Primera valla EU-México redujo inmigración, agravó violencia
Tijuana, México.- Cada día, cuando el sol se esconde detrás del horizonte trazado por el Océano Pacífico, hay un momento en que la colonia Libertad se encuentra en paz.
Por: AP12-Septiembre-2008 (11:31 a.m.)

Poco a poco, la oscuridad borra el contorno de este barrio pobre en la cima de una colina y oculta los montones de basura entre las sombras. A esta hora, pocos notarían que algunas de las casas que se aglomeran y se mantienen apenas en pie en las laderas de la barranca están hechas de cajas de cartón y que los techos son mantas de plástico.
Una torre de iluminación detrás de una valla metálica está a oscuras sobre el barrio, desde donde pueden verse las luces de la ciudad de Tijuana y las colinas que se extienden hasta donde comienza el océano.
No hay helicópteros en el cielo, ni ruido de camionetas todoterreno. Incluso los perros esqueléticos, encadenados frente a sus casas, respetan el silencio. Los padres caminan detrás de sus niños, que andan en triciclo por las calles de tierra.
Por un momento todo parece recordar a los habitantes cómo era el lugar antes de que se construyera la valla, cuando los niños pasaban por debajo de una alambrada de púas, jugaban fútbol en territorio estadounidense y volvían a casa para cenar. En aquel entonces el contrabando de inmigrantes se limitaba a dar algunas instrucciones a la gente, que simplemente eludía a los agentes fronterizos y se perdía entre la multitud de turistas. Pero la ilusión se desvanece en un momento.
En un tris se enciende toda la iluminación cegadora sobre el barrio, los helicópteros vuelven con su estruendo, los traficantes llegan con sus escaleras y sus sopletes, y con grupos de personas desesperadas por escapar a un destino similar al que aceptaron desde hace tiempo y con resignación los residentes de la colonia Libertad.
En un momento en que Estados Unidos se enfrenta a los ambientalistas y habitantes de su zona fronteriza para construir cientos de kilómetros más de valla en la línea de 3.200 kilómetros (2.000 millas) que separa a su territorio de México, convendría que ambas partes echaran un vistazo a lo que ocurre en esta colonia (barrio).
A comienzos de la década de 1990, la colonia Libertad se convirtió en uno de los primeros lugares en coexistir con la valla de metal corrugado que se ha convertido en el símbolo de la conflictiva relación entre una superpotencia de primer mundo y la nación en desarrollo que se ubica al sur.
La valla no detuvo el paso de los inmigrantes ni de las drogas. Simplemente redujo el número de personas que solían concentrarse en las colinas de San Diego, desvió los estupefacientes hacia túneles subterráneos o hacia rutas montañosas y ayudó a crear una industria despiadada de contrabando dedicada a eludir a la Patrulla Fronteriza.
Ello no quiere decir que la cerca no haya tenido éxito. El muro, combinado con medidas de alta tecnología, como cámaras de vigilancia y sensores de movimiento en tierra, ha vuelto extremadamente difícil el entrar a Estados Unidos.
Y a medida que la seguridad se ha reforzado en los años recientes, el número de personas que tratan de cruzar la frontera se ha reducido de manera considerable.
Pero a cambio, según los habitantes en ambos lados de la frontera, la zona se ha convertido en un campo de violentas batallas, acabando con una historia compartida en una zona entre ambos países en la que poco se sabía de vallas y fronteras.
Alguna vez, la única división entre la colonia Libertad y San Diego estuvo marcada por una cerca endeble. Los habitantes la atravesaban, cuidando de no herirse con las púas oxidadas, y escapaban del barrio hacia las colinas estadounidenses.
Los adultos asaban carne en el campo y los niños corrían libres. ``Era divertido, porque atravesábamos y jugábamos fútbol, béisbol o voleibol'', dijo Jaime Boites, de 35 años, cuya casa está a unos pasos de la frontera. ``A nadie le importaba. Cuando terminábamos, simplemente volvíamos a nuestras casas en México''. Incluso los agentes fronterizos aceptaban a veces un taco que les convidaban los organizadores del día de campo.
Había pocos agentes. En algunas ocasiones, los inmigrantes se reunían en la frontera en grandes grupos y corrían, haciendo imposible que los agentes capturaran a todos. Otros usaban camionetas para transportar drogas o gente por las colinas.
``Había camionetas que entraban a territorio estadounidense como si nada'', recordó Boites. ``Camionetas repletas de gente, a cualquier hora del día.
Boites tenía 8 años cuando una camioneta embistió y mató a una niña de 5 años. Esa fue la razón principal para construir la valla: detener el paso de vehículos.
Cuando llegó el primer panel metálico, que antes formaba parte de una pista de aterrizaje en Vietnam, Boites era un adolescente y vivía en San Diego. Con los tramos de metal comenzó a construirse la valla.
Ahora los contrabandistas usan los sopletes para abrir huecos en la cerca, por los que pasan sus vehículos. Los inmigrantes trepan la valla.
Y los habitantes de la colonia Libertad consideran que la cerca fue una bofetada y una prueba de que los ``gringos'' no estaban dispuestos a reconocer que necesitan mexicanos para cortar su césped ni para cuidar a sus niños.
``A veces sentimos que ellos no nos quieren'', dijo Boites. Los estadounidenses consideraron necesaria la valla porque millones de trabajadores indocumentados y toneladas de drogas estaban llegando a sus ciudades.
Pero el muro tuvo consecuencias no deseadas: Los trabajadores temporales se toparon con más dificultades para ir y venir a través de la frontera y acabaron estableciéndose en Estados Unidos. Los inmigrantes se vieron obligados a cruzar por el desierto de Arizona y miles murieron por la sed y el calor abrasador.
En la frontera con Tijuana, Estados Unidos siguió reforzando la seguridad, utilizando el área para probar nuevos métodos de combate al contrabando y ampliando aquellos que funcionaban. En algunos puntos se añadió una segunda valla, rediseñada para que no fuera tan fácil de escalar.
Los contrabandistas respondieron elevando las tarifas que debían pagar los inmigrantes y tornándose más violentos. Usaron hondas para lanzar piedras, botellas, palos con clavos y hasta bombas incendiarias. Algunas veces quieren herir a los agentes fronterizos, pero en la mayoría de las ocasiones buscan distraerlos para que no persigan a los cómplices que cruzan con drogas o indocumentados.
Desde octubre pasado ha habido unos 340 ataques contra agentes que patrullan la frontera con California. La Patrulla Fronteriza dice desconocer si algún agente ha resultado herido.
La respuesta de Estados Unidos sí ha dejado víctimas. En el 2005, un mexicano de 18 años murió baleado por la Patrulla Fronteriza. En agosto, un hombre fue herido por el tiro de un agente que trataba de dispersar a una turba que lanzaba piedras cerca de la colonia Libertad.
Durante un ataque, los agentes lanzaron gas pimienta y lacrimógeno al otro lado de la frontera.
En una casa endeble, que usa la valla fronteriza como su muro trasero, Esther Arias sintió que los ojos se le irritaron, la garganta le ardía y la respiración se le dificultaba. Su nieto de 3 años gritaba de dolor, confundido por el aire que lastimaba sus pequeños pulmones.
En la casa de su padre, al otro lado de la calle, una bomba lacrimógena abrió un hueco en la pared y cayó en el piso de la casa.
sc

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