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- Editorial
Zacatecas
Publicado el: 20-Octubre-2008
Por motivos de índole personal, estuve recientemente en Zacatecas tres noches y cuatro días. Tenía buen tiempo sin andar por acá y lo que he visto ha calado hondo en mis cansados ojos: Zacatecas muestra una tristeza emperrada, una melancolía que hacía tiempo atrás no veía en ciudad alguna en mi continuo deambular por el país.
Negocios cerrados, cadenas y grandes y gruesos candados en comercios y casas anunciaban el motivo de la tristeza de esta ciudad gobernada por el PRD de Amalia García: “Se renta”, “Se vende”, “Se traspasa”.
De cuatro días que estuve en Zacatecas, proporcionalmente cayó la lluvia de ocho. Una lluvia fina, dilatada; lluvia casi ácida. La lluvia lo mojó todo: la hermosa Catedral de inmaculada belleza y soberbia cantera; la lluvia mojó las baldosas de tierra roja —como la arena y barro del Jordán, en Egipto— y sus edificios centenarios; la ventisca empapó a transeúntes y oficinistas, a vagos y vendedores ambulantes. La obstinada lluvia terminó por empaparme y doblegar mis ganas de caminar por sus callejones trazados al estilo medieval.
El sol y luego la luna, derritieron por varios días —justos los que estuve aquí— las nubes de ominoso gris negruzco, cargadas de una lluvia bella y letal.
Enmohecidas las paredes, los postigos y la gárgolas de nichos y retablos, al caminar al azar por uno de sus callejones, vi a una muchacha dulce y provinciana, acodada en la ventana de su buhardilla. Ésta veía caer la lluvia y, al perecer, no tenía ninguna otra ocupación. Lo supe porque al siguiente día pasé por su casa a la misma hora y allí estaba ella, imperturbable, bella, con su cabello recogido en dos coletas que la hacían verla como un motivo de dibujo al lápiz por el maestro Saturnino Herrán.
Llegué a Zacatecas abrigado con un saco oscuro, el cual ya dio de sí sus mejores días. La metáfora es ya gastada, pero se cumple a la letra: por la noche, el viento —como bestia agazapada que sale de su madriguera para cazar a su presa— corta como cuchillo de matarife recién afilado. El rostro se astilla y las manos buscan la calidez de la bolsa del saco. Chaqueta, insisto, que lucía nueva en pretéritas lunas.
Traté entonces de guarecerme del inclemente tiempo en alguna cafetería que mis andares recordaban. Mi recurso fue inútil, Zacatecas ha venido perdiendo —como todas las ciudades— el encanto, aquello que las hace únicas y particulares ante el clima de globalización y alineación que comercial, económica y culturalmente, a todos absorbe.
Esquina-bajan
Me explico: en una esquina de céntrica calle existía un local de muros centenarios, muebles de madera y atentas y guapas meseras —ahora les dicen vendedoras, nada más frío y tétrico— que atendían, si mi memoria no me traiciona, una cafetería llamada “Zas”. Aquí se disfrutaba del café amargo, tortillas recién hechas y claro, del popular platillo regional: asado de boda.
Traté de encontrar refugio y consuelo cuando el cielo empezó a precipitarse con furor. Hoy, la cafetería de mi recuerdo ha sido ocupada por una sociedad de crédito e inversión: usureros, pues. La globalización le gana la partida a los lugareños. Las cremerías, tiendas y cafeterías de la esquina, son reemplazadas por tiendas de conveniencia que son las mismas en todo lugar, cajas de préstamo y descafeinadas cadenas de restaurantes que tienen en lugar de maitre, hosstes y meseros, a “vendedoras” y “asociados”.
Botarga de sí mismo, las farmacias del Doctor Simi florecen en todo el país y su botarga zacatecana baila un éxito del “rebelde del acordeón”, Celso Piña. Baila a todo volumen: baila para nadie.
Letras minúsculas
La chapucería de las grandes cadenas está por arruinar a todo un pueblo. La tristeza de ver así a Zacatecas, duele en ese lugar que llamamos alma.

WIKIO

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