Súplicas al amor
Las protagonistas creadas por Verdi, Puccini y Shakespeare, tomaron forma en el canto de Claudia Martín
Por: Quetzali García18-Agosto-2008

Los creyentes, uno que otro fiel muy persignado, personas ávidas de milagritos y hasta los pecadores frecuentes, dejaron su lugar en el templo San Juan Nepomuceno para que los enamorados de la ópera conocieran la historia detrás de las súplicas de las “chicas malas” del género.
Las notas del pianista Rosendo Cárdenas acompañaron la desdicha de las plegarias que emitía la soprano Claudia Martín del Campo, pues Violeta, Tosca y Desdémona tomaron prestada la excelsa voz de la artista para rogar una vez más el perdón.
Las protagonistas, inspiración de Guissepe Verdi, Giaccomo Puccini y Shakespeare, toman forma en el canto de Claudia Martín y se deslizan por el templo haciendo un hueco en el corazón de quienes embelesados por la fragilidad del amor y la vida, escuchan religiosamente el canto de la soprano.
Intriga y muerte
El dolor y la duda se convierten en celos para Otelo, veneno que segregado por el odio mata (literalmente) a Desdémona. En el fragmento de una de las obras más emblemáticas de Shakespeare, retomada por Giuseppe Verdi, las tristes razones que tenía Desdémona para amar a alguien llegan a su fin.
Confundido por Yago, Otelo toma la funesta decisión de matar a su esposa. Dicen que la muerte se presiente y Desdémona desde su lecho de muerte invocó la paz: “¡Deh, calma, oh Ciel, nel sonno!”.
¿Injusticia divina?
Los celos infundados dejaron en el público un nudo en la garganta, que con los primeros acordes del intenso drama de Giaccomo Puccini se fue disolviendo poco a poco en el exhorto que hace Tosca. Un reclamo de conciencia al creador en el que la siempre correcta y bondadosa dama pregunta: “¿Por qué en la hora del dolor me pagas así, Señor?”.
Con cariño para quienes mueren de amor
Violeta ha recibido una carta donde se anuncia su final feliz, demasiado tarde para ella pues ha perdido la esperanza. Se inicia aquí la bellísima aria “Addio del Pasato” donde Violeta la cortesana antes liberal y desenfrenada, pero de la que sólo queda un despojo, dice adiós a la vida y pide perdón por sus pecados.
“Ni flores ni lágrimas tendrá mi tumba. Ni Cruz con mi nombre, cubrirá en ella mis huesos”, entona Claudia Martin con un lenguaje melódico que inunda el recinto con la añeja soledad que su voz imprime en cada verso.
La soprano dedicó la penúltima pieza a las personas enfermas de Sida, quienes por amor están muriendo o se tienen que separar de su pareja por la enfermedad.
El furor de los aplausos que obtuvo el conjunto de piano y voz fue paralelo al sentimiento con el que Violeta se despidió de la vida.

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