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Toreo en Saltillo

Publicado el: 16-Agosto-2009

En la esquina nororiente de las calles Xicoténcatl y Ramos Arizpe, el gobierno del el arte del toreo tiene larga historia. Los cosos taurinos se encuentran entre los primeros grandes edificios públicos erigidos en la ciudad, y han tenido gran presencia en ella desde la primera plaza de toros, la llamada Nueva Tlaxcala, construida en el corazón de nuestra ciudad en el lugar que desde hace más de un ciento de años ocupa el Mercado Juárez, frente a la plaza Acuña.

Entre los grandes aficionados, surge la figura inolvidable del doctor Pablo Pérez y Fuentes, un saltillense de corazón y un apasionado de la tauromaquia. Después de ejercer algunos años la Medicina en Saltillo, cambió su residencia al Distrito Federal alrededor de los años sesenta, en donde continuó su infatigable labor de médico y escritor humanista. En la capital, pronto se convirtió en juez de plaza y lo fue hasta su muerte, tan grande era su amor por la fiesta brava, y al mismo tiempo fue un miembro prominente de la Casa de Coahuila en México, lo que demuestra que no renegó jamás de sus raíces. No obstante que pasó el resto de su vida en la Ciudad de México, nunca abandonó del todo su tierra natal. Visitaba con frecuencia a los familiares y amigos que residían en Saltillo y, lo más importante, se preocupó siempre por salvaguardar la historia del terruño para entregarla a las nuevas generaciones.
Con esa preocupación y el apoyo del Gobierno del estado y la Casa de Coahuila, publicó el doctor Pérez y Fuentes un libro: “La Corrida de Toros. La fiesta brava: arte historia y tradición”, producto de una memorable conferencia que dictara en la casa de los coahuilenses en el Distrito Federal. El libro está ilustrado con fotografías de Armando Rosales, aquel novillero apodado “El Saltillense”, cuya luz de uno de sus ojos se apagó para siempre a causa de una cornada, haciéndole incursionar en la fotografía taurina, en la que con gran sensibilidad artística alcanzó el perfeccionamiento profesional y estético.

En su libro, el doctor Pérez y Fuentes hace un recorrido general por el toreo. Explica las distintas usanzas de la fiesta brava, la pica, la capa, las banderillas, la muleta y el traje; los oficios que realizan los peones, los alguacilillos y los monosabios; encomia la armonía y la plasticidad y el temple del torero, y habla del misterio de la reunión y la muerte. Buena parte de su obra la dedica al toreo de su tierra.
Evoca con nostalgia la historia de las plazas saltillenses, desde la de la Nueva Tlaxcala, la de Guadalupe, la Fermín Espinoza “Armillita” —la primera, y la actual— y el Cortijo Alberto Rodríguez, y a los toreros del terruño: Héctor Saucedo, Óscar Realme, “El Güero” Domínguez, “La Pulga” Ramiro Morales, Mario Belmares, Armando Rosales, Carlos Vargas y, desde luego, la figura cumbre saltillense, Fermín Espinoza “Armillita”. Evoca también el hermoso poema “Los toros en celo”, de Otilio González, otro grande de esta tierra, poeta malhadado, asesinado en Huitzilac en plena juventud.

Con pequeñas pinceladas, Pérez y Fuentes dibuja el recuerdo de las corridas de toros durante las famosísimas ferias de Saltillo, razón por la cual la primera plaza de toros fue construida en lo que ahora es el primer cuadro de la ciudad, pues en esos terrenos se instalaba la feria y por la que la actual plaza de toros también se construyó al oriente, en los terrenos de de la feria de la ciudad. Igualmente describe la corrida con la que Saltillo festejó la instauración del Imperio en México y celebró la coronación de Iturbide, en la que el coso de la Plaza de Guadalupe se estremeció al estruendo de las descargas de la pólvora antes del paso de “…las doce reinas ataviadas con belleza de la raza, en sus doce coches descubiertos tirados por caballos, que hacían el embeleso de las horas, antes de que sonara el clarín para que los toreros partieran plaza”.

Recuerdo con mucho afecto al doctor Pérez y Fuentes. Cuando en el 2003 me entregó su libro, me dijo con su profunda sabiduría taurófila que había un gran error en la placa de la nueva estatua de Armillita, que por aquel entonces se había colocado en la plaza San Francisco, y que ahora recibe al visitante en el Museo Taurino. Aquella placa decía que Armillita es “uno de los más grandes toreros del mundo”. Don Pablo afirmó sin cortapisas: “La verdad es que Armillita ha sido el más grande”.

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Desde mi Barrio

Por: Esperanza Dávila Sota
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