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Tras 39 años de historia, el Corona vivirá hoy su último juego profesional en un juego entre Santos y Pumas
Con la lucha por el liderato de por medio, este domingo Santos de Torreón se despide del Estadio Corona, el inmueble donde dejó de ser un equipo chico, recibe a los Pumas que también están jugando sus últimas jornadas como campeón.
Los Guerreros han tenido un repunte en el campeonato no pierden desde la jornada cinco y está jugando quizá el mejor futbol de la justa, además de la motivación de despedirse con una victoria del inmueble donde dejaron de ser un equipo chico, lo harán salir a comerse a su rival.
Por su parte, los todavía campeones quieren cerrar con dignidad el calendario regular, sobre todo para mejorar su porcentaje y no meterse en problemas para el siguiente torneo.
Guadalupe Torres Ontiveros chuequea de la pierna izquierda, se le afloja, parece de chicle. Batalla para estar de pie. Un bastón se ha convertido en su mejor amigo desde hace 17 años.
Aún así, pese a su discapacidad, ese señor de 53 años que apenas y puede abrir los ojos y que viste mezclilla azul y suéter con figuras de rombos, deambula a las afueras del Estadio Corona.
Carga una mochila a sus espaldas y un cuaderno viejo en una mano. En sus hojas trae escritos corridos, pero no cualquier corrido. Las letras de esas canciones son en honor de sus ídolos, de su ilusión, de sus héroes: de los jugadores del Santos.
Pero el día de hoy, Guadalupe trae una composición especial: el corrido del Estadio Corona, “El adiós del Corona”.
“La despedida vengo a darte viejo amigo/mi gran Corona nunca te olvidaré/en ti el Santos logró tres campeonatos/y aunque pasen los años siempre te recordaré…”, canta Torres con mucho sentimiento.
Es el inicio de su corrido. Lo compuso en una humilde casa del ejido San Pablo, de San Pedro, allá donde sueña que pudo ser un gran compositor.
Desde allá creció su afición por el Santos; primero por los Diablos Blancos y la Ola Verde, después el Santos. Sin embargo, en 53 años de vida, en más de 30 de historia del Estadio Corona, Guadalupe sólo ha estado en las gradas cuatro veces. Contadas.
Tres de ellas antes que surgiera el Santos y sólo en una ocasión, a principios de los 90, vio jugar a los Guerreros. La ausencia de monedas en los bolsillos no le permite darse lujos. “No me apura, me conformo con verlo por tele”, comenta.
Guadalupe recuerda que el último juego que vio y el único ya como Santos Laguna, fue un encuentro contra el América y que aún jugaba aquel zurdo de nombre Ramón Ramírez, con el siete en los dorsales. “De otro nivel”, dice sobre Ramón Ramírez.
Desde entonces Guadalupe Torres sólo acudió ocasionalmente al estadio a sentir, dice, la vibra, la emoción, los gritos del partido. Algunas veces lo visitó cuando el equipo entrenaba ahí. Y esperaba a los jugadores para cantarles a lo lejos.
-¿Le basta con venir y quedarse fuera?-
“Es una alegría. Es un orgullo cantarles a los jugadores. Se siente bien convivir con ellos”.
-¿Y por qué componer corridos a los jugadores?-
“Siempre lo he hecho. Eso me ha nacido. Le he escrito a todos: al ‘Pony’, a Jared, a Juan Pablo Santiago, Figueroa, a Ludueña, a Vuoso”.
-¿Y qué siente por qué será el último juego en el Corona?-
“Siento tristeza”.
Guadalupe viene de lunes a viernes desde San Pedro. Viene a cantar arriba de los camiones, a eso se dedica y de esos vive desde que se fracturó la columna.
En 1987, cuando jugaba de delantero para un equipo de la Liga Ranchera de Francisco I. Madero, Guadalupe cayó de espaldas después de un encontronazo en el aire. En ese momento sintió que le crujió algo: “No sabía qué”, me comenta dándole la espalda al Corona, fiel testigo de sus sueños.
Por cuatro años siguió trabajando en la pizca de algodón o cargando pacas de forrajes y cuando se terminaba la temporada, se iba a la obra, a cargar cemento y concreto. Un día su columna le cobró tanto esfuerzo.
Sintió caliente por dentro. Ardor. Y se echó a la cama.
Acudió al hospital y le dijeron que se tenía que operar. No lo hizo hasta 10 años después, cuando alcanzó a juntar el dinero.
Un doctor le dijo que la lesión en la columna le había afectado un nervio y que por eso la pierna había perdido fuerza, que por eso estaba débil, que por eso se caía al caminar.
Sus fracturas lo llevaron al exilio laboral, pero el hambre y dos niños pequeños (hoy una tiene 21 y otro 16 años) lo armaron de fuerzas. Cuando estaba enfermo, vio a unos payasitos haciendo trucos dentro del camión y dijo “por qué yo no”. Un día, en el 92, mientras regresaba a San Pablo junto a su hermana después de una visita al hospital en Torreón, sintió como un hormigueo le picaba las venas; apretó el puño, tragó saliva y se paró: empezó a cantar una canción que no recuerda y no lo ha dejado de hacer desde hace 17 años.
“Sufro mucho, a ratos me caigo. Yo sé cómo ando, que me quiero caer. Me pusieron barras metálicas, pero no me rindo, así como estoy, así trabajo. Hay que trabajar mientras podamos; tengo que llevar comida a la casa.
Lo hago por mis hijos, por darles una mejor vida”, cuenta Guadalupe Torres ya con lágrimas en las mejillas.
“Cada domingo que jugaban los guerreros/fuiste anfitrión de miles de aficionados/fuiste la casa del dolor ajeno/porque aquí Santos logró buenos resultados”, sigue con su corrido.
Pero esa casa Guadalupe ya no la volverá a ver.
sc