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Publicado el: 07-Octubre-2008
La actual campaña para renovar el Congreso del Estado luce muy desangelada, el único entusiasmo que alcanzó a percibirse fue el necesariamente discreto entusiasmo de los precandidatos que pretendían ser seleccionados por las dirigencias de sus propios partidos. A los electores parece no entusiasmarlos una contienda que se antoja bastante gris, carente de propuestas, mismas que han sido sustituidas por uno que otro slogan sin mayor novedad o atractivo.
Anduve inquiriendo aquí y allá, sin pretender realizar una encuesta, pero sí tratando de conocer algunas opiniones. Encontré escepticismo, quizás desencanto, por un proceso que pretende dar una apariencia democrática, pero que siéndolo o no, no conduce a un fortalecimiento de la vida democrática de nuestro Estado y mucho menos de la de México. Quedan en entredicho la representatividad ciudadana que pudieran tener los futuros diputados y la independencia del Congreso respecto a los otros poderes y respecto a las dirigencias de los partidos políticos dominantes. Parece que nadie cree en la legitimidad o la efectividad de la representación ciudadana o en la separación e independencia de poderes.
El escepticismo que muestran los potenciales electores, potenciales porque está por verse el nivel que pueda alcanzar el abstencionismo, abstencionismo que no puede interpretarse como falta de responsabilidad o de interés cívico, sino como impotencia para darle sentido al voto; en fin, decíamos que el escepticismo que muestran los potenciales electores nos recordaba aquel dicho muy popular que hace ver que “el que se quema con leche hasta al jocoque le sopla”.
Las reformas electorales de mediados de los años 90 hicieron posible un avance democrático que se antojaba difícil, aun imposible, por la solidez que aparentaba el presidencialismo de lo que algunos llamaban la dictadura blanda, no tan blanda como lo hacía ver una represión que no dejaba de ser constante, ni podía dejar de ser brutal. Las reformas hicieron posible el fin del presidencialismo, pero no del sistema de gobierno que, modificado, aún subsiste, sólo que ahora creció desmesuradamente el poder de los partidos y en menor medida, el de los gobernadores. Con avances y retrocesos, tenemos un mejor proceso electoral, pero éste todavía no conduce a una democracia que sigue siendo incipiente.
El monopolio de las candidaturas al Congreso federal y a los Congresos de los estados está en manos de los partidos políticos que logran estar bien representados al través de los diputados y senadores plurinominales y de la misma selección de diputados y senadores de mayoría. Pero los partidos representan a los grupos de poder a su interior, nunca a los ciudadanos. El ciudadano sigue careciendo de una representación y la democracia, para serlo, requiere de ser representativa. De otro modo ni existe, ni funciona.
Así, mucha gente piensa que alguien le tiene que poner el cascabel al gato, lo cual lleva a proponerles a los diputados coahuilenses que en un extraño arranque de patriotismo y de democracia se atrevan a ser punta de lanza, vanguardia del cambio, en este atribulado país.
La petición o propuesta que les hacemos muchos ciudadanos es, primero, que cambien la Constitución del Estado y las leyes electorales, para eliminar completamente a los diputados plurinominales; segundo, que quiten a los partidos políticos el monopolio de las candidaturas permitiendo la existencia de candidaturas independientes; y, tercero, tomen la iniciativa de proponer al Congreso de la Unión una modificación a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos para que los presidentes municipales, los senadores y los diputados puedan ser reelectos al menos por una vez.
Esta reforma pondría a Coahuila a la vanguardia de un movimiento que tarde o temprano tendrá que llegar y que significa poner por encima de los intereses partidistas y corporativistas el interés general de la nación.
Suena utópico y lo es, pero corresponde al sentimiento de una ciudadanía que no se siente representada por quienes resultan vencedores en las contiendas electorales. La petición ciertamente es insólita, pero es genuina.
Los partidos políticos y los gobernantes emanados de esos mismos partidos no hallan que hacer con la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos. Todos la pregonan, la elogian y la presumen, pero no saben cómo hacerla posible y lo que es más triste, en el estado actual de cosas, ni siquiera la desean. En la actualidad predominan los gobernantes mezquinos, preocupados por su poder o el de sus partidos, o simplemente por su riqueza, sobre los visionarios o patriotas, que son necesariamente minoría y que ponen el interés general por encima del propio o el de los partidos.
El tema no es nuevo, el sentir de la ciudadanía tampoco, ya se ha discutido por los mismos diputados y por alguno que otro gobernador, incluso se ha discutido en los cabildos municipales donde los regidores y presidentes municipales se han pronunciado en uno u otro sentido, pues en los cabildos ocurre lo mismo que en los congresos: de cuando en cuando se dan cuenta de que no representan a nadie.
Se trata de un problema nacional, con una dimensión local muy bien definida. ¿Habrá quién le ponga el cascabel al gato?
aluti@prodigy.net.mx