieb de 86 años y las fondistas Modesta Martínez y María Ramírez de 91 y 92 años, respectivamente.
Estas mujeres han superado con sus triunfos en el deporte los términos de “tercera edad”, “adulto mayor”, “anciano”, “viejo” y el políticamente correcto “adulto en plenitud” para ganarse el adjetivo simple de “deportistas máster”.
Pero ser deportista “máster” y todavía más allá de los 80 años es la excepción en un país cargado de problemas de obesidad entre sus jóvenes y una falta de educación deportiva que el Gobierno ha intentado resolver con un programa de activación física.
México tiene 8.2 millones de habitantes mayores de sesenta años y ellos reflejan más que ninguno el rezago social de las últimas décadas como, por ejemplo, el hecho de que una tercera parte son analfabetos, lo cual reduce sus oportunidades de gozar de una buena calidad de vida.
La vejez tiene además un rostro predominantemente femenino —en México mueren más hombres que mujeres en todos los grupos de edad— y es apenas en los últimos años que las políticas de gobierno han comenzado a mirarlas.
Los grupos comunitarios de ayuda a la tercera edad aumentan día a día al igual que las actividades que les ofrecen, desde la cocina y el tejido hasta el cachibol que para muchas ha significado un verdadero descubrimiento del deporte.
Campeonas del Mundo
La vida de Carmen, bióloga, está vinculada al deporte desde su primera infancia. Sus padres jugaban tenis cuando se enamoraron. Modesta y María terminaron de criar a sus hijos antes de convertirse en deportistas y campeonas del mundo.
Modesta era una señora triste que a los 80 años de edad había decidido quedarse encerrada en su cuarto para esperar la muerte. La depresión se había adueñado de su cuerpo al quedar viuda y parecía cerca del fin, pero una de sus hijas la llevó a practicar deportes.
Hoy a sus 91 años es la subcampeona mundial de su categoría en los 100 y 200 metros planos de atletismo.
“Las medallas son lo de menos, el deporte me salvó la vida”, dice la deportista que vive en Guadalajara y asegura haber recuperado la felicidad.
Había tenido una vida de familia y 12 hijos por lo que no sabía nada sobre deportes. Comenzó a jugar cachibol, una mezcla de basquetbol, futbol y balonmano y a los cinco años de practicarlo decidió pasarse al atletismo.
“En mi primera competencia venían las rivales y me gritaron ‘ahí va la bola’. Yo pensé que me pedían permiso y las dejé pasar, pero luego la maestra me explicó que en ese momento yo debí acelerar”, dice con una ingenuidad que parece más de niña que de abuela. El tiempo pasó, su cuerpo se adaptó al ejercicio y ganó medallas en Puerto Rico, Italia, España y otras naciones hasta que este año se llevó las preseas de plata en las dos pruebas reinas de la velocidad en el Mundial de Finlandia.
México, un país que a menudo aparece en los reportes de altos índices de obesidad, tiene también a miles de ancianos que practican deportes. Lo hacen para mejorar la salud, pero a veces logran resultados sorprendentes, como en el caso de María Ramírez, una señora que cumplirá 92 años el próximo mes de marzo y que este año ganó el oro mundial en las pruebas de cinco y 10 kilómetros de caminata, en la categoría de más de 90 años.
“Mi historia empezó hace 20 años; un día me invitaron a competir en marcha de 5 kilómetros, yo no sabía cuántas vueltas eran y le daba 25 a la pista; un día la entrenadora me dijo que sólo iba a caminar 12 y media pero ya me había entrenado”, recuerda.
María, de 92 años, es la típica abuela que canta en el baño, que baila y que a pesar de su edad aun se lava la ropa. Reconoce que dos décadas en el atletismo le cambiaron su vida, pero sostiene que el deporte le dio otra cosa, la alegría.
“Recuperé la alegría y ahora esa es mi táctica”, dice la deportista que a su edad recorre 10 kilómetros en poco más de una hora y media.
“El tenis ha sido un medio excelente de formación del carácter, porque enseña a luchar, no contra el otro, sino contra uno mismo”, asegura a Efe-Reportajes Carmen Christlieb, pionera del deporte en México desde el día que decidió tomar en sus manos una raqueta, en el lejano 1938.
El tenis llevó a Carmen, madre de diez hijos, a competiciones donde obtuvo medallas, como los Juegos Centroamericanos, torneos juveniles en México y el actual, el campeonato de veteranas para jugadoras de 90 años.
“El tenis nos da buen humor, un optimismo, ganas de hacer las cosas, de tratar a los demás, es un trato muy agradable, un espacio muy benéfico para uno”, dijo esta jugadora, después de conectar varias voleas de derecha ante Odilia Torres, amiga y rival de 86 años.
De sus padres, que se conocieron en el tenis, heredó el amor por este deporte y nada más pudo se hizo jugadora, en un momento en que el tenis mexicano comenzaba a escribir su historia y en una sociedad en la que prevalecía el machismo.
Formada en una familia con profundas raíces alemanas y vascas, Cristlieb construyó la suya con una cultura del ser en el que la persona prevalece sobre lo material.
A la par que ganaba torneos, se matriculó como bióloga, crió diez hijos y se hizo maestra del Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde ha enseñado de forma ininterrumpida desde 1975 a estudiantes entre 16 y 18 años de edad.
A Carmen le gustaría ver a más mexicanos de su edad con una mejor calidad de vida. “La idea sería tener en las comunidades grupos que a las personas de la tercera edad les mantuvieran alta la autoestima, con la idea de seguir aprendiendo. Son capaces de muchísimas cosas, de comunicar sus experiencias y de ser un foco que irradie alegría”, sostuvo sobre sus contemporáneos.
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