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La crisis económica agrieta el sueño occidental

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  • Andrea Rizzi / Enviada especial por El País
  • 29-Octubre-2009
  • Letonia sufrirá este año una caída del PIB del 18%, la mayor del mundo. El país báltico está al borde de la bancarrota

    • (Foto: Vanguardia-Archivo)

    RIGA.- Enfundado en ropa vieja pero limpia, periódico abierto entre las  manos, Oleg Lukoshko aguarda su turno en una cola de unas 80 personas  que se alarga sobre una escuálida acera de la periferia de Riga. Los  letones creían haber tumbado para siempre las colas humillantes junto  con sus peores pesadillas soviéticas, pero el capitalismo también  puede infligir esperas infames a sus adeptos. Unos 30 metros más  adelante, desde un portal verde que se abre todos los días a las 12,  personal de un monasterio ortodoxo distribuye sopa de verduras y pan  gratis.

    A diferencia de muchos de sus compañeros de espera, cuyos  alientos delatan asiduas relaciones con el alcohol. Oleg, de 52 años,  tiene el tipo de pinta que uno no se esperaría encontrar ahí. No es el  único que no encaja. La recesión de caballo que azota a Letonia no  parece mirar a la cara a nadie. El país báltico, junto con su vecino  Lituania, sufrirá la contracción del PIB más fuerte del mundo en 2009:  una caída del 18%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).

    “Me quedé en el paro hace más de un año, el subsidio de  desempleo dura sólo nueve meses, hay que pagar el alquiler. Mis hijos  me ayudan lo que pueden, pero no es suficiente”, resume Oleg, que  presume de su formación de soldador de astillero y de su calificación  de sexto grado en la escala profesional soviética.

    El ascenso del paro ha sido vertiginoso en Letonia, un país  con 2,3 millones de habitantes. En septiembre, la tasa se situaba en  el 18%, frente al 8% de hace un año. Una situación dramática, si se  considera que el Estado está al borde de la bancarrota. Sólo un  rescate de 7.500 millones de euros --un tercio del PIB del país--  liderado por el FMI y la Unión Europea (UE) lo ha mantenido a flote.

    El impacto brutal de la crisis ha agrietado de repente el  sueño de bienestar y libertad que animó el apasionado abrazo del país  a Occidente tras la independencia lograda en 1991. En la actual década  todo parecía ir viento en popa. Tasas de crecimiento del 10%, admisión  en la UE y en la OTAN, mejores sueldos. Se hablaba de Tigre Báltico.

    “En 2005 ya empezamos a advertir que iba todo demasiado  rápido, que había demasiado crédito fácil y consumo, y poca producción  de bienes. Pero los políticos no pisaron el freno a tiempo”, comenta  Andris Vilks, asesor para Economía y Finanzas del actual primer ministro, que tomó posesión del cargo en marzo. La balanza de pagos  con el exterior arrojaba cifras rojas del 20% del PIB al año, la deuda  del sector privado se disparaba. Letonia vivía por encima de sus  posibilidades. La película se acabó de repente y empezó un doloroso  ajuste de cuentas. En enero pasado hubo disturbios en Riga, con un  centenar de detenidos. Cayó el Gobierno. El país parecía a punto de  irse al garete.

    La comunidad internacional no lo permitió. Las repercusiones  sobre países vecinos y varios grandes bancos habrían causado daños  mucho más allá del reducido tamaño de la economía báltica. “Ahora la  situación es algo más estable. El cuadro macroeconómico mejora, aunque  el social sigue empeorando. El paro seguirá creciendo. Pero no tenemos  otra elección que duros recortes de gasto”, dice Vilks.

    Así, en la misma cola de Oleg, se halla también Pavils, 55 años, guardia fronterizo jubilado. 'Yo cobraba 158 lats. Ahora me dan  142 (poco más de 200 euros)', dice. A los pensionistas hubo que  recortarles un 10%. Profesores, médicos y policías han ido todos peor. Los servicios básicos tiemblan bajo los golpes de tijera. Como Oleg,  Pavils tiene las manos limpias y lleva una revista de historia en la  bolsa.

    'Algunos dicen que, ganada la independencia de Moscú, la  hemos perdido ahora a favor del FMI y Bruselas', comenta Janis Dripe,  ex ministro de Cultura y presidente de los arquitectos de Riga. 'Es  cierto que somos de alguna manera prisioneros. Pero creo que a pesar  de la frustración, sigue primando un sentimiento de libertad. ¡Al  menos ahora somos víctimas de nuestros propios errores!', observa.  'Hubo mucha ingenuidad. Creímos que tras entrar en la UE todo podía ir  sólo a mejor. La gente se endeudó locamente y dio rienda suelta a  sueños acumulados durante décadas de penurias', reflexiona el director  de la Biblioteca Nacional, Andris Vilks (casualmente homónimo del  economista).

    'Ahora hay varias cosas que me preocupan', dice. Se  interrumpe. Se acerca a una estantería y vuelve con un ladrillo. 'Con  esto rompieron una de nuestras ventanas durante los disturbios de  enero. El desorden social puede ser un problema. Pero, más todavía, me  preocupan la criminalidad y la emigración'. Por las calles de Riga,  las octavillas que publicitan cursos de judo invitan a prepararse para  defenderse en la jungla en que podría convertirse la ciudad. La emigración es un espectro inquietante en un país con un claro declive  demográfico.

    Quienes se queden tendrán que poner el país en un nuevo carril, reformular un modelo que ha fracasado. No les falta talento y cultura para lograrlo.

    -“¿De dónde viene usted? Ah, España. ¡Siempre soñé con visitar el Museo del Prado!”-, dice uno que hace la cola con Oleg y Pavils.

sc

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