Trabajadoras, mina de oro en la extracción
Caborca, Son.— Algo tienen en común las mujeres mineras: todas terminan por domar el temor que sienten cuando, en un principio, se enfrentan a laborar en un territorio hostil y con maquinaria pesada, que por mucho rebasa su físico y estatura.
08-Marzo-2008 (07:41 a.m.)

La delgadez de sus cuerpos, su poca altura, los rasgos femeninos de sus rostros y las delicadas manos que protegen con guantes, contrastan con el entorno desértico y la rudeza del trabajo que realizan estas féminas, quienes manejan camiones, operan perforadoras y utilizan materiales tan peligrosos como el cianuro.
Localizada a 120 kilómetros del pueblo de Caborca, Sonora, La Herradura es una mina en la que laboran 72 mujeres que aprendieron a dominar el miedo que sintieron cuando comenzaron a laborar en un espacio que hasta hace unos años era territorio exclusivo de hombres.
Son mecánicas, choferes, geólogas, laboratoristas químicas y asistentes de gerencia, que llegaron al campo minero para romper, en cada golpe de tierra que dan, con el mito de una antigua leyenda que aseguraba que las mujeres eran aves de mal agüero para las minas.
La prueba está en que tras 10 años de operación, La Herradura se ha convertido en la mina de oro más grande de México.
Lizeth Germán tenía 16 años la primera vez que visitó La Herradura. Desde entonces supo que quería formar parte de la mina: “Desde que la conocí, algo me llamó la atención y quise trabajar aquí”.
En la actualidad, Lizeth tiene 20 años y opera un camión 785-C capaz de cargar hasta 140 toneladas de tierra por viaje. Para subir los seis metros de altura del camión y librar las llantas de 2.5 metros de diámetro, sube unas escaleras que la llevan a una cabina desde donde opera.
“Al principio las dimensiones de la maquinaria me asustaban, pero ahora ya las domino. Soy la única mujer minera en mi familia y quiero seguir en esto durante más años”.
Un camión del mismo tipo es el que maneja Mirza Galván, quien a sus 22 años es madre de un niño de seis meses. Los restos de paño que aún se observan en su rostro comprueban su reciente maternidad. Las dimensiones monumentales del 785-C hacen aún más evidente su baja estatura.
“Las 140 toneladas de tierra que caen sobre la caja hacen que todo tiemble. Hay veces que una siente que el camión se va de lado o que la cabina se va a partir en pedazos. Al comenzar en este trabajo, la sensación me paralizaba, pero eso ya se acabó”.
Tanto Lizeth como Mirza cumplen la misión de realizar varios viajes al día llevando tierra con mineral a los laboratorios o a barrancos de petate, en el caso de que ésta no contenga oro.
La gran mayoría de las mujeres que trabajan en La Herradura, a diario viajan 120 kilómetros desde Caborca para llegar a la mina, haciendo un recorrido promedio de cuatro horas. Todos los días se levantan a las cuatro de la mañana para tomar el camión de la empresa que parte a la mina a las cinco.
“Más o menos hacemos dos horas de ida y dos de regreso, y en total pasamos 14 horas fuera de casa para laborar”, cuenta Mirza.
La Herradura es una mina que trabaja las 24 horas del día y en la que las trabajadoras rotan turnos cada semana en tres horarios: de 7:00 a 17:00 horas; de 17:00 horas a 3:00 y un turno de empalme que corre de las 21:00 horas a las 7:00 de la mañana. Al igual que en otros trabajos, las mineras tienen derecho a descansar dos días por cada semana laboral, por la que cobran mil 200 pesos.
A diario se llevan a cabo dos voladuras de tierra que hacen temblar el desértico paisaje colmado de cactus y sahuayos. Andrea Sugey, quien lleva siete años trabajando en la mina, es una de las encargadas de perforar hasta nueve metros bajo tierra para preparar el terreno para nuevas explosiones.
A pesar del ruido ensordecedor de la rotaria —perforadora de 12 metros de altura— y sin prestar demasiada atención al polvo que le ha puesto los ojos enrojecidos, Sugey, de 25 años, vio en La Herradura la oportunidad de trabajo que no le quiso dar el campo.
“El campo no da para nada y por lo menos, aquí en la empresa, nos dan seguro y los beneficios de ley”, asegura.
Y es que años atrás, la gente de esta zona se dedicaba a la siembra de algodón. Le llamaban el oro blanco de Caborca, porque tapizaba de ese color los campos aledaños al pueblo. Sin embargo, el alza de diesel y el incremento en los costos de productividad, terminaron con la mayoría de los cultivos. Fue entonces cuando la gente vio en la mina una oportunidad para sobrevivir.
En la Herradura, los hombres tienen estrictamente prohibido mofarse de sus compañeras. Incluso, la persona que realice algún comentario machista puede ganarse el despido, según cuenta el operador de camiones, Sergio Montante, quien conoció a su esposa en la mina: “Sí me da temor que trabaje aquí, pero me aguanto. Lo único que me queda es respetar su decisión”.
Las mujeres que ingresan a La Herradura son capacitadas en grupos mixtos, por profesionales que han visto resultados notables su trabajo. Guillermo Bernal, coordinador del área de mina, dice que a la hora de operar maquinaria pesada, las mujeres han demostrado que tienen la capacidad para ser más cuidadosas con el equipo: “De hecho, hay mujeres que están en el top de productividad”.
Las toneladas de oro que han contribuido a obtener las mujeres de esta mina, no sólo reflejan altos niveles de productividad, también echan abajo el mito que por años le impidió a la mujer entrar a este campo laboral. En La Herradura, las mujeres ni secan, ni salan los terrenos. Todo lo contrario, la mina parece ser una aliada que no se resiste a sus encantos.

WIKIO

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