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Más que hacer mucho dinero con este proyecto, Whittington confía en que a través de él pueda lograr que la gente comprenda que comprar arte no tiene por qué ser caro.
México, D.F..- Cuestan cinco dólares, casi lo que en promedio vale una cajetilla de cigarros en Estados Unidos, e incluso tienen el mismo tamaño. No tienen nicotina, pero pueden llegar a crear adicción.
Son las piezas de arte que han creado más de 400 artistas, de 11 países, que el diseñador Clark Whittington ha puesto a la venta desde hace más de una década en antiguas máquinas expendedoras de cigarrillos, a las que llamó Art-o-mat.
Hasta ahora Whittington ha instalado 83 máquinas de éstas en diversos museos y galerías de la unión americana, además de una en Canadá y otra en Austria.
La idea surgió cuando en 1997 comenzó a prohibirse la venta de cigarros en estos artefactos, para evitar que estuvieran a disposición de los menores de edad. Entonces un montón de los mismos perdieron su función original.
En su taller, ubicado en el poblado de Winston-Salem, Carolina del Norte, el diseñador le devuelve la vida a las antiguas máquinas, decorándolas y dotando a cada una de un espíritu particular, dependiendo el espacio en el que se ubicará.
Más que hacer mucho dinero con este proyecto, Whittington confía en que a través de él pueda lograr que la gente comprenda que comprar arte no tiene por qué ser caro.
“Estamos llegando al público que ha sido alienado con el estigma del arte. Los museos llegan a tener tantas cosas y a ser muy imponentes para algunos, que pueden llegar a sentirse incómodos. El Art-o-mat llega para esos jóvenes que no tienen los millones y para los que no están muy cercanos al arte”, explica.
Los artistas han tocado a la puerta de Whittington a partir de las notas de prensa que se han publicado a lo largo de los 12 años recientes . Él, entonces, hace la función de curador y elige qué piezas pueden tener un lugar en el Art-o-mat.
“Los artistas mandan una edición de 50 piezas para la primavera y otras 50 para el otoño. De ahí repartimos a las máquinas y luego le pagamos a los artistas trimestralmente. Es como una relación de trabajo a largo plazo. Lo que ofrecemos es que su trabajo será conocido alrededor del mundo, principalmente en Estados Unidos, pero la gente viaja y se lleva las piezas consigo”, dice.
Cinco dólares por pieza podría parecer muy poco. De esta cantidad, la mitad va para los artistas y el resto es la ganancia de Whittington, lo cual invierte para la restauración de máquinas nuevas, que llegan a costar hasta mil dólares.
Cada año vende cerca de 20 mil piezas en total. Para los artistas en aquellos países donde el dólar tiene mayor valor, vender su obra en esta moneda resulta redituable, aunque sea por la comercialización de varias obras en serie.
“Aquí en Estados Unidos cinco dólares es un precio por el que la gente no cuestiona comprar la obra. Si lo subiéramos de precio se venderían menos y no conseguiríamos el propósito de poner el arte en las manos de la gente”, señala.
Es así que la mayoría de los nombres incluidos en la base de datos de Whittington son célebres desconocidos, pero los compradores de estas piezas generalmente es la primera vez que adquieren una obra de arte.
“La gente no vive con el arte, es un hueco que se tiene en la educación”.
Sin embargo, explica que cada vez es más difícil encontrar estas máquinas, por lo que ha pensado que llegando a la 100 ya no instalará más, sino que se encargará de seguir atendiendo a las disponibles.
“El estudio está en mi casa y mi esposa a veces se incomoda un poco”, bromea.
Whittington confiesa que se sentiría muy emocionado de contar con artistas mexicanos en su catálogo, ya que en este tiempo nunca ha participado alguno, y también le gustaría instalar un Art-o-mat en algún museo del país.
mo