Plástica mortuoria
El culto a la muerte es replanteado por distintos artistas en la exposición colectiva "Altar de Autor"
Por: Sylvia Georgina Estrada10-Noviembre-2007

65 tanques de gas, que tienen marcado el nombre de cada uno de los mineros muertos en la tragedia de Pasta de Conchos, se erigen imponentes entre el sonido reproducido en varias bocinas, en el que se escucha el escape de gas y las fallas en la instalación eléctrica.
Porque un día no es suficiente, Casa Purcell celebra a la muerte todo el mes de noviembre con la exposición colectiva “Altar de Autor”. El pasado jueves, este centro cultural inauguró la muestra en que distintos artistas saltillenses plasmaron su visión individual para darle al altar de muertos un giro único, y en ocasiones insospechado.
La obra de Germán Siller y Laura García Farías abre el recorrido con un homenaje a Adrián Rodríguez, ese personaje entrañable para muchos saltillenses y que fundó la memorable Universidad Universo. Además del altar, en el que no podía faltar el papel picado que luce las iniciales U. U., las flores y las veladoras, la sala exhibe tres fotografías de gran formato.
Estas imágenes muestran esas calles estrechas del centro histórico de Saltillo, en las que Adrián Rodríguez marcó en los muros su filosofía de vida.
Un texto de Ángel Sánchez describe a este Cid vagabundo, “que fue presidente de la República de Sí mismo, y profeta que plantaba la Universidad Universo en todos los rincones de un Saltillo que él elevó al rango cósmico de Ciudad Luz”.
Atrás queda el olor del incienso cuando se abandona esta sala para seguir el rastro de naipes que se ha plantado en un estrecho pasillo, que conduce a la segunda galería. Al recorrer este sinuoso camino, al visitante lo invade la sensación de estar siguiendo los pasos de una niña de cabello rubio y vestido azul que va tras un conejo.
La incógnita queda resuelta cuando se observa este “altar”, creado por Ignacio Valdez y Laura Prieto que le rinde honor a Lewis Carroll, y en donde se observan alusiones al mundo fantástico de Alicia en el País de las Maravillas.
El espejo, la mesa puesta para disfrutar una fiesta de té, botellitas con líquidos misteriosos, un sombrero y las rosas blancas, son algunos elementos que no despiertan demasiado la imaginación, pero sí recuerdan los hechos que Carroll relata en su obra cumbre.
La vuelta de tuerca se encuentra en las otras salas, en las que dos instalaciones hacen un planteamiento que sólo tiene en común con el altar de muertos, el homenaje a la memoria de quien ha dejado de existir.
Alejandro Cerecero da vida a una instalación sobrecogedora e impactante. La sala está iluminada tenuemente por decenas de focos que titilan oscilantes, suspendidos en un cable precario y en mal estado. Y como mudos testimonios, 65 tanques de gas, que tienen marcado el nombre de cada uno de los mineros muertos en la tragedia de Pasta de Conchos, se erigen imponentes entre el sonido reproducido en varias bocinas, en el que se escucha el escape de gas y las fallas en la instalación eléctrica.
La intención de Cerecero es perturbar el ánimo del espectador, que sienta el miedo, la angustia y el encierro que vivieron los mineros atrapados.
Sensación que es azuzada por el intenso olor a gas, porque a pesar de estar vacíos, los tanques siguen emitiendo su olor característico.
Orvar y Ana Gutiezca honran a un muerto anónimo con una creación efímera, que sólo pudo verse en el día de la inauguración.
Pero que cuenta con elementos que continúan en exhibición.
A pesar de que la propuesta estética tiene un discurso inconexo, en donde se privilegia la improvisación sobre el planteamiento de ideas, los asistentes se sintieron atraídos por el ruido ensordecedor y el video que se proyectaba en la sala.
Cuatro personas, luciendo máscaras de cánidos, manipularon distintos sintetizadores que acompañaron la proyección en la que se ve el rostro distorsionado de un hombre, su vientre y sus pies.
En el piso, decenas de veladoras crearon la palabra “muerto”, y en las paredes rábanos y mechones de pelo lucían suspendidos.

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