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Y se hizo el milagro. Después de unos meses espantosos para los mexicanos, ocho ballenas menos consumidas en forma de sashimi corte grueso para calmar la ansiedad del insaciable secretario Carstens, buena parte de la clase política decidió volver al origen, diciéndole al pueblo de México: “Con la ayuda de Dios subirá el precio del petróleo, tendremos presupuesto y sobreviviremos”.
Luego de haber usado todo el talento —que como se sabe es mucho pero en nuestra movilidad social a la inversa se queda abajo y a la cúpula sube la nada— y después de haber puesto a trabajar a nuestros sesudos economistas, políticos, hombres y mujeres de Estado, llegamos a una conclusión sin precedente en el mundo occidental: de la peor crisis del orbe desde la Segunda Guerra Mundial a México sólo lo salvará Dios.
Pero a Dios hay que ayudarlo, porque podría estar hablando por teléfono —en el cielo no hay impuesto a las telecomunicaciones— el día que el pueblo mexicano le llame para que suba de precio el barril de petróleo o tal vez atendiendo urgencias como las pandemias y la guerra de Irak. Por eso hay que echarle una ayudita llevando ante él un galón y luego poniéndonos a rezar, no arrodillados porque por eso somos una República laica, sino elevando nuestros ojos y corazones hacia la esperanza, diciendo “Diosito sé bueno, que no se muera tu pueblo, que es fiel y abnegado”.
Pero ésta no será ni la primera ni la última vez que se acuda a Dios para salvar a un pueblo de una crisis. Moisés mismo para salvar a su pueblo del hambre pidió a Dios que le mandara el maná y Dios mandó tortas desde el cielo, sin logo partidario, claro.
Y si hizo esto por el estómago de su gente, por qué no habría de subir el precio del petróleo unos dólares, de acuerdo con lo que prevé para el año 2010 un número significativo de nuestros creyentes diputados y senadores; nosotros también somos su pueblo, aunque no hayamos sido de los elegidos.
Por eso nuestra clase política ha decidido que ellos no son de izquierda, derecha o centro, son soldados de Dios, y por lo tanto colocan el hambre y del pueblo de México en manos divinas, con la ayuda del petróleo.
No se sabe si además también existe su indeclinable compromiso moral de que mientras Dios saca al pueblo de su pobreza ellos dejarán de atracar, aunque solamente sea con cargo a un presupuesto de egresos; nada más un periodo, porque las crisis son siempre para todos.
O tal vez entre los habitantes de San Lázaro, Xicoténcatl o Los Pinos haya un Moisés oculto, alguien que nos convertirá en el pueblo elegido, aunque sea por el siguiente año fiscal.
Por eso, y por mi deseo inquebrantable de respetar la Constitución, propongo que la petición de que aumente el petróleo sea llevada en comandas por toda la clase política, incluyendo los 500 diputados que cada tres años adquieren licencia para usar el presupuesto más en su beneficio que en el nuestro, los 250 funcionarios del gabinete legal, del ampliado y su cauda de asistentes.
Sumemos también a los aspirantes a presidente y a quienes ya dejaron de serlo, así como a los senadores, quienes van y vienen de entre los linderos de la legalidad.
La procesión podría salir desde el recinto de San Lázaro, pasar por el Palacio de Xicoténcatl y seguir hasta La Villa de Guadalupe, y en vez de que la tecnología moderna registre los votos de cada senador o diputado en contra o a favor del presunto presupuesto de Dios, lo haga el copal a nombre del sincretismo religioso de México, habida cuenta de que pocos recuerdan ahora si Benito Juárez fue presidente aquí o en el país de al lado, o si las Leyes de Reforma alguna vez se llegaron a promulgar.
Y si la aprobación del presupuesto no se resuelve el día 31 de octubre, tal vez sea decidida el día de los Santos Difuntos, cuando los mexicanos celebran su amor a la muerte de manera fervorosa, y así, entre Dios y la fe en el más allá, nos llegue desde el humo de los sahumerios la certidumbre de que el precio del petróleo costará unos pesitos más y las procesiones del nuevo Moisés habrán sido un logro prodigioso de la prestidigitación y la política. Amén.
Por Antonio Navalón/El Universal
sc