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Puentes y jorobas

Jesús R. Cedillo
 
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  • 23 abril 2009
  • Hace algunas lunas, específicamente el jueves 9 de abril, el académico avecindado en los EU, Onésimo Flores Dewey, publicó en estas páginas una columna donde hacía referencia al famoso estribillo de todos conocido: “Bonito Saltillo, nomás de pasada, porque para quedarse, está de la patada.”

    Flores Dewey en su “Ciudad Posible” diseccionó la obra cumbre del actual sexenio encabezado por Humberto Moreira: los puentes, jorobas y complejos viales que se levantan por todo Coahuila y con especial énfasis, en Saltillo.

    Si al académico que vive en Harvard no le convencen los puentes ni mucho menos el caótico transporte colectivo urbano de Saltillo (transporte que imagino, jamás ha usado en su vida); a este columnista (me defino como dijo Jaime Sabines: poeta y peatón), menos. Quien padece al insufrible transporte urbano es este columnista y peatón y a las pruebas me remito el día que se quiera (don Isaías Valdés, mi líder como usuario de este demoniaco transporte, puede dar fe). Pero, el académico que lleva ya varios años de exilio florido en los EU, tocó una fibra sensible en su pretérito artículo que vale la pena explorar en esta columna.

    No soy historiador profesional que tenga ganada su pomadosa fama regional en su barrio o vecindario (como Arreola Pérez, Arturo Berrueto González o Lucas Martínez, ni mucho menos quiero usurpar su sacrosanto lugar. ¡Dios me libre de semejante sacrilegio y herejía!), pero aquí voy damas y caballeros del jurado.

    El carácter por antonomasia de que Saltillo es una ciudad “de paso” —jamás para quedarse, jamás para habitarla—, ha sido abordado por viajeros que por azares del destino nos visitaron desde los siglos 17, 18 y 19; viajeros que dejaron testimonio por escrito cuando pasaron por la Villa de Santiago del Saltillo, testimonios que apuntan y condenan a Saltillo como ciudad “de paso.” Testimonios que van de la apología y el elogio... al desdén o a la crítica feroz.

    Consulto mi biblioteca y doy con libros de viajeros insomnes. Nicolás de Lafora apunta en su diario del 4 de diciembre de 1767: “(Santiago del Saltillo) es una villa amena, con agua buena, se coge trigo, maíz y otras semillas. Aquí estuve dos días descansado y bastimentándome. Aquí se hace mucho vino y aguardiente por las muchas viñas y huertas de mucha fruta.”

    Esquina-bajan

    Hacia el siglo 18, fray Agustín de Morfi ve así a nuestra ciudad: “la villa es grande, de mucha poblazón y con poca regularidad; las casas de adobe y muy mezquinas, que faltándoles aún el sencillo exterior adorno del banqueo, hacen un efecto muy triste en quien las mira... la noche anterior no pude dormir en el catre de la casa, por las chinches...”

    Los viajeros van de paso. De aquí entonces: “Bonito Saltillo, nomás de pasada...” dejo para una posterior colaboración en virtud del espacio ya aquí agotado, la trascripción de otros párrafos aleccionadores al respecto de viajeros como Alonso de la Mota y Escobar, Pedro de Rivera, José de Arlequín, Nicolás de Lafora, Pierre Marie Francoise de Pagés, Ignacio Martínez y otros.

    Por lo demás ¿Alguien ya se dio cuenta que ninguna ruta de transporte público urbano puede usar las celebrados puentes moreiristas? Los puentes se hicieron para que los obreros llegaran rápido a su fuente de explotación, nada más. Este poeta y peatón sigue llegando entonces tarde a sus citas de trabajo por lo anterior esbozado.

    Letras minúsculas

    ¡Hey amigo Onésimo! Cuando andes en el pueblo te invito a un deporte extremo: abordar el Periférico o la ruta 18 Colonias. Firma antes tu seguro de vida.

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Contraesquina

Por: Jesús R. Cedillo
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